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25 jun. 2017

Del ridículo a la vileza


Ignacio Camacho

Ni el más tarado de los políticos puede ignorar que ETA mató a 850 españoles para tratar de conseguir la independencia

Para comparar la terquedad sediciosa del independentismo con la nobleza de la resistencia civil contra ETA se necesita una dosis muy fuerte de cinismo, un equipamiento mental muy débil o una insensibilidad moral rayana con la felonía y la indecencia. O acaso, simplemente, muy poca vergüenza. Hasta ahora Carles Puigdemont parecía deber su alto cargo a sus cortas luces; un caso clásico de «síndrome del emperador Claudio», del tipo mediocre elevado al poder en una conjura para que se comporte como una marioneta. Su discurso ante las víctimas del atentado de Hipercor lo presenta, sin embargo, como autor espontáneo de una de las más miserables proclamas que se han oído a un responsable público en la muy degradada política moderna. Esa analogía victimista es algo mucho peor que desafortunada, ventajista o inoportuna: representa una desaprensiva villanía, un despreciable gesto de vileza.
Los nacionalistas catalanes venían subiendo peldaños de ridículo en cada parangón que utilizaban para su propaganda de referencia. Han asimilado su causa con la de Gandhi, con la de Martin Luther King, con la de William Wallace, e incluso Artur Mas llegó a identificarse con un Moisés liberador que amparaba al pueblo cautivo bajo su autoridad benéfica. Su delirio mitológico no se detiene por pudor ante ninguna leyenda. Después del socorro internacional reclamado por Guardiola para escapar de la garra del «Estado autoritario», sólo les falta compararse con los judíos alemanes o con cualquier pueblo sometido a limpieza étnica. Pero todo eso no pasa de ser un montón de chaladuras disparatadas y extravagancias caricaturescas. Lo de equiparar su desafío ilegal a la democracia con la fortaleza de una sociedad enfrentada al terrorismo constituye, en cambio, una ofensa indigna contra el sufrimiento de las víctimas y contra el honor de la nación entera.
Porque por torpe que sea Puigdemont, por concisas que sean sus entendederas, es lo bastante adulto para apreciar la diferencia entre la hipérbole y la falta de respeto, entre la mentira y la afrenta. Porque dispone de medios para conocer que los muertos por atentado en Cataluña han sido más de ochenta. Porque tiene memoria para recordar que su colega Carod Rovira fue hace unos años a pactar una inicua tregua exclusivamente territorial con Josu Ternera. Porque su propio Gobierno ha recibido con distinción a Arnaldo Otegui, cómplice y defensor de los asesinos, como a un compadre asociado en la misma empresa. Porque sabe que el mismo Estado al que él desafía es el que resistió sin más medios que los legales el embate criminal de la ETA. Y sobre todo porque ni el más majadero de los políticos españoles, ni el más tarado por el sectarismo o la simpleza, puede ignorar que el terrorismo vasco mató a más de 850 ciudadanos inocentes precisamente para tratar de alcanzar la meta a la que él aspira: la maldita independencia.

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