Yo mismo con mi turismo

30 abr. 2017

El paisaje quemado de Madrid


Mayte Alcaraz

Sospecho que lo que me ocurre hoy es algo parecido a lo que le sucede a un ingeniero forestal cuando ha elaborado un informe medioambiental para proteger una zona y esta acaba arrasada por las llamas; o cuando un arquitecto planifica un bloque de viviendas y la carcoma devora los tabiques; o cuando un profesor prepara una clase y los alumnos la boicotean desde el minuto uno... A una periodista como yo, que ha echado los dientes en Madrid, calzando charol por sus salones más poderosos pero también emponzoñando sus suelas en crónicas sobre reyertas callejeras, asentamientos marginales de droga y en la vida desatenta de los albergues municipales, hoy el paisaje quemado del Madrid floreciente que narré, de la transformación del poblachón manchego lleno de subsecretarios de Cela en un motor económico envidiado por la Cataluña de Maragall, del insospechado viaje de una villa cortesana y atrasada a una fabulosa maquinaria de construir kilómetros de metro e infraestructuras que vertebraron sur y norte como jamás nadie soñó, es absolutamente desolador.
Si el Totó de «Cinema Paradiso» vio pasar su vida en los besos de los actores de las películas que amó de niño, los periodistas que crecimos glosando los años de bonanza de la política madrileña asistimos hoy a la cámara de los horrores. La tierra calcinada de las Gürtel, las Púnica o las Lezo de hoy han convertido la Asamblea de Madrid, donde hacíamos entrevistas y pasilleábamos para robar exclusivas a los políticos desavisados, en el lugar del crimen donde se gestó la transferencia de un millón de euros de la empresa pública ICM a las arcas del PP madrileño; el salón -soleado por el balcón desde el que se proclamó la República- que presidentes como Gallardón, Aguirre o González usaban para las entrevistas de prensa fue utilizado por el último como lonja donde comprar y vender favores y silencios; los teléfonos de última generación que los madrileños pagábamos y a donde los profesionales llamábamos para cotejar informaciones no eran más que nanochips para delinquir, escribir sms intimidatorios a jueces, periodistas y ministros, cuando no para encriptar cuentas en Suiza; por no hablar de empresas públicas devenidas en tapadera para el gansterismo; o personal y fondos públicos empleados en vigilar pecados de cartera, casa y cama de compañeros de partido. Por no hablar de la espesa niebla que todavía pesa sobre la campaña de 2003 y un «tamayazo» que aún está por desentrañar.
Si eso sucede a los informadores que retransmitimos campañas electorales, presidencias, inauguraciones, nombramientos, crisis... no quiero ni pensar el sentimiento de decepción y asco que habrán experimentado millones de madrileños que, olvidando en muchos casos preferencias ideológicas, se decantaron por un partido como el PP de Madrid para gestionar su vida y su hacienda sin exigencia de mayor contrapartida que un retorno en bienestar y, of course, en decencia personal.

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