Skyline de Barcelona, hoy

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Mikel Laboa, también nos ha dejado

Estaba leyendo a Rilke, cuando ha llovido, más que llegado, la noticia de la muerte de Mikel Laboa. El agua fluye lentamente por las cañerías de la existencia y a veces alguna se cierra para siempre. Es mejor que la muerte del amigo o del pariente nos atrape mientras nuestros ojos se llenan de palabras abiertas al infinito.

Leía en Rilke que el muerto ha de irse y, silenciosamente, la lamentación más antigua le lleva hasta el barranco, donde brilla, a la luz de la luna, la fuente de la alegría. Se entiende lo de que el muerto ha de irse, porque morir es una forma de marchar y de caminar hacia el lado luminoso, pero no se entiende cuando quien muere es alguien que ha formado y nos ha iniciado en ese blando y fértil ejercicio de la vida que es la canción. El poeta y el cantor forman parte de la nómina de los inmortales. Cuando alguien se va a donde van los cantantes, queda la canción, como testigo de una época, como martillazo en la conciencia o, simplemente, como ejercicio de afirmación de la personalidad.

Mikel Laboa nació hace 74 años en Pasaia (Guipúzcoa). De profesión médico, especialista en neuropsiquiatra infantil, fue uno de los fundadores del grupo Ez Dok Amairu, nombre ideado por el escultor Jorge Oteiza, que quiere decir que "no hay trece", número y símbolo que entronca con el sentido mágico y ritual de los vascos. Aunque la aventura no durase más allá de unos años, las voces de Mikel Laboa, Benito Lertxundi o Xabier Lete, marcaron, conformaron y delimitaron las fronteras de toda una generación que encontró en las letras que cantaban un referente, no sólo cultural, sino también vital. A todos ellos habría que añadir, por justicia, la de Imanol. Algunos nos hicimos adultos, o nunca dejamos de ser niños, que es otra manera de adultez, al vaivén de las olas que las canciones producían en nuestra realidad carnosa. Abrían las entrañas, dejaban una herida melancólica, que no se ha cerrado jamás, o se ha cerrado mal, porque siempre supura, al compás de una nota. Pero no era una sensación triste; se vivía un alborozo difícil de reproducir y de explicar.

Hay voces que se van y voces que siempre están viniendo, como lejanos ecos. La de Laboa se asemejaba al sonido de las botas de un hada de cristal bailando sobre un tronco húmedo. Algo de lluvia, de paraje anegado tenía, algo de fuente que mana, de río que sangra y se deja llevar hacia un delta desconocido, pero cercano. Algo de bosque, también; a veces parecía que todo un Irati se deslizara por su dúctil garganta.

En 1974 publicó Bat-Hiru, su disco más importante, donde se produce la tan buscada y no siempre encontrada síntesis entre la tradición oral y el ejercicio contemporáneo. De entre los temas, es el titulado Txoria txori (El pájaro), el que más fama ha cosechado. Lo cantaron Joan Baez, entre otros. Es un canto de y para la libertad, sobre la esencia de la libertad. Ser pájaro es una manera de ser canción, volar es un modo de cantar, de aparecer en un instante abierto e intenso, y luego desaparecer, dejando la estela, el rumor, el recuerdo.