Artur Mas ni siquiera tuvo necesidad de apurar su tiempo para convencer a los que ya estaban convencidos de que se abstuvieran en el momento de votar. La puerta estaba abierta desde última hora del miércoles, cuando se firmó un acuerdo entre CiU y PSC que, naturalmente, levantó ampollas entre el resto de los partidos y provocó escenas despechadas, como la protagonizada por Alicia Sánchez-Camacho, que ayer reaccionaba como una novia abandonada a las puertas del altar.
¿El pacto abre caminos para un futuro apoyo de CiU a un PSOE que pasa del disgusto al sobresalto, mientras Zapatero deshoja margaritas con esa sonrisa que se pretende mefistofélica y sólo consigue parecer bobalicona?
Ahí se encienden las sospechas, ahí la denuncia de la "letra pequeña" (Albert Rivera), la que no ha sido mostrada ante la opinión pública. Ahí la condena a la "sociovergencia", emitida por un Joan Herrera que llega con ganas de convertirse en el único referente de las izquierdas parlamentarias (las demás, claro, ni son ecológicas ni sostenibles ni van en bici).
Una "sociovergencia" contra la que el ex elefant blau arremetió con ímpetu de elefante loco. En sólo dos sesiones y tres días de debates, en apenas los veinte minutos totales consumidos en sus intervenciones, el elefante ha conseguido sembrar resentimiento entre la cámara, a cuyos miembros no se cansa de vapulear considerándolos poco menos que unos derrotistas y fracasados, presididos ahora por un Artur Mas al que negó hasta el liderazgo.
Agua de borrajas. El Mas resistente vivió su apoteosis y a los demás sólo les quedó llanto y crujir de dientes.
¿El pacto abre caminos para un futuro apoyo de CiU a un PSOE que pasa del disgusto al sobresalto, mientras Zapatero deshoja margaritas con esa sonrisa que se pretende mefistofélica y sólo consigue parecer bobalicona?
Ahí se encienden las sospechas, ahí la denuncia de la "letra pequeña" (Albert Rivera), la que no ha sido mostrada ante la opinión pública. Ahí la condena a la "sociovergencia", emitida por un Joan Herrera que llega con ganas de convertirse en el único referente de las izquierdas parlamentarias (las demás, claro, ni son ecológicas ni sostenibles ni van en bici).
Una "sociovergencia" contra la que el ex elefant blau arremetió con ímpetu de elefante loco. En sólo dos sesiones y tres días de debates, en apenas los veinte minutos totales consumidos en sus intervenciones, el elefante ha conseguido sembrar resentimiento entre la cámara, a cuyos miembros no se cansa de vapulear considerándolos poco menos que unos derrotistas y fracasados, presididos ahora por un Artur Mas al que negó hasta el liderazgo.
Agua de borrajas. El Mas resistente vivió su apoteosis y a los demás sólo les quedó llanto y crujir de dientes.
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