La semana pasada ya comentábamos aquí lo poco que se
generaliza y la falta que hace. Hay que generalizar más, recuerden. Es
injusto, vale, pero se queda uno tan pancho que no sé cómo no vamos todo
el día generalizando por ahí. Acabemos ya con las excepciones: son un
coñazo. Además del consejo de generalizar, hoy vamos a optar también por
comparar. Las comparaciones son odiosas, de acuerdo, pero muy
instructivas y aleccionadoras. Hoy, mis queridos niños, vamos a comparar
y me temo que los resultados no nos sacan muy favorecidos. Verán, el
pasado fin de semana estuvo mi cuerpo serrano visitando Dublín para
asistir al partido que enfrentaba a Irlanda y Escocia en el torneo VI
Naciones de Rugby. El Aviva Stadium, donde juegan tanto la selección
irlandesa de rugby como la de fútbol, está situado a unos veinte minutos
andando del centro y rodeado de magníficos pubs y de casitas con
jardín. Casitas donde las verjas están abiertas sin aparatosos cierres
ni protecciones en las ventanas. Los accesos al estadio por las calles
más estrechas estaban cortados, quedando sólo libres las avenidas
grandes. Cortados por un solo policía que, amablemente, indicaba el
camino a seguir. Comparemos. Si ese partido se hubiera celebrado aquí,
posiblemente, en las calles cortadas hubiera estado desplegado un grupo
de antidisturbios tuteando a la gente con imperativos. La gente, que
tiene un trago también, hubiera atajado por los jardines de los vecinos e
incluso estoy convencida de que algún compatriota no habría perdido la
oportunidad de orinarle entre los setos a una anciana venerable. Por no
hablar de los restos, la basura y los vasos. Comparar es odioso, sí. Lo
peor, sin embargo, es perder en las comparaciones.

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