Skyline de Barcelona, hoy

jueves, 16 de octubre de 2008

¡Todo son buenas noticias!



Leopoldo Abadía




Este hombre me desconcierta. Como es natural, me refiero a mi vecino de San Quirico.

Digo que me desconcierta porque nunca adivino en qué plan viene. Y esta semana, con todos los líos de la Bolsa, de los planes de rescate y demás, pensaba que el desayuno sería un funeral.

Pues no. Ha venido sonriente y me ha dicho: “¡Qué contento estoy!”

Y yo me he callado, porque creo que callarse es una medida de prudencia, cuando no sabes por dónde vienen los tiros.

Mi amigo venía contento porque había hablado con otro amigo suyo. Y ese amigo hablaba de Albert, uno de sus hijos, definiéndolo como “el que siempre da buenas noticias”.

Y mi amigo decía: “¡Qué definición más buena¡ ¡Ya me gustaría que dijesen eso de mí!”

Y aprovechando que ya nos habían traído la botella de vino esa de la que decidimos no volver a hablar para no escandalizar, se enfrascó en una disquisición sobre lo de la botella medio llena y la botella medio vacía.

Y me habló de su mujer. Van todos los domingos a Misa a una capilla pequeña que hay al lado de San Quirico. La capilla tiene el techo bastante alto, y en el techo hay 12 bombillas, de las que dos están fundidas hace tiempo. El otro día le dijo a su mujer: “¡Qué vergüenza! Esas bombillas no funcionan hace meses”. Y su mujer le contestó: “¡Fíjate qué bien lucen las otras 10!”

Y me acordé de Barto. Era un gran amigo mío. Se llamaba Bartolomé, pero en Venezuela, donde vivió mucho tiempo, decidió acortar el nombre y llamarse Barto. No sé como lo consiguió, pero en todos sus papeles aparecía con ese nombre.

Trabajé mucho con Barto. Era una gozada. Siempre encontraba la parte buena de las cosas. Un día estábamos en el aeropuerto de Bilbao, donde íbamos con mucha frecuencia. En la plataforma de estacionamiento, uno de los aviones rozó con un ala a otro. No pasó nada, pero se retrasó todo mucho: tuvieron que bajar los pasajeros de un avión, hubo que repasar los aviones…Total, un par de horas.

A mí me dio la vena crítica, y dije: “Con la cantidad de maniobras que ha hecho ese piloto en este aeropuerto, es vergonzoso que roce a otro avión”.

Y Barto, sin mover un músculo de la cara, me dijo: “Con la cantidad de maniobras que ha hecho ese piloto en este aeropuerto, es maravilloso que sólo haya rozado una vez”.

Pero ahí no acabó la lección. Al cabo de unos días, vino a cenar a casa. Llegó en ese momento en el que los padres van diciendo a los hijos que se vayan a la cama y los hijos no acaban de irse. Mientras hablábamos antes de cenar, envié a la cama a tres niños que, al cabo de dos minutos, aparecieron otra vez con las excusas que todos hemos oído cientos de veces: “Quiero agua. Quiero pis. ¿Puedo ver la tele?” Yo les mandaba inmediatamente a la cama y ellos se iban.

Muy poco después, volvían todos, con las razones intercambiadas (el que antes quería agua ahora quería pis y el del agua quería ver la tele). Yo les volvía a mandar a la cama, y se iban otra vez.

Después de varias repeticiones del proceso, dije: “¡Qué desobedientes son estos niños!” Y Barto, lleno de calma, dijo: “No son desobedientes. Obedecen muchas veces”.

Se lo conté a mi amigo de San Quirico y se lanzó: “¿Ves cómo no todo está mal? ¿Ves cómo hay gente buena que hace lo que puede? ¿Ves por qué no hay que desmoralizarse nunca? ¿Ves por qué no hay que criticar?”

Y, como siempre, cuando nota que me arrolla, me remata. Y me cuenta que a unos amigos suyos les regalaron un cuadro abstracto, muy abstracto, que debía ser un poco difícil de entender.

Sus amigos lo colgaron. Un día, la señora que iba a limpiar la casa se quedó parada, contemplando el cuadro.

Y cuando la dueña de la casa le preguntó: “¿Qué le parece?”, le contestó, mordiéndose los labios para no decir que aquello era una auténtica birria: “Señora Cuquita, este cuadro tiene su misterio”.

Y mi amigo dice, como moraleja, que todos tenemos algo bueno, que los más opuestos a nosotros tienen su misterio. Y que, en momentos como estos, es una pérdida de tiempo inadmisible que nos dediquemos a insultarnos unos a otros, cuando trabajando juntos, hasta se nos podría ocurrir algo.

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