Uno de los efectos de la crisis es la renacionalización del espacio europeo. Hablamos de «Europa» como si fuera una entidad de orden superior, casi milagrosamente racional. Sin embargo, «Europa», es decir la Unión Europea, es una construcción donde los intereses nacionales se superponen y muchas veces se enfrentan entre sí y a los de las máquinas burocráticas y políticas nacidas al calor de la Unión.
Sólo una idealización ingenua de «Europa» por parte de los españoles ha impedido percibir el hecho en su dimensión real. Desde una cierta lógica histórica, «Europa» era la clave de nuestro bienestar y nuestra apertura: lo era sólo a medias, en realidad, aunque la exigencia que nos ha planteado y las ayudas prestadas han sido muy importantes. «Europa», por otra parte, iba a salvarnos de nuestros problemas con los nacionalistas, cosa que no ha ocurrido, como era de esperar. En realidad, los españoles no estamos acostumbrados a pensar en términos de interés nacional. Parece que ni siquiera el Gobierno de la nación es capaz elaborar un discurso nacional acerca de la crisis, de sus causas y su posible salida. Así que nuestra situación y nuestro crédito dependen del último dictamen de Bruselas, de la última opinión del FMI o de la última ocurrencia del representante de una agencia de rating o del periodista de algún medio de comunicación, extranjero, claro está.
Entre los más interesados en cargar las tintas sobre España están nuestros vecinos, en particular Francia, Italia y Gran Bretaña, que nunca han deseado ver una España potente. De ellos no nos separa ni el tamaño (España es la cuarta economía de la eurozona) ni la crisis (ninguno de ellos está mejor que en España). Más aún, España está poniendo en marcha en pocos meses un programa de reformas de una intensidad difícil de encontrar en ninguno de esos países: reforma laboral, pago a proveedores, control del déficit, afloramiento del déficit oculto y reforma bancaria, es decir de las cajas. La crisis económica es ahora una crisis europea, una crisis de sociedades intervenidas, con sectores públicos inflados hasta lo patológico. España está dando los pasos necesarios para salir de ella. Todos los indicadores –sobre productividad, inversión, exportaciones o corrección de los desequilibrios– señalan la ventaja que empieza a cobrar nuestro país.
Nos distingue, eso sí, la actitud. Frente a nuestra inseguridad, nuestro absurdo complejo de inferioridad, la querencia masoquista y el recelo ante el concepto nacional, estos otros países se presentan con un aplomo con el que aquí ni siquiera soñamos. Fingen despreciar una España que está haciendo lo que ellos no se atreven a hacer. No estaría de más empezar a reformar también esto…
viernes, 1 de junio de 2012
Cuestión de actitud
José María Marco
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