Yo mismo con mi turismo

30 abr. 2017

Lo siento mucho

LORENZO SILVA
Es el autor de unas cuantas frases para la Historia. Alguna airada, unas cuantas irónicas, alguna otra de críptico aviso. Es alguien que sabe demasiado, porque su poder duró demasiado, lo ejerció en demasiadas pistas de demasiados circos y se creyó demasiado ungido de él. Es uno de esos que se llenan la boca con la palabra 'patria', aunque él la llamaba nació. Lo advirtió hace muchos años un austríaco al que no ha leído casi nadie, y desde luego, casi nadie entre nosotros, Robert Musil: son esos, los que están todo el rato blasonando de la vinculación de sus desvelos a grandes cosas e inmensos conceptos, los que con diferencia tienen más peligro, de entre todos los embaucadores y flautistas de Hamelin que en el mundo son. Hace ya un tiempo que acorralado por sus propios malos pasos hizo una primera confesión, increíble y precaria. Pero ha sido este abril cuando la tienda ha empezado a desplomársele al fin sobre la cabeza.
Con su primogénito privado de libertad y farfullando ante el juez excusas delirantes ("teníamos que ocultar dinero y evadir impuestos porque había riesgo de golpe de Estado"), los equipos policiales registrando todas las casas de la familia, su esposa señalada por documentos difícilmente refutables como vértice de una trama de ocultación y blanqueo de dineros de desconocida procedencia, y sin calor de nadie y sin consuelo, el antaño molt honorable al que ya no resta ni un microgramo de honra se vio de pronto compelido a decir algo. No pudo casi pensarlo, no tuvo margen para la ironía, la ira o la malicia que antaño exhibiera; como un niño sorprendido por el maestro en falta sin excusa, se limitó a murmurar, desorientado: "Lo siento mucho".
Es un primer paso para la expiación, incluso podría decirse para la redención, si sus faltas no fueran tantas y tan enormes, su tiempo tan escaso, la coyuntura tan adversa, con la tempestad que en buena medida contribuyó a sembrar zarandeando la nave de su nació y empujándola hacia un puerto o una escollera, el tiempo dirá, donde en ningún caso será bienvenido. Apenas cuenta con la simpatía de nadie, y los recién llegados a su sueño identitario, desde más abajo de Despeñaperros, se permiten ya meterlo en el mismo saco que a los peores enemigos de la patria prometida que tanto le debe a su alambicado designio.
Y sin embargo, en esa frase rendida y desmoralizada, con su talento innato de precursor, muestra a tantas ovejas descarriadas de la ambición política y económica el único camino que les queda para aspirar a insertarse de nuevo, con una mínima dignidad, en la sociedad de los seres humanos: pedir disculpas, arrepentirse de su soberbia, de su codicia, de su falacia, de su insensatez que ha arrimado la suerte de sus conciudadanos a un precipicio no sólo moral; dolerse de la ignorancia que los llevó a creerse autorizados para disponer de lo que no era suyo, a tomar por idiotas a los millones de padres y madres de familia que cada mañana madrugan y cada noche caen rendidos en la cama en el afán de ganarse el pan de sus hijos, sin dejar de cumplir la obligación de pagar impuestos que merman sus recursos.
Han tenido mala suerte, él y los demás. Esos que ahora están en la cárcel porque no pueden negar que sabían, porque los oídos del pueblo los escucharon y grabaron mofándose de él y conspirando contra su futuro. Esos otros que dicen y repiten que nada supieron, y a los que, aunque nos cueste creerles, hemos de aceptar, en tanto no afloren pruebas de lo contrario, que ningún juez les pida cuentas del daño que por su mediación nos vino infligido. Han tenido mala suerte porque este pueblo dolido y expoliado no estaba indefenso, y les da ahora lo suyo.
Más vale que tomen ejemplo del gran patriarca reducido a la nada. Dejen ya de negar como malhechores de telefilme, confiesen lo que saben; digan, al menos, que lo sienten mucho.

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