La cinta de Arteta sirve de Memoria Histórica para aquellos que quieren ocultar que una parte de sus conciudadanos no están entre ellos Carmen GURRUCHAGAEl País Vasco es un lugar idílico, ubicado en la franja cantábrica, con el mar a un lado y, al otro, verdes montañas que conservan ese color debido a la frecuente lluvia. El nivel de vida de sus ciudadanos es superior a la media española, gracias a que fue uno de los focos iniciales de la revolución industrial, lo que fue decisivo para su bonanza económica. A ese crecimiento contribuyó la inmigración llegada de otras regiones españolas. Pero hay varias pegas en este «Euskadi, País de las Maravillas», aunque dirigentes y ciudadanos practiquen el autismo político sin querer enterarse de que el terrorismo ha generado un auténtico problema social, que ellos prefieren ignorar. Pero las cifras son elocuentes y muestran una recesión demográfica en el periodo 1981-2006, en el que la población española crecía en un 18,46%, y el País Vasco decrecía en un 0,05%. Y es que son (somos) muchos los vascos que tras sufrir las amenazas y extorsiones de ETA hemos tenido que cerrar las casas, hacer las maletas, contratar un camión de mudanzas y marcharnos, solos. Obviamente, esta circunstancia supone un gravísimo drama personal, pero también social, porque los que se quedan allí no toman partido para poder vivir tranquilamente, disfrutando de esos maravillosos paisajes, esa gastronomía insuperable...
No existe acuerdo a la hora de dar cifras sobre el número de vascos obligados a partir en lo que, indudablemente, ha supuesto una limpieza ideológica. Probablemente, no será el medio millón de personas que anuncian, algunas voces; a lo mejor, tampoco 250.000, pero en cualquier caso, siempre serán demasiados. Este drama social es el que cuenta «El Infierno Vasco», el último trabajo del director Iñaki Arteta, presentado hace unos días en San Sebastián. En el mismo, treinta personas cuentan (contamos) cómo ese idílico y perfecto País Vasco en el que nacimos y crecimos se fue transformando en un infierno, por el único delito de no ser nacionalistas. Pintadas en las calles, insultos, amenazas y atentados, en algunos casos, no dejaron otra salida que coger el tren de largo recorrido, sin despedidas demasiado sentidas hacia otros lugares en donde no nos esperaba nadie. Ha sido un exilio duro en el que gente desconocida ha tenido actitudes más cercanas y cálidas que familiares directos. Quizás por eso, el otro día, me emocioné en el coloquio posterior a la exhibición de la película cuando una mujer dijo que había sentido una honda pena ante nuestra «huida» de las garras asesinas, porque somos necesarios para construir una sociedad mejor. «El infierno vasco», sin pretenderlo, sirve de Memoria Histórica para aquellos que situados cómodamente en esa sociedad opulenta quieren ocultar que una parte importante de sus conciudadanos no están entre ellos, aunque nada les gustaría más que estar allí. Porque como dice una de 30 protagonistas: «No hay noche que deje de preguntarme: ¿qué hago yo en Madrid?» Uno ve el tráiler de «El infierno vasco», que así se llama el documental, y siente el aguijonazo de la cuota de responsabilidad que le corresponde. Memoria Histórica y, lo que es peor, vivísimo y mortífero presente. |
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