Yo mismo con mi turismo

4 jun. 2017

A la espera del golpe


Gabriel Albiac

El PSOE ha sido dinamitado. Del PP no van quedando más que escombros. Los dos soportes de la Constitución del 78 se han desmoronado

Dos clásicos para leer ahora. Del siglo XVII, uno: las Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado de Gabriel Naudé. Del año 1931, el otro: la Técnica del golpe de Estado de Curzio Malaparte. Y una lección: el golpe se produce allá donde no se le espera. Y en el lugar en el que es anunciado, sucede sólo un señuelo. Movimiento de ajedrez, en suma, en el fin de un régimen: jaque. ¿Mate?
En la Italia que espera a Mussolini, Malaparte pasea a Israel Zangwill. «Durante el golpe de Estado fascista de octubre de 1922, una gran casualidad me hizo conocer a Israel Zangwill, el escritor inglés que no ha querido olvidar nunca, ni en sus obras ni en su vida y ni siquiera en aquellos días revolucionarios, sus ideas liberales y sus prejuicios democráticos», anota. Malaparte parece dejar de lado algo que el autor de los Soñadores del Ghetto tampoco olvidó nunca: su amistad con los Marx y su culto a la inteligencia.
Zangwill no entiende lo que su guía le va mostrando como condiciones «técnicas» de un golpe ya inexorable. «La revolución de Mussolini» -hace exclamar Malaparte al despectivo inglés- «no es una revolución. Es una comedia». Y Malaparte sabe que, por ser una comedia, está destinada a triunfar como golpe de Estado. Porque un golpe contra la instancia suprema de un poder que sólo existe en sus escenificaciones, en su capacidad de dar a la muchedumbre entretenimientos espectaculares, triunfa allá donde consigue alzar un espectáculo aún más clamoroso. O más ruidoso, si se quiere. El buen gusto, en estas cosas, carece de eficacia. Basta contemplar hoy, durante diez minutos, un televisor para entender esa violencia. Más de esos diez minutos trocaría al más sutil en un perfecto imbécil.
Zangwill -sigue acotando su local cicerone- «sentía mucha curiosidad por ver de cerca lo que yo llamaba la maquinaria insurreccional fascista, porque no llegaba a comprender cómo puede hacerse una revolución sin barricadas, sin combates en las calles y sin aceras llenas de cadáveres. “Todo se desarrolla en medio de un orden perfecto” -exclamaba-. “¡Es una comedia, no puede ser más que una comedia!”». Y su interlocutor sonríe. Es una comedia. Es decir, un golpe. Perfecto. El tan británico Zangwill tenía el golpe de Estado delante de sus narices. Y no podía verlo. Así, nosotros.
Otro clásico. 1639. El bibliotecario del Cardenal Mazarino escribe: «El golpe de Estado es el rayo que fulmina antes de que el trueno pueda oírse». Para que esa imprevisibilidad funcione es necesario hacer que las palabras se pudran: que nada signifique ya nada, que todo cuanto sea dicho tenga la sola función de hacer ver lo que aquel que rige el lenguaje imponga conforme a su propósito. Y hacer invisible el resto. Porque «corromper las palabras es depravar la naturaleza de las cosas». Y en esa depravación se juega el triunfo de los más firmes despotismos. Gabriel Naudé, panfletista y librero, libertino y siervo del Cardenal que es en París azote del libertinismo, sabe muy bien de lo que está hablando.
Hay un vértigo -no, miento, debería haber un vértigo- aterrador en el paisaje al cual nos asomamos en esta España que ha perdido todas las referencias. El PSOE ha sido dinamitado por quienes auparon a Sánchez. Del PP no van quedando más que escombros. Los dos soportes de la Constitución del 78 se han desmoronado. Al acecho, los Puigdemont, los Iglesias, alinean sus brigadas. Camisas negras en la noche florentina. Zangwill no lo entendía. Para Naudé y Malaparte, era transparente.

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