Yo mismo con mi turismo

30 jun. 2017

Dos jóvenes descorbatados

Algún día, dentro de unos años, un historiador contará que, aquel 28 de junio de 2017, aquí y ahora pasaban muchas y significativas cosas: por ejemplo, que ochenta y un ex parlamentarios, supervivientes de los trescientos cincuenta que ocuparon los primeros escaños democráticos, acudieron al Congreso a escuchar al Rey Felipe conmemorando, en su discurso, las cuatro décadas de democracia que han transcurrido desde junio de 1977. Y, aunque nadie lo dijo así, también se estaba consagrando el fin, al fin, de la primera transición.
Bueno, hizo algo más el Monarca que festejar un pasado afortunado -más o menos afortunado, según quién haga las valoraciones--: el jefe del Estado estaba, a su callada manera, abriendo la antesala del futuro. Y, para demostrarlo, ni siquiera se invitó al Rey emérito al acto nostálgico que rememoraba tiempos que él, Juan Carlos I, había protagonizado. "En España, Rey solo hay uno, Felipe VI", titulaba algún digital, de esos que, cuarenta años atrás, no hubiesen sido ni siquiera imaginables.
Pero ese día, al tiempo, pasaban, dirá el historiador (que analizará los acontecimientos actuales una vez aclarado el panorama), otras muchas cosas.
Porque, al mismo tiempo, junto al Madrid de los fastos oficiales en la Carrera de San Jerónimo, estallaba, multicolor, en la plaza de Chueca, la ciudad convertida en la capital mundial del orgullo gay. Quién lo hubiera dicho cuarenta años antes. Y, en esos momentos, el ministro de Hacienda, nada menos que el más veterano en las poltronas oficiales tras el mismísimo presidente Rajoy, era reprobado por todos los grupos de oposición: seguramente el peculiar y corajudo ministro sabía ya que, acosado como nunca por algún medio de comunicación, le quedaba muy poco para convertirse en un ex. Otro dato de puertas abiertas a lo desconocido.
Y, paralelamente, alternando con la conmemoración oficial, la muchachada de Podemos organizaba, también en recinto parlamentario, un homenaje a las víctimas del franquismo, como si víctimas de aquella dictadura -por fin, el Rey calificó así al régimen despótico de Franco_no hubiésemos sido todos. Y me da la impresión de que el propósito del despropósito era consolidar la división de dos Españas, la inmensamente mayoritaria que se levanta cuando suena el himno nacional y la otra, la minoritaria, que permanece sentada, clavel en las manos para tenerlas ocupadas y, así, no aplaudir. Perfectamente legítimo, pero incompatible con la España que tendrá que llevar a cabo las reformas, al ritmo prudente que convenga. Y lo que conviene, pienso, no es la extrema prudencia que derrochan, cachazudamente, algunas instituciones y, desde luego, el inquilino de La Moncloa.
Por eso, sospecho que nuestro historiador, cuando tenga que reflejar lo que ocurrió, todo lo que ocurrió, ese crucial 28 de junio, pondrá el foco en el encuentro que mantuvieron, también en el Parlamento, dos jóvenes, chaquetas oscuras, camisas blancas descorbatadas, en plan Tsipras -luego, en el acto oficial, ya se pondrían corbatas, en plan Macron--. Albert Rivera y Pedro Sánchez. No soy un fanático del segundo, y mantengo una cauta reserva sobre lo que vaya a hacer el primero, que me resulta más esperanzador. Pero de ahí tiene que surgir el pacto reformista, regeneracionista, que el país va pidiendo a gritos. Es urgente que se entiendan en una ofensiva parlamentaria, olvidando el socialista sus ambiciones personales, que tanto y tan peligrosamente le hacen coquetear con la 'otra' España* y que le obligan a hostigar a quien, por las urnas, ostenta ahora el poder. Le guste o no a Sánchez, él está entre los que se ponen en pie y firmes para escuchar el himno nacional y, por tanto, jamás podrá estar con quienes siguen sentados.
Ignoro si alguno de los dos, Sánchez o Rivera, será el sustituto de Mariano Rajoy, figura ya señera y que empieza a ser amortizable, en un futuro más o menos cercano. Me inquieta relativamente poco eso; hay muchos presidenciables sensatos en la España de este lado y dudo mucho que alguna vez lo sea el insensato del lado de allá que se atreve a soñar con llegar a la cúspide monclovita. Lo que me preocupa es en qué grado pueden ambos, Sánchez y Rivera, hacer progresar, modernizar, unificar y hacer algo más democrático y justo este país, que es un gran país. Pero que, ya digo, es mejorable y cuánto espero que el ya tan mentado historiador pueda, algún día, constatarlo.
tras el mismísimo presidente Rajoy, era reprobado por todos los grupos de oposición: seguramente el peculiar y corajudo ministro sabía ya que, acosado como nunca por algún medio de comunicación, le quedaba muy poco para convertirse en un ex. Otro dato de puertas abiertas a lo desconocido.
Y, paralelamente, alternando con la conmemoración oficial, la muchachada de Podemos organizaba, también en recinto parlamentario, un homenaje a las víctimas del franquismo, como si víctimas de aquella dictadura -por fin, el Rey calificó así al régimen despótico de Franco_no hubiésemos sido todos. Y me da la impresión de que el propósito del despropósito era consolidar la división de dos Españas, la inmensamente mayoritaria que se levanta cuando suena el himno nacional y la otra, la minoritaria, que permanece sentada, clavel en las manos para tenerlas ocupadas y, así, no aplaudir. Perfectamente legítimo, pero incompatible con la España que tendrá que llevar a cabo las reformas, al ritmo prudente que convenga. Y lo que conviene, pienso, no es la extrema prudencia que derrochan, cachazudamente, algunas instituciones y, desde luego, el inquilino de La Moncloa.
Por eso, sospecho que nuestro historiador, cuando tenga que reflejar lo que ocurrió, todo lo que ocurrió, ese crucial 28 de junio, pondrá el foco en el encuentro que mantuvieron, también en el Parlamento, dos jóvenes, chaquetas oscuras, camisas blancas descorbatadas, en plan Tsipras -luego, en el acto oficial, ya se pondrían corbatas, en plan Macron--. Albert Rivera y Pedro Sánchez. No soy un fanático del segundo, y mantengo una cauta reserva sobre lo que vaya a hacer el primero, que me resulta más esperanzador. Pero de ahí tiene que surgir el pacto reformista, regeneracionista, que el país va pidiendo a gritos. Es urgente que se entiendan en una ofensiva parlamentaria, olvidando el socialista sus ambiciones personales, que tanto y tan peligrosamente le hacen coquetear con la 'otra' España* y que le obligan a hostigar a quien, por las urnas, ostenta ahora el poder. Le guste o no a Sánchez, él está entre los que se ponen en pie y firmes para escuchar el himno nacional y, por tanto, jamás podrá estar con quienes siguen sentados.
Ignoro si alguno de los dos, Sánchez o Rivera, será el sustituto de Mariano Rajoy, figura ya señera y que empieza a ser amortizable, en un futuro más o menos cercano. Me inquieta relativamente poco eso; hay muchos presidenciables sensatos en la España de este lado y dudo mucho que alguna vez lo sea el insensato del lado de allá que se atreve a soñar con llegar a la cúspide monclovita. Lo que me preocupa es en qué grado pueden ambos, Sánchez y Rivera, hacer progresar, modernizar, unificar y hacer algo más democrático y justo este país, que es un gran país. Pero que, ya digo, es mejorable y cuánto espero que el ya tan mentado historiador pueda, algún día, constatarlo.

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