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27 jun. 2017

De España al Estado español


SERGI DORIA

Sobre ese concepto, concluía Giménez-Frontín, pivotará «toda la reescritura de nuestra vida pública oficial, hacia sentimientos nacionalistas o hacia alguna suerte más racionalista de federalismo»
Pactos de la Moncloa: Verde Aldea, Trias Fargas y Pujol (sentados, desde la derecha)
Pactos de la Moncloa: Verde Aldea, Trias Fargas y Pujol
 
Después de ganar las elecciones del 77, la progresía seguía negando a Suárez legitimidad democrática y Carrillo llamaba al rey Juan Carlos El Breve. La extrema izquierda y la ultraderecha de Piñar y Girón coincidían en su desprecio hacia el líder de la UCD. Para los unos, cachorro del franquismo; para los otros, traidor al 18 de julio. Mientras Suárez desmontaba el sistema –héroe del repliegue, en palabras de Enzensberger– y Tarradellas preparaba su retorno, lo que molaba era ningunear al presidente del gobierno y al Honorable. Un discurso similar al actual de Podemos y la CUP cuando aluden despectivamente al «Régimen del 78».
Como este cronista –a la sazón 17 años– no pudo votar se puso a recolectar pasquines y folletos de propaganda electoral. Los niños germánicos de los carteles del PSOE, diseñados por los socialdemócratas de Willy Brandt. Y los otros niños –también rubios y pagados por la fundación Adenauer– del Equipo de la Democracia Cristiana de Ruiz Giménez que no cosechó un solo diputado. Pintorescas formaciones como el Partido Proverista o la Reforma Social Española de Cantarero del Castillo, restos de la Ley de Asociaciones Políticas de Arias Navarro. O, con diez años de retraso, la sopa de siglas del 68: LCR, ORT, PORE, PTE, MC... El PSOE de Felipe (renovado) había matado al padre: el PSOE (histórico). Los carlistas de Carlos Hugo –¡autogestionarios a la yugoslava!– se pegaban con los carlistas de Sixto –fascistas sin más–. En las listas de promesas de los partidos de izquierdas –a ver quién la tenía más larga– el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Y así fue cómo España pasó a ser el Estado Español.
Josep Pla se lo había advertido a Tarradellas: la Lliga y la Esquerra ya no servían para nada. En cuanto a Jordi Pujol, era más conocido por hundir Destino y echar al escritor ampurdanés del semanario que como epígono del Dalai Lama. Pla lo recuerda así en «Notes del capvesprol» (1979): «Josep Vergés, en ús del seu perfecte dret, vengué Destino a un milhomes, de gran ambició política, anomenat Jordi Pujol, de la Banca Catalana. Aquest senyor, riquíssim, que primer propugnà en aquest país la implantació del socialisme suec –en aquest país els suecs són escasos– i després ha demostrat tenir una ambició desmesurada i pública, pròpia del típic polític ignorant…»
Cuando Pla escribía estas líneas, Pujol debía competir con la UCD, los democristianos de Anton Cañellas, el liberal-trilateral Trias Fargas y el socialismo catalanista de Josep Pallach. Nadie lo imaginaba con una mayoría absoluta, pero el germen nacionalista venía de antes; la alianza nacional-católica de las publicaciones montserratinas, la izquierda cristiana del PSUC y CC.OO; y, como no, la burguesía que, tras enriquecerse con el franquismo, y ante la descomposición del Régimen –Rosa Regàs lo refleja muy bien en «Luna lunera»– se reencarnaba en catalanista financiando Òmnium Cultural, Enciclopèdia Catalana, la Nova Cançó, o la campaña «volem bisbes catalans».
El escritor y poeta José Luis Giménez-Frontín explica muy bien la resurrección nacionalista en «Los días contados». Cuando Tarradellas se dirige a los «ciudadanos de Cataluña», el memorialista subraya esa expresión «que va a distanciarlo en el acto de esencialismo identitario de los futuros gobernantes de Cataluña». Al entonar Els Segadors, un grupo alza el brazo derecho con la mano extendida: «El pulgar remetido en la palma y los cuatro dedos abiertos y ligeramente curvados, conformando una especie de garra que sube y baja y golpea el aire sobre sus cabezas para marcar con violencia el compás».
Comenzaba así la colonización del lenguaje. En la campaña de apoyo a Els Joglars, juzgados en consejo de guerra, Giménez-Frontín recaba la firma de personalidades de la cultura para un manifiesto por la libertad de expresión. Josep Maria Castellet, el editor de los «novísimos», le espeta que firmará si cambia España por Estado Español (expresión, por cierto, acuñada por Franco).
Lo que en 1978 parecía un detalle sin importancia conformará el vaso comunicante entre el pujolismo y una izquierda timorata que le sigue la corriente. Estado Español: artefacto ajeno, gélido burocratismo, antipática memoria del franquismo. Sobre ese concepto –concluía Giménez-Frontín– pivotará «toda la reescritura de nuestra vida pública oficial, en su poderosa gravitación centrípeta hacia sentimientos nacionalistas o hacia alguna suerte más racionalista de federalismo». A partir de entonces, el nacionalismo –ahora radicalizado en secesionismo–, se infiltra en la escuela –Tarradellas era reticente a la inmersión monolingüe–, en los medios de comunicación, el deporte, la sociedad civil, el aparato simbólico y monopoliza –con neolengua orwelliana– un redivivo centralismo democrático. Verbigracia: «Los que dicen que el referendum es ilegal no son demócratas».
Parafraseando a Gil de Biedma, «media Cataluña ocupó Cataluña entera»: esa media Cataluña exige hoy al «Estado Español» el derecho de autodeterminación.

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