UNA PIÑA. María Salientes fue a recoger su sentencia con su marido, José, y sus dos hijos. / AURORA CAÑADA |
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| «¡Ni que mi madre me hubiera matado!», exclama David. María ha sido condenada a 45 días de cárcel y a un año de distanciamiento de su hijo por darle un bofetón. Concha lleva tres años sin ver a su hija por lo mismo. El Defensor del Menor de Madrid se pregunta sobre las consecuencias negativas de esta aplicación de la Ley
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¿Redime el beso de un hijo de la sentencia de un juez que te condena, como madre, por haberle dado un sopapo? Al menos, el hijo perdona. La Ley no. María Saliente, 37 años, sordomuda, madre sentenciada, conjura los peores demonios del engranaje judicial con ternura hacia el travieso David, 10 años cuando la torta. Doce ahora. En Pozo Alcón, su pueblo de Jaén, la bofetada de la Justicia sigue siendo un estruendo en la casa de los Moreno. Y en el colegio de donde partió la denuncia. Y en todo el pueblo, con sus cerca de 5.500 vecinos. Suena la sirena del centro educativo Nuestra Señora de los Dolores. Son las dos de la tarde y los alumnos corretean a la salida del centro. José Domingo Moreno y su esposa, María Saliente, buscan entre las filas de colegiales a su hijo David.Pero el menor ya ha salido a la calle, olvidando en al aula su cartera y el chaquetón. «Dónde estará este niño»... El pan nuestro de cada día entre los Martínez. Crónica pasa con ellos el miércoles, el día en que, encontrado David, la familia al completo acude al Juzgado de Paz del pequeño municipio a ver sobre el papel, sin intermediarios ni algarabías, qué falló el Juzgado de lo Penal número 3 de Jaén. Cuarenta y cinco días de cárcel (que la madre no cumplirá por carecer de antecedentes) y un año y 45 días sin poder acercarse a David por haberle agarrado del cuello y pegado una bofetada. De ejecutarse la sentencia, María debería abandonar la casa familiar. Los dos niños se quedarían con el padre. Los Moreno no están solos en el calvario. La foto en color de Paola luce sembrada de huellas. En su rostro de niña; en el vestido de faralaes amarillo; en los brazos en alto que dibujan una sevillana... Son marcas de caricias que Concha va dejando impresas, día a día, como señal de su amor.Sus dedos y sus labios sobre el papel. Es lo que, por ahora, tiene de la niña. A su pequeña Paola la perdió hace ya tres años y tres meses. La purga por un bofetón de madre. «A mi hija me la ha robado la Justicia», dice apenada. «Dios mío... por una bofetada... Dios mío». Lejos de Madrid, donde Concha -quizás la primera madre en España condenada por dar un sopapo a su hija- intenta recomponerse física y anímicamente de la desgracia -«Me estoy muriendo en vida»-, la sordomuda María Saliente pasa los días ahogada en lágrimas.Sus manos veloces, con las que conversa en el lenguaje de signos con su esposo, que hace de traductor improvisado, flaquean igual que su mente. «Desde el juicio», cuenta Domingo, ahora en paro, mientras ayuda a su mujer en la cocina de su casa, «he perdido seis kilos, casi no comemos y pasamos las noches en vela. Veo cada día cómo mi mujer se levanta destrozada y no para de llorar».El dolor se palpa en todos los rincones del hogar. David, el hijo, nos acompaña hasta su cuarto. Lleva la tristeza en el rostro. Sobre una mesa se amontona la ropa de varios días y la cama está sin hacer. Dice el chaval que lo de echar una mano en tareas de la casa no va con él. Parece ausente. Del bolsillo de su chandal saca un teléfono móvil y se pone a buscar algún tono musical que le alegre el día. En el lóbulo de su oreja izquierda lleva clavado un pendiente con las siglas D&G (Dolce & Gabbana). «No quiero estudiar. Yo lo que quiero es ser mecánico». El año pasado estuvo interno en un colegio de Baza. Sólo veía a sus padres los fines de semana. «Echaba mucho de menos a mi familia», confiesa. «No te dejaban salir. Tenías reglas para todo. Ahora estoy mejor en el colegio del pueblo, pero ya me han echado algunas veces por los partes de comportamiento». Del centro Nuestra Señora de los Dolores partió, precisamente, la denuncia que, dos años después, ha condenado a su madre. «QUIERO A MI MADRE» «Ni que mi madre me hubiera matado», salta David. «Sé que lo que hice no estuvo bien pero que no me lleven otra vez a un colegio interno. Quiero estar aquí, en casa con mi madre, con mi familia».Ella le indica con gestos que la mesa ya está puesta y que se lave las manos. Luego, se acerca a David y lo besa con cariño. El se deja querer. [Seguir leyendo...]
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