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1 may. 2017

La lección que nos enseña Trump

Con su inigualable narcisismo, el presidente de EE UU muestra una flexibilidad sin parangón, dispuesto como nadie a cambiar de opinión. Mélenchon y May deberían imitarlo

“Cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique”. Alicia a través del espejo. Lewis Carrol
Natural que Donald Trump tanto deteste a los medios de comunicación, que nos llame “el enemigo del pueblo”, que en su discurso más reciente declarase que somos “una vergüenza”. No hemos dejado de darle palos desde que se postuló como candidato presidencial. Es hora de identificar algo bueno que haya hecho en sus cien días en la Casa Blanca, de señalar una valiosa lección —sí, una hay— que Trump ha ofrecido a políticos más convencionales, como por ejemplo Jean-Luc Mélenchon, el líder de la izquierda pura, dura, radical, alternativa (elijan el adjetivo que más les guste) francesa.
No le sale a Mélenchon pedir a sus devotos que voten por el centrista Emmanuel Macron en el duelo decisivo contra Marine Le Pen, la femme fatale de la extrema derecha europea, en la segunda vuelta de las elecciones el domingo que viene. Otros aspirantes a la presidencia que cayeron en la primera ronda sí lo han hecho pero Mélenchon no puede.
Hablé con un amigo en París experto en política francesa y le pregunté si pensaba que Mélenchon podría recapacitar. Me contestó que no lo descartaba pero que era muy difícil para un narcisista como él dar marcha atrás.
Sí, quizá. Pero (y aquí vamos a la lección que Trump nos ha enseñado) lo que necesita Mélenchon es más narcisismo, no menos. Ni Mélenchon ni nadie está a la altura de Trump, el número uno mundial, el summa cum laude, el campeón olímpico del narcisismo. Lo cual le ha otorgado una virtud que le vendría muy bien poseer hoy a Mélenchon y a muchos más políticos en el mundo entero: una flexibilidad infinita.
Trump no sufre las limitaciones de las doctrinas, o las estrategias, o los principios o los valores. Son conceptos ajenos a él. No sabe lo que son. El mundo y todo lo que contiene gira alrededor de su persona. No tiene el más mínimo problema en cambiar de opinión de un momento a otro. No es “el Estado soy yo”, como decía Luis XIV. Es “la verdad soy yo”. Lo correcto, lo apropiado, lo necesario siempre es lo que Trump quiera que sea.
Por eso un día dice que la OTAN está obsoleta, el siguiente que no está obsoleta; un día denuncia que los chinos manipulan las divisas, el siguiente anuncia que no las manipulan; declara que no hay que bombardear al régimen sirio y al rato ordena que se lancen los misiles. Ejemplos como estos hemos visto —y veremos— muchísimos más.
Lo típico es que a Trump se lo critique por su falta de consistencia. Quizá debería ser al revés. Quizá su apertura mental debería ser motivo de aplausos. Quizá deberían aprender de él aquellos de la izquierda como Mélenchon que son incapaces de desviarse de los artículos de su fe.
Gracias a su inigualable narcisismo es un líder de una flexibilidad sin parangón, dispuesto como nadie a cambiar de opinión
El único dios ante el que reza Trump es Trump. Pero su locura tiene su recompensa; cierta lógica ha habido en haber cambiado de posición sobre la OTAN, los chinos y Siria. Trump da un giro de 180 grados sin dudarlo un instante. No se complica la vida. Mélenchon se la complica enormemente al no ser capaz de cambiar de postura y pedir a sus devotos que voten Macron, por más que les duela en su amour propre, para impedir que Le Pen llegue a la presidencia.
Al mantenerse tan obstinadamente aferrado a su posición, Mélenchon no solo hace daño a su país sino que se hace daño a sí mismo. Limita sus posibilidades futuras de conquistar los votos del centro político necesarios para ganar elecciones y gobernar. Algo parecido ocurre con su camarada español Pablo Iglesias. Por su fidelidad a sus antiguos correligionarios chavistas, por su incapacidad de unirse al coro de voces que denuncian el atropello salvaje a la democracia y a la economía nacional de Venezuela, no solo no les hace ningún favor a los habitantes de aquel país, no se hace ningún favor ni a sí mismo ni a su partido, Podemos. Trump puede rectificar con la OTAN o con China; Iglesias con Venezuela, no.
Trump no sufre las limitaciones de las doctrinas, o las estrategias, o los principios o los valores

Suicidas políticos

El líder laborista británico, Jeremy Corbyn, es otro suicida político, otro preso de su propia ortodoxia. Una y otra vez él y sus aliados más cercanos han dejado claro que se oponen a los gastos en defensa militar, en la policía, en los servicios de inteligencia interna, MI5, organismo que alguna de su gente desea abolir. Pertenecen los corbynistas a aquel amplio sector de la izquierda que, aunque les cueste votos, expresa el deseo de extender la presencia del Estado a todos los rincones de la vida salvo en lo que concierne a la seguridad del individuo o de la nación.
Pero la lección de flexibilidad que ofrece Trump no es aplicable solo a la izquierda. La derecha también se encarcela en su propio discurso. Mariano Rajoy está atrapado en el relato que ha ayudado a implantar en buena parte de la sociedad española respecto al País Vasco y Cataluña. Theresa May, la primera ministra conservadora británica, se ha complicado las negociaciones que tiene por delante sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea con su insistencia de que “Brexit significa Brexit”, de que hay que salir del mercado único europeo, acabando con el libre movimiento de trabajadores. Tanto Rajoy como May no cambian sus opiniones cuando los hechos lo exigen. Subordinan el bien común a su terca vanidad.
Si tuvieran más vanidad, si no les importara un bledo que les acusaran de ser imprevisibles o hipócritas o frívolos o incoherentes, si tuvieran la apertura mental de Trump, Rajoy, May, Mélenchon, Iglesias, Corbyn y muchos líderes políticos más servirían mejor a sus países y a sus propios intereses partidistas. Seamos justos con Trump, como él mismo exige: gracias a su inigualable narcisismo es un líder de una flexibilidad sin parangón, dispuesto como nadie a cambiar de opinión.

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