¿Qué haría yo, ahora, en Marrakech?

Lo que más deseo hacer, en Marrakech, es pasear por la plaza de JEMA’ EL FNA, sin duda alguna y como casi todo aquel que viaja a esa ciudad marroquí. Pero no sólo ver; también escuchar, oler, degustar, pasear, "badar" como diría Pla, mirar asombrado ese pulular de gentes como si de un hormiguero humano se tratase. Dice un viajero asiduo:
"This used to be one of the world's great street theatres, full of snake charmers, whirling dervishes, Nubian drummers and dancers, story tellers, sword swallowers, fire eaters and general nutters all doing their own thing; all free and the real deal, not put on for the tourists." Otro, más preciso cuenta:
"Como sitio la plaza no es nada; como hecho es subversivo."El sitio: es un solar abierto en pleno bullicio de calles abigarradas y sobreexplotadas de la medina antigua de Marrakech, sin ningún tipo de mobiliario, sin encuadres, sin aceras que la separen de la calzada, sin iluminación artificial, ...nada más que un pedazo de vacío asfaltado observado a distancia prudencial por edificios emblemáticos no desde el punto de vista arquitectónico o urbanístico, sino imponentes desde la metáfora: la Banque du Maroc, Correos, la Sûreté Nationale, el Club Med y anunciada a lo lejos (anunciada que no presidida como se pretende, pues son de una independencia amable), por la majestuosa Koutubia. En el sitio de Jema' el Fna podemos incluir la estación de taxis en una esquina, los cafés que la rodean, los restaurantes cochambrosos que la ocupan llegada la noche. El centenar de carritos de zumo de naranja y frutos secos marcan una línea que algunos quisieran ver como frontera de la plaza siendo sólo otro de los infinitos dibujos que pueden trazarse en ella. Ése es el sitio, el que los turistas, bienintencionados, condicionados por las lecturas previas al viaje, reducidos a ellas, fotografían. Pero cualquier foto tomada en Jema' el Fna es una foto frustrada a Jema' el Fna, pues ninguna película (animada o inanimada) puede ir más allá del árbol que configura un bosque momentáneo, irrepetible y, como tal, huidizo.
El hecho: en la extensión constructiva-destructiva de la ciudad (urbanizada, pensada, decidida, diseñada, controlada, canalizada), en el conjunto de tierra socializada, de espacio comprable y vendible, en un emplazamiento no marginal ni periférico sino en su centro codiciado, se crea, desde la momentaneidad espontánea, un lugar habitado por la voz y la presencia. Un lugar de transgresión, de subversión no codificada, sin manifiesto fundacional ni pantomima más allá de la propia pantomima, sin pretensión otra que la de estar allí en aquel instante. En el hecho-Jema' el Fna todo es irrisorio, y todo/todos/toda/todas son/somos objeto de una burla descarnada a la que contribuimos el burlador y el burlado en igualdad de condiciones; su espiral engulle a todo aquél que se asome aún sin saber que está asomado, es un mundo al revés que es mundo al derecho en el que los bufones, delincuentes de poca monta, prostitutas sin burdel, limpiabotas, aguadores, artesanillos, curanderos, vendedores ambulantes de baratijas invendibles, liantes, se mezclan con sabios, turistas, entendidos, burgueses de allende los mares, señoras de hermosa virtud, doncellas, directores de cine de alto intelecto para, a deshonra de los múltiples movimientos revolucionarios venidos y por venir, colocarlos en círculo (advierto: no en fila, no en líneas, no en grupos) alrededor del artista sin peana: del travestido descarnado e impío, del faquir místico, del cantante afónico y arrítmico, del cuenta cuentos (advierto: no escritor, no poeta, no creador, no intelectual), del milagrero, del cómico.

Al hecho de Jema' el Fna no se va:
se hace. No se decide, sino que se aparece allí y en ese aparecer se empieza a formar parte del todo.¿Qué menos intencionado que el grupo de turistas no llegados sino llevados a la plaza sin saber ni qué ni por qué? Pero llegan y son: la plaza-hecho los hace: los coge, los arrastra, los desviste de turista, los viste de aguador, les cuelga serpientes del cuello, les pide dinero ( que dan) y aún, a las buenas mozas, les exige un beso al más sucio del grupo como recuerdo de Marrakech: el negocio para los aguadores (para los encantadores de serpientes, para los
gnawas…), la aventura exótica para el turista, el circo para el que pasea, para el que mira y todo el conjunto el teatro, la vida. El cómico que escoge al primero que se sienta a escucharlo como objeto de burla absoluta, y esta burla atrae al siguiente, y la música se une, y la
halqa se agranda y cada nuevo llegado recibe su paliza, ¡y pobre del que conteste!, pero contestan, sí, porque la alegría de la carcajada es más fuerte que el dolor del orgullo. Y el cuenta cuentos sentado en el suelo (advierto: en Jema' el Fna sólo he visto una tarima, que es la que usan los hombretones vestidos de bailarina para hacer aún más jaleo) con la chilaba raída y toda las historias guardadas en él.
Que en tiempos de televisión, radio, vídeo, Internet, cine, bares, un grupo de gente variopinto se siente en el suelo alrededor de un hombrecillo que habla historias por el simple beneficio de disfrutarlas en aquel instante concreto en que pasaban por allí es subversivo.

Que este acto de comunicación pura y dura entre el uno y los otros, en la que los otros intervienen libremente cuando quieren y de formas inesperadas, se dé de manera espontánea sobre el asfalto de un solar a pocos metros del vetustísimo edificio de Correos, del Bloque de Cemento de la Comunicación, es revolucionario. Que ante el enorme Banque du Maroc con todo lo que representa se dé esta forma de comercio primaria, espontánea, voluntaria entre el público y el ilusionista, que a través de los siglos ( pues la perdurabilidad es el primer milagro del hecho espontáneo) ningún sistema bancario haya logrado recuperarlo para sí, es esperanzador. Que ante la todopoderosa Sureté Nationale, ante el edificio de alargadas sombras del Ministerio del Interior marroquí, entre el poder de la porra y el poder divino que representa la mezquita (que, paradójicamente, se encuentra enfrente, una vez salvado el intervalo de la plaza), se den las formas más esperpénticas de transformismo, transexualismo, homosexualidad chirriante, prostitución callejera, obvia y literalmente velada (las famosas prostitutas cubiertas que tantos desubicados han confundido con fundamentalistas islámicas!), todo esto es Jema' el Fna. Y mucho más.