Skyline de Barcelona, hoy

martes, 1 de enero de 2008

El ´annus horribilis´ de Barcelona





Barcelona cierra un mal año con la esperanza de que el 2008 se cumplan, por fin, todas las expectativas creadas en torno a los dos grandes proyectos de infraestructuras que están llamados a marcar un antes y un después en la historia de la ciudad: elAVEy la ampliación del aeropuerto. No obstante, el estado de ánimo en Barcelona es más bien pesimista y presenta una buena dosis de enfado por el conjunto de despropósitos que le ha tocado vivir este año que acaba.

La autoestima, otrora por las nubes gracias al espíritu olímpico, necesita recuperarse, y no hay en el horizonte ninguna cita espectacular que pueda ayudar a alcanzar este objetivo. Ni tan siquiera el Barça, que regaló la Liga a su principal rival la temporada pasada, parece que lleve camino de mejorar el ambiente. Ante esta situación, la clase política dirigente pide paciencia e insiste en lanzar mensajes de lucha contra el pesimismo justo en el momento en que se inicia un ciclo económico de recesión que tampoco ayudará mucho.

La solución a este panorama pasa más que nunca por el liderazgo, el carisma y un proyecto, tres aspectos que brillan por su ausencia en la cabina de mando del Ayuntamiento de Barcelona. Políticamente, el año 2007 se puede dar por perdido. El primer semestre todo estaba focalizado en las elecciones municipales, y el segundo ha estado bloqueado por la inédita configuración política, con un gobierno en minoría por primera vez en el Consistorio barcelonés. La inestabilidad que supone esta situación se ha evidenciado en estos primeros seis meses de legislatura y lleva camino de convertirse en la tónica del mandato si no se produce un cambio de rumbo decidido.

Esta debilidad municipal, sumada a que el mismo partido que manda en el Ayuntamiento lo hace también en los gobiernos central y autonómico, resta protagonismo y contundencia al Consistorio en los momentos en que es preciso plantar cara y exigir soluciones a los problemas ciudadanos. No hay que olvidar que el nuevo gobierno local de Barcelona ya venía lastrado por la gestión de la legislatura anterior, liderada por Joan Clos y que tuvo en el fracaso del Fòrum de les Cultures, el hundimiento del túnel del Carmel, la relajación ante el incivismo y la frontal oposición a que el AVE pase bajo el centro de la ciudad sus principales elementos de crisis.

El inicio de este mandato no ha podido ser peor. El gran apagón del verano, que dejó la ciudad a oscuras, destapó el olvido en el que ha quedado la urbe en materia de inversiones en infraestructuras y, lo que es peor, Barcelona dio al mundo una imagen de decadencia muy diferente del esplendor que había mostrado quince años antes con los Juegos Olímpicos. Días antes, la sociedad civil se reunía públicamente para reclamar la gestión catalana del aeropuerto de Barcelona, y el inicio del curso coincidió con el agravamiento del ya deficiente servicio de cercanías de Renfe. El hundimiento de una buena parte del nuevo muelle de la ampliación del puerto de Barcelona, primero, y el escándalo de los socavones que aparecieron en las obras del AVE en el Baix Llobregat, después, han puesto también en evidencia graves errores de gestión y ejecución de la obra pública. Todo ello ha conllevado el retraso de estas esperadas infraestructuras y ha creado un clima de desconfianza de la población que costará superar, especialmente ahora que se debe abordar la construcción del túnel del AVE bajo el Eixample de Barcelona.

Con este clima, no fue raro ver desfilar a decenas de miles de personas por las calles de Barcelona a principios de diciembre para protestar por todo lo que estaba sucediendo. Más allá de las lecturas políticas que se quieran dar, lo que reflejó la manifestación del 1 de diciembre fue un estado de ánimo que la clase política debe esforzarse en remontar. Barcelona, como capital de Catalunya, debe recuperar su autoestima y su crédito ante el país y el mundo. Pero, o mucho deben cambiar las cosas, o no hay actualmente en el Ayuntamiento la solvencia política para que así sea.

Ahora, la maquinaria municipal quedará al ralentí durante los próximos tres meses a la espera del resultado de las elecciones generales. Gobierno y oposición así lo quieren porque unos y otros abrigan esperanzas de que el mapa político resultante los beneficiará. Veremos si también será positivo para los ciudadanos.


Editorial de La Vanguardia