Yo mismo con mi turismo

5 jun. 2017

Aún estamos a tiempo

La Vanguardia

Las fuerzas que a fecha de hoy impulsan el referéndum unilateral obtuvieron el 47,8% de los votos en las últimas elecciones al Parlament de Catalunya, convocadas a modo de plebiscito. La noche del 27 de septiembre del 2015, conocidos los resultados electorales, los principales ­dirigentes soberanistas se resistieron a reconocer públicamente que el reto plebiscitario no había sido ­superado. La corriente independentista moviliza a mucha gente en Catalunya, posiblemente sea el vector político más dinámico, pero no abraza a más de la mitad de los catalanes. Hace dos años, los dirigentes de la coalición Junts pel Sí (CDC y ERC) no quisieron admitir que se habían quedado por debajo de sus expectativas, pese a la eficaz campaña de propaganda que presenta la secesión como un acontecimiento indoloro, festivo y milagroso. Podían haber optado por un tiempo de espera, en busca de mayores apoyos, pero optaron por la consigna “tenim pressa”. Tenían prisa, pero no tenían mayoría. De ese error se deriva la actual situación, que puede conducir a Catalunya a un callejón sin salida.
La coalición Junts pel Sí (39,6% de los votos) quedó prisionera de las urgencias rupturistas de la CUP (8,2%). Podría haberse formado otra mayoría en el Parlament, pero se optó deliberadamente por la estrategia unilateral, previo sacrificio de Artur Mas, que en el último momento tuvo miedo de forzar la repetición de las elecciones. Posiblemente en estos momentos lo esté lamentando. Se tuvo que improvisar un presidente, y la persona elegida fue Carles Puigdemont, alcalde de Girona. La CUP ya ha anunciado que retirará su apoyo al Govern de la Generalitat si en septiembre no se ha convocado el referéndum unilateral. Y al PDECat (antigua CDC) le preocupan unos comicios adelantados, puesto que sus expectativas son malas. Estas son las claves reales de la situación. Conviene tenerlas muy presentes para evaluar los acontecimientos políticos que se aproximan.
El Gobierno español no ha hecho nada para contribuir al desbloqueo de una envenenada situación en la que el Partido Popular tiene importantes responsabilidades (la incen­diaria campaña contra el Estatut, las oscuras maniobras para modificar la orientación del Tribunal Constitu­cional...). Nuestro diario ha criticado en repetidas ocasiones el quietismo de Mariano Rajoy. Las ofertas de diálogo, más formales que reales, han llegado tarde. Es incomprensible que las reclamaciones vascas y canarias sean atendidas con generosidad a cambio de apoyo parlamentario, mientras las de Catalunya quedan en promesas incumplidas. El PP tiene una importante cuota de responsabilidad en la inflamación política de la sociedad catalana e incluso se le podría acusar de querer mantener viva –y controlada– esa inflamación, en la medida que le permite presentarse como el principal garante de la unidad de España. La cuestión catalana siempre ha sido un buen coagulante del electorado conservador español. Todo eso es cierto, pero es rotundamente falso que hoy no haya margen para los catalanes en la política española. Las minorías parlamentarias catalanas, por separado, o con un acuerdo transversal entre ellas, podrían tener un peso decisivo en el Congreso. Diputados catalanes podrían ofrecer un pacto de estabilidad a Rajoy, rompiendo el actual ventajismo del PNV. Diputados catalanes podrían hacer triunfar una moción de censura a Rajoy, si el PSOE, liderado de nuevo por Pedro Sánchez, adopta esa iniciativa en los próximos meses. La política española no es un bosque petrificado. En estos momentos hay cerca de 180 diputados en el Congreso –mayoría absoluta– que apoyan una “España plurinacional”. No todos quieren decir lo mismo con esa expresión, pero algo está cambiando. Mañana mismo podría constituirse una comisión parlamentaria sobre Catalunya, a la que el presidente de la Generalitat podría acudir a explicarse. Suspensión de la vía unilateral y deliberación de un año en el Congreso en busca de soluciones. Hay mayoría parlamentaria más que suficiente para impulsar esa comisión que, por cierto, el PDECat incluyó en su último programa electoral. Esa alternativa es hoy perfectamente posible. Pero se ha optado por la consigna suicida del “tenim pressa”.
Así las cosas, el Govern de la Generalitat se dispone a convocar un referéndum unilateral que choca frontalmente con la Constitución de 1978. Esa iniciativa no hallará ningún apoyo relevante en Europa, diga lo que diga la voluntariosa propaganda de la Generalitat. La Comisión de Venecia, organismo dependiente del Consejo de Europa, acaba de advertir que sólo es posible un referéndum pactado. Queremos recordar que Alemania y Francia están a punto de iniciar las tareas de reconducción de la Unión Europea después del Brexit, tareas en las que el Gobierno de España tendrá un papel. La Unión Europea reactivará sus motores en octubre, con deseos de estabilidad. Los últimos pronunciamientos de Angela Merkel han sido muy elocuentes al respecto. Este es el momento escogido por los actuales gobernantes catalanes para lanzarse a la aventura. Más grave aún es el propósito de aprobar una denominada ley de desconexión con la oposición atada de manos. La citada ley, cuyo contenido exacto se desconoce, pretende establecer la planta jurídica de la independencia. Un texto normativo que podría cambiar la vida de siete millones de catalanes se pretende aprobar por sorpresa, sin que los partidos de la oposición lo puedan conocer y enmendar con la debida antelación. Leída desde Bruselas, Berlín o París, una iniciativa con ese sesgo puede colocar al independentismo catalán en la casilla de los populismos. Choque frontal con la Constitución, cuando hay margen para la discusión en el Parlamento español. Iniciativa unilateral, sin el apoyo de la mayoría de la sociedad. Secretismo y amordazamiento de la oposición. El despropósito es evidente.
Los gobernantes de Catalunya se hallan ante una hora histórica, no hay duda de ello. Se hallan a quince minutos de empujar el país al que tanto dicen amar a un callejón sin salida. Pueden acabar enviando el autogobierno de Catalunya contra las rocas, reforzando las posiciones más inmovilistas. No sería la primera vez que ello ocurre. Aún hay tiempo para la rectificación. Hay margen y oportunidad para llevar la cuestión de Catalunya al Congreso y desde allí buscar soluciones. Esa es la vía que sería aplaudida en la Unión Europea. Pero esa vía exige inteligencia y generosidad. La necesaria generosidad de un Gobierno español que no se atreve a reconocer la amplitud de la disidencia catalana. La necesaria inteligencia de unos gobernantes catalanes obligados a reconocer que no hay mayoría social para el aventurismo. Aún estamos a tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡No te cortes! Dí lo que estás pensando