La relación directa entre calidad del aire y velocidad no está clara
Como entidad que representa a más de un millón de usuarios y promueve una movilidad sostenible, desde el RACC damos la bienvenida al Plan anunciado por la Generalitat para mejorar la calidad del aire. Tenemos un problema de contaminación y debemos actuar. Nuestra opinión ya quedó reflejada en las alegaciones presentadas a la propuesta de la Conselleria de Medi Ambient en las que incidíamos en la medida que más directamente nos afecta a los conductores, la prohibición de circular a más de 80 km/ h en 63 km de vías rápidas que representan el 55% de la red de vías rápidas en la primera corona de municipios de Barcelona. El RACC discrepa seriamente de una medida que difícilmente logrará los efectos que se propone por tres motivos, uno de tipo técnico, otro de aplicación práctica y otro de coherencia interna.
La calidad del aire local depende básicamente de los óxidos de nitrógeno y las partículas en suspensión. Desde un punto de vista técnico, la relación directa entre calidad del aire y velocidad no está clara.Para apoyar las alegaciones, el RACC pidió al laboratorio técnico del Automóvil Club alemán ADAC un informe sobre los efectos ambientales de una hipotética reducción de velocidad. Los resultados mostraron que, con un parque automovilístico 50% de motor diésel y 50% de gasolina, al bajar de 120 a 80 se podría lograr un descenso de un 24% en las emisiones de CO pero al mismo tiempo podrían aumentar un 26% las de óxidos de nitrógeno. Además, los hábitos de conducción llevan a la gente a circular con marchas inferiores cuando reducen la velocidad, lo que empeora el impacto medioambiental.
La efectividad de una limitación indiscriminada a 80 km/ h genera dudas sobre su observancia. Es de difícil comprensión, por ejemplo, que a las 11 de la noche en una vía rápida despejada de cuatro carriles pasemos a circular repentinamente de 120 a 80 km/ h. La conselleria reconoce que se incumplen los actuales límites de velocidad. Desde un punto de vista de eficiencia pedagógica, parece más razonable lograr primero que se cumplan los límites actuales antes de rebajarlos, porque en caso contrario la nueva normativa parte con una escasa expectativa de cumplimiento.
Respecto a la coherencia interna del Plan si en la segunda corona se prevé un límite de velocidad variable basado en lo que el Govern califica de "velocidad inteligente", criterio acertado a nuestro entender, ¿por qué este sistema de velocidad inteligente no resultaría igualmente acertado para la primera corona? Se aplican dos criterios distintos para solucionar un mismo problema.
Sin querer entrar en los beneficios ecológicos de incentivar fiscalmente la renovación del parque automovilístico, en materia de medio ambiente los grandes esfuerzos de la Administración deben ir orientados a la fluidez del tráfico, que es la que evita la congestión y la contaminación, y no al límite de velocidad. Con un sistema inteligente de señalización variable podríamos en una misma vía optimizar la velocidad, incluso a veces a niveles inferiores a los propuestos, para obtener en todo momento las menores emisiones posibles de óxidos de nitrógeno.
El RACC comparte el espíritu que inspira el Plan, pero sería una pena que éste, que contiene medidas interesantes, perdiera eficacia por una medida poco comprensible para los ciudadanos.
SEBASTIÀ SALVADÓ, presidente del RACC


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