Si su objetivo es el Rey, o sea, el Borbón, pasa a llamarse Tardán y hay que mandarle, o bien ante el juez, o bien ante el director de un psiquiátrico
El diputado independentista catalánJoan Tardà, que más que de diputado tiene aspecto de portero de discoteca de medio pelo en Bagdad, ha pedido a gritos la muerte de un tal Borbó. Será un vecino o un pariente con el que no se lleva demasiado bien. En el Partido Popular lo han interpretado como afrenta al Rey. Pero el Rey se apellida Borbón, y al que desea la muerte Tardà se llama Borbó. No puede ser el mismo. Los apellidos no se cambian al gusto del consumidor. Si así fuera, el berrido de Tardà sería un delito. Unir un apellido con una incitación a la muerte de su portador es una incitación al asesinato, y si el anhelado fiambre es el Rey, al Partido Popular le sobran motivos para exigir al fiscal que actúe contra el aforado Tardà, socio de los socialistas, por otra parte. El fundador de este periódico, Luis María Anson, se apellida igual en Madrid, que en Barcelona que en La Coruña, es decir, Anson. No es Anson en la Castellana y Ansó en las Ramblas. En tal caso, Ramón Calderón, Presidente del Real Madrid, sería en Cataluña Ramó Calderó, y el retrato de Goya a la condesa de Chinchón, se convertiría en el retrato a la condesa de Chinchó, que suena fatal. La familia Botín, en la sede del Banco de Santander en Barcelona, sería la familia Botí, y Juan Luis Cebrián se quedaría en Cebriá. En justa correspondencia, también los españoles no catalanes tendríamos derecho a adaptar los apellidos de Cataluña en versión mesetaria. Tardán en lugar de Tardà, Mirón por Miró, Dalín por Dalí, Cambón por Cambó, y visitaríamos con inusitado interés la localidad de Vilanova y Geltrún, dejando al pobre Geltrú para el arrastre. Por ello, no considero que Tardà haya delinquido deseando la muerte de ese desconocido Borbó, que tan mal le cae. Pero -insisto-, si se tratase de la versión catalanista de Borbón, entonces el probable delincuente sería Tardán, que además de ser un salvaje merecería el procesamiento por cursi, siendo digno acreedor a llevar en el cuello, sobre su aparentemente poco higiénica camisa negra, una bufandilla de piel de leopardo de la razón social «Papiolas y Pirretas», que no son apellidos de fácil traducción, como Laporta, que claramente es Lapuerta, y no por ello vamos a empeñarnos en llamarlo así. Tardà y Borbó o Tardán y Borbón. Lo que no vale es jugar a uno sí y el otro no.
Si lo que ha pedido Tardà a sus jóvenes e incondicionales partidarios es la muerte de Borbó, para mí que el tal Borbó haría bien en no salir solo al cine con su mujer y en contratar a un fornido guardaespaldas. Si el objetivo de Tardà es el Rey, o sea, el Borbón, pasa a llamarse Tardán y hay que mandarle, o bien ante el juez, o bien ante el director de un hospital psiquiátrico cualquiera, a Tardán, no a Borbón, que está muy bien donde está según una abrumadora mayoría de españoles, catalanes incluidos, claro. De eso se trata. De averiguar quién es Borbó para que se cuide muy mucho de pasear solo por las calles de Barcelona, no vaya a toparse con la banda de Tardà. Y si es Borbón, y se deduce que el Rey es el que tiene que morir para que Tardán se ponga cachondo, además del fiscal tendría que intervenir Zapatero y cortar por lo sano con unos socios independentistas, que además de odiar a España piden a gritos la muerte del Rey. En una «n» está la solución.
Alfonso USSÍA


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