Yo mismo con mi turismo

5 jun. 2017

En el puente de Moro y Cromwell

RAÚL DEL POZO

Ardieron muchas veces los teatros y los puentes de madera en Londres. La tragedia sacudió a los "Estados demasiado alzados" (Shakespeare) y la ciudad fue objetivo de invasiones, saqueos y matanzas de los vikingos, los daneses y, por último, de los alemanes. Llegó el siglo XXI y ya no son útiles los junkers; sí son imprescindibles los soldados, porque las batallas siguen ganándose con las botas.
En la retaguardia, donde se asobina lealtad al enemigo por afinidad religiosa o étnica, es suficiente una furgoneta a la hora de máxima audiencia para dar el mensaje de que Europa está amenazada de muerte. Por ahora, sólo son grupúsculos de retornados, lobos solitarios, combatientes que han ideado otro eje del mal frente al que idearon las guerras preventivas de las democracias.
En el Puente de Londres, sobre el Támesis, el mismo mundo que estaba viendo el partido Juventus-Madrid pudo presenciar apuñalamientos con cuchillos de caza, disparos, gritos, sirenas. Agredieron con cinturones explosivos falsos para lograr la estampida humana y dejaron muertos, heridos y el discurso de la acción directa. Atacaron en el puente en el que estuvieron colgadas las cabezas hervidas de Tomás Moro y de Thomas Cromwell en otra guerra de religión.
El nuevo acto de propaganda sangrienta llega a Europa sólo semanas después de la tragedia del Manchester Arena y días antes de las elecciones. Parece diseñado por cabezas que saben estrategia, aunque no podrán convencernos de que estamos en una guerra, sino ante un miserable acto organizado por un enemigo en retirada. Atacan lejos del frente porque allí están siendo derrotados y temen ser exterminados.
"Huir, esconderse, informar", es el mandato de la policía. El otro gran peligro que corremos es que los políticos militaricen las ciudades. "Claro que la amenaza yihadista es el primer riesgo para la seguridad de Europa, con lobos solitarios en las esquinas, pero otro de los peligros es que los estados democráticos se conviertan en estados totalitarios", me dice un experto. Ya han atacado Westminster, el Puente de Londres, los Campos Elíseos. Estos actos bárbaros estremecen a un mundo que no puede ser derribado con acciones suicidas individuales. Como en la teoría del gas perfecto, un enemigo acorralado en las trincheras tiende a expandirse hacia cualquier lugar vacío, moviéndose desesperadamente en todas direcciones.
Ahora se debe evitar, como escribió Richard English, que las amenazas a la democracia no sean sólo sangre derramada. "El otro peligro real es provocar respuestas institucionales imprudentes, ciegas, extravagantes y contraproducentes". Hay que desarmarlos y juzgarlos, pero evitando el histerismo, el aplauso de plató, la retórica bélica. A las ciudades de Europa no las van a salvar pelotones de soldados, sino la inteligencia de la democracia y, sobre todo, no convertir lo que por ahora es una quinta columna en un banderín de enganche de los europeos hijos de musulmanes.

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