Leer es bueno, a nadie le cabe la menor duda. Todo quisque lo recomienda, particularmente las administraciones públicas (ministros, consejeros autonómicos, alcaldes, etc.), pero también los educadores, los libreros, los bibliotecarios, los editores, los escritores, papá, mamá, all people. Como siempre, me mosquea tanta unanimidad cualquier unanimidad. En todo caso, vayamos a los resultados de tan positivas recomendaciones.
Es un hecho, en mi opinión, que leer a Platón, Virgilio, Kant, Goethe, Boscán, Dante, Camoens, Byron, Espriu, José Hierro o Cernuda, por poner sólo algunos ejemplos que nos suenen a todos, no es algo común ni, mucho menos, fácil. Tal vez estarían mucho más al alcance del común de la gente autores como Vázquez Montalbán, Martí i Pol, Grisham, Vázquez-Figueroa, Falcones, Pérez-Reverte, Buenafuente o Dan Brown.
Está claro que en lectura, como en el conocimiento de la física, hay distintos y distantes niveles; no es difícil entender el principio que establece la ley de la gravedad, otra cosa es el conocimiento y comprensión del tercer principio de la termodinámica, por no hablar, en el campo matemático, de la conjetura de Poincaré, hoy tan de moda.
Los niveles de lectura que admite cualquier realidad, son tantos como observadores tiene aquélla. Esta es la constatación de un hecho que da pie a una de las afirmaciones más frívolas y falsas que suele oírse, incluso con frecuencia a personas formadas:
TODOS TENEMOS OPINIONES Y (ergo) TODAS ELLAS SON RESPETABLES.
Afirmamos la premisa de este falso silogismo; objetamos frontalmente la conclusión. Todos conocemos personas que opinan con tal ligereza sobre cualquier cosa que no hace falta insistir en el disparate que supone dar condición de respetabilidad a tales deposiciones carentes de conocimiento ni sentido (común).

En el ejercicio de la lectura, como en la adquisición de conocimientos físicos o matemáticos, las cosas no son tan sencillas. Leer no es una actividad siempre cómoda, ni fácil; con frecuencia la lectura nos exige un nivel de atención, un índice de concentración poco habitual en nuestra vida cotidiana: ver la tele, tomar un trasporte público o el vehículo particular, comer, charlar sobre el tiempo, trabajar, hacer el amor incluso, son tareas que realizamos con actitud más de distracción que de abstracción. En nuestra actual situación social el esfuerzo no prima demasiado, menos aún en la moderna enseñanza de mucha plastilina y poco latín. Por eso mismo no es fácil inculcar a los jóvenes un hábito de lectura; se les propone un modelo lúdico, divertido, facilón, sin esfuerzo. ¿Qué se encuentran? Una verdadera cumbre a escalar, frecuentemente sin sendas previamente abiertas ni guía de los posibles atajos, siempre en ausencia de sherpas. Es decir, una estafa; no era tan sencillo, ni tan de color de rosa.
No es casual que muchos grandes polígrafos como Lorca, Cela o Umbral, entre muchos otros, confiesen haber profesado como lectores con ocasión de largas convalecencias durante su infancia por problemas de salud. Una disciplina aprovechada como paliativo a sus enfermedades y como substitutivo a los juegos infantiles que se les negaban. Nada de influencias escolares en tal afición, si acaso la disponibilidad de una buena biblioteca familiar.
1 comentario:
Para min, meu querido amigo, a lectura é sempre un refuxio...
(Foi tan a miúdo unha casa e unha viaxe á vez...)
ALMIRAL MOUCHEZ
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