Hay que ver lo bien que quedaban los escritores franceses en la foto, con el pitillo colgando de los labios:Albert Camus corrigiendo un editorial de «Combat», André Malraux con uniforme de piloto en la guerra civil española, Jean-Paul Sartre escribiendo en un bar de Saint-Germain. Con sus ojos de besugo a la absenta, el poeta Jacques Prévert fuma un gitanes con un gato que se le enreda entre las piernas. La legislación antitabaquista de la era Sarkozy acaba con ese icono de la cultura europea, sobre todo de izquierdas. Sin su pitillo sempiterno, el intelectual francés ya no es lo que era. A lo mejor deja incluso de firmar manifiestos ideológicos. Ni tan siquiera el general De Gaulle dejó de retratarse con el pitillo, a punto de proclamar por undécima vez que después del gaullismo vendría el diluvio. Desde su retiro irlandés, escribe un telegrama de felicitación a Georges Pompidou, recién elegido presidente. Enviado el telegrama, comenta: «El deslizamiento de Francia hacia la mediocridad va a proseguir».
Entre el humo de los pitillos de Sartre, el moño pseudojansenista de Simone de Beauvoir mantuvo siempre la contundencia del dogma.Al cumplirse los cien años de su nacimiento, ni un experto en determinar el sexo de los ángeles podría reconocer una brizna de talento o de verdad en el rastro de Simone de Beauvoir. Para más inri, la revista «Time» acaba de dictaminar que la cultura francesa ha entrado en barrena. A la hora de salvar los muebles, incluso la ligera Françoise Sagan tiene más méritos que la pesada Simone de Beauvoir. Ni el tan admirado pacto amoroso entre Simone y Jean-Paul Sartre resulta tener la menor autenticidad. El postfeminismo está a años luz de las arcaicas estipulaciones de «El segundo sexo».
Aun así, algunos le debemos un favor. En 1971 aparece en las librerías españolas la traducción de «El pensamiento político de la derecha», de Simone de Beauvoir. Leerlo fue muy revelador: ahí uno se dio cuenta de que, dadas las cosas que la Beauvoir tenía contra la derecha, ser de derechas -de la derecha europea, liberal-conservadora y burguesa- no podía ser tan malo. Según Simone de Beauvoir, la burguesía sólo tenía el horizonte del fascismo y oponer -como entonces hacia Aron- los valores humanistas y cristianos al comunismo soviético era una mentira más, sin esperanzas. Claro que en aquellos tiempos lo recomendable era equivocarse con Sastre y no acertar con Aron. Una burguesía que se siente fuerte no piensa: se dedica a la violencia. Era absurdo negar que Dios estuviera a sueldo de los poderosos de este mundo. Eso quedaba dicho y escrito con el muro de Berlín, bañado con la de sangre de quienes habían deseado vivir en libertad.Uno le agradece a Simone de Beauvoir que le ayudase a desembarazarse de tanto fetiche intelectual de la izquierda. Aquel ensayo sobre el pensamiento político de la derecha resultó ser como esas inmersiones en la falsedad que -por su propio exceso- ayudan a distinguir la razón del fraude. En aquellos meses también aparecía en España la traducción de «El complejo de derecha», de J. Plumyene y R. La Sierra, un libro divertido y desenfadado que también desacralizaba los mitos de la izquierda, pero de forma deliberada y no como la Beauvoir. Por unos años, continuamos con el pitillo en la comisura de los labios, pero ya sin tener que aspirar los humos ideológicos de la rive gauche. Entre otras cosas, tal vez porque sabíamos cuánto le había odiado Simone de Beauvoir, desde entonces atendíamos más a Albert Camus: «Toda idea falsa termina en sangre, pero se trata siempre de la sangre de los otros. Es lo que explica que algunos de nuestros filósofos se sientan tan a sus anchas para decir no importa qué». Leamos hoy un libro muy menor de Camus, «Cartas a un amigo alemán». En no poca medida, estaremos adentrándonos en el presente moral de Europa. Con el centenario de Simone de Beauvoir ocurre al revés: retrocedemos al Pleistoceno, palpamos un friso de fósiles incrustados y respiramos el odioso clima del totalitarismo intelectual. Ni todos los pitillos de la rive gauche y de la rive droite han emponzoñado tanto.
valentí puig@abc.es


No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada