Yo mismo con mi turismo

29 abr. 2017

Enseñanzas de García Morente

IGNACIO GARCÍA DE LEÁNIZ
Manuel García Morente llega a París el 2 de octubre de 1936 con apenas 65 francos en el bolsillo. El pensador jienense y decano de la Facultad de Filosofía de Madrid huía del terror miliciano que se había enseñoreado de la capital. Poco antes, su yerno - el geógrafo Ernesto Bonelli- había sido asesinado por la FAI en Toledo, a los 29 años de edad, dejando joven viuda y dos niños apenas nacidos, sus nietos. La impresión que sufre Morente al recibir la noticia le hizo desvanecerse. Al poco, es testigo en su domicilio madrileño de sacas de milicianos en pisos contiguos. Él mismo había recibido amenazas de muerte por parte de miembros de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza. Un aviso confidencial de Besteiro le impele a abandonar el país para salvar su vida. Por ministro amigo, Bernardo Giner, obtiene salvoconducto y parte para Francia en tanto que sus hijas y nietos quedan en Madrid.
Así arriba Morente a ese París donde 30 años antes había cursado Filosofía en La Sorbona, asistiendo a las lecciones de Bergson en el vecino Colegio de Francia. Las mismas que Machado atenderá en 1910. Su posterior ampliación de estudios en Berlín y Marburgo le ponen en contacto con lo mejor de la filosofía continental, especialmente en su versión neokantiana. Ahora, quebrado por las zozobras morales y la penuria de pater familias trasterrado, se alojará en el octavo piso del número 126 del Boulevard Sérurier, merced a la beneficencia de Ezequiel de Selgas. Ortega, su maestro, había llegado a Francia poco antes huyendo del mismo terror, herido en cuerpo y alma.
Más acá de los Pirineos, dejaba Morente una fecunda trayectoria personal y colectiva propia de aquella Generación del 14 que, cuanto más se la conoce, más asombro causa hoy. Su encuentro en Madrid con Ortega y Giner de los Ríos en 1908 le abre vastos horizontes filosóficos y proyectos regeneracionistas de la mejor ILE. Pocas veces, si alguna, ha habido en nuestro país -y casi en Europa- una constelación de decencia intelectual de la talla a la que se suma García Morente en su triple faceta de editor, traductor y pensador. Decencia y generosidad espléndida en la divulgación pedagógica de sus saberes, que eso era para ellos el amor al país. Todo ello se decantará en aquella irrepetible Facultad de Filosofía de Madrid, donde junto al magisterio orteguiano se hallan figuras como Zubiri, Gaos, y un Besteiro catedrático de Lógica. Quizá, para darnos cuenta de cómo estamos hoy, convendría comparar aquella Facultad -una de las mejores, si no la mejor, de Europa- con el páramo actual de nuestro pensamiento.
Fue García Morente junto al arquitecto Agustín Aguirre el decano hacedor en 1933 de aquella Facultad. En su discurso inaugural hará votos para que la nueva sede prepare a los estudiantes al "despertar a una nueva vida en un nuevo paisaje". Baste repasar el elenco de los profesores que impartían allí su magisterio como exponentes de nuestra Edad de Plata: Ortega, Zubiri, Morente, Gaos, María Zambrano, Besteiro, Menéndez Pidal, Américo Castro, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Claudio Sánchez-Albornoz y María de Maeztu, entre otros.
Pero ahora en París aquello era el «mundo de ayer» para nuestro pensador. Sus gestiones para sacar a sus hijas de España fracasan una y otra vez. El insomnio se apodera de su soledad. Por las noches pasará horas contemplando desde su ventana la masa de Montmartre y la luz de la Torre Eiffel. Sin embargo, un golpe de suerte en enero de 1937 le provee de un trabajo para redactar un diccionario para la Editorial Garnier, que le permite cobrar 1.000 francos. En marzo, otro golpe de fortuna: le ofrecen desde Argentina la cátedra de Filosofía en la Universidad de Tucumán. Las extrañezas continúan sucediendo. De visita a Ortega en su casa de la rue Gros 43, coincide con Jiménez Fraud a la sazón padre del secretario particular de Negrín, entonces ministro de Hacienda. Casualmente, su hijo venía a París al día siguiente desde Valencia. Se compromete a interceder ante Negrín por su familia y permitirla salir de España.
Morente queda perplejo por ese cúmulo de coincidencias felices. Por vez primera, su vida le parece no tanto lo que él hace como lo que le pasa, en contra de los postulados vitalistas de su educación filosófica. Y además esas cosas que le pasan están dotadas de sentido y no de puro azar. "Como si alguien -escribirá más tarde- arreglaba sin mí todo lo mío". La perplejidad va dando paso a la posibilidad de un ser providente que la razón pura kantiana había declarado incognoscible. El 28 de abril de 1937, Morente migraba de su arraigada increencia a la adhesión a un Dios gobernante percibiendo así la "absoluta dependencia" con la que Schleiermacher definía el hecho religioso. Pero al proceso de conversión le iba a faltar todavía un paso más: el que va de un Dios ahumano, lejanísimo e intelectualista, a la realidad de un Dios encarnado hecho hombre. Y hace ahora 80 años es cuando sucede, 24 horas después, el «hecho extraordinario» en la noche que media entre el 29 y 30 de abril. Morente lo contará minuciosamente un trienio más tarde en carta intimísima hecha luego opúsculo titulado así: El hecho extraordinario.
Solo en el piso, conecta la radio. En ese momento se emitía un fragmento de La infancia de Cristo de Berlioz. A su término, desfilan por su mente imágenes de los protagonistas de los Evangelios. Puesto de rodillas, comenzó a balbucir el Padrenuestro. Comprueba que se ha olvidado tras años de increencia. Lo recompone con gran esfuerzo. Una gran paz inunda su alma. Se percibe a sí mismo como un hombre nuevo. En el reloj suenan las 12. A través de la ventana, contempla con mirada transfigurada Montmartre. Al volver la cara hacia la habitación, se queda petrificado: allí estaba Él. Percibe su presencia nítida y claramente como cualquier otro objeto de la habitación. Cuando Él desapareció cae de nuevo en el sillón junto a la ventana abierta. Morente decide al finalizar esa experiencia sobrenatural hacerse sacerdote. Será ordenado tres años más tarde para morir súbitamente poco después, el 7 de diciembre de 1942.
La noche del 23 de noviembre de 1654 Pascal, también parisino de adopción, había tenido una vivencia similar no lejos del domicilio de Morente. Sobre lo que le aconteció aquella noche, el pensador galo anota: "Joie, joie, joie, pleurs de joie". Quizá la misma alegría de la que participo nuestro filósofo en el octavo piso del 126 del Boulevard Sérurier. Ésa que surge de descubrir que alguien allá arriba nos deletrea y que no estamos solos. Hace ahora 80 años.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡No te cortes! Dí lo que estás pensando