Yo mismo con mi turismo

29 jun. 2017

“La economía colaborativa es mucho más que Uber”





Arun Sundararajan, profesor de Información, Operaciones y Management en la NYU, ha escrito el libro de referencia sobre la economía colaborativa, 'The Sharing Economy'. Forma parte del Consejo sobre el Futuro Global del World Economic Forum, y ha sido asesor tecnológico de la ciudad de Nueva York y asesoró al entonces presidente de EEUU, Barack Obama.

Me llamo Arun Sundararajan. Soy profesor en la Universidad de Nueva York. Estudio cómo las tecnologías digitales cambian las cosas. En los últimos 15 años, ha habido varias cosas que la tecnología digital ha cambiado, así que mi objeto de estudio ha ido cambiando. Desde la música y la edición a las redes sociales, y, ahora, a lo que la gente llama "economía colaborativa" desde hace cinco años.
Lo que me atrajo desde un principio de la economía colaborativa fue mi interés en la confianza. Yo creo que si entiendes la confianza y su evolución, puedes entender la evolución de los negocios. He estudiado distintas formas de transformación digital durante la última década o más, y me pareció que lo que estaba ocurriendo con la economía colaborativa parecía ser la mayor y más profunda transformación de la manera en que organizamos la actividad económica que yo me había encontrado. Porque alcanzaba a sectores fundamentales de la economía: La vivienda, el transporte, la sanidad, la energía...

Mi interés en la economía colaborativa se basaba en el hecho de que empecé a reconocer un patrón en todas estas plataformas, y que estaban inventando una nueva forma de organizar la actividad económica que yo creo que será la que predomine en el siglo XXI, de la misma manera que el capitalismo industrial predominó en el siglo XX. Lo primero de lo que hay que darse cuenta es de que las grandes ciudades son economías colaborativas por naturaleza. La gente que vive en grandes ciudades no tiene una casa con su jardín, tienen un apartamento, lo comparten, y van al parque. No tienen una cinta de correr en casa, van al gimnasio.

Así que lo que una ciudad debe hacer para que sus ciudadanos se beneficien de la economía colaborativa es, en primer lugar, reconocer que muchas actividades colaborativas se alinean con lo que quiere la gente de la ciudad. Y, en segundo lugar, tienen que decir:
"No podemos dejar que las plataformas hagan lo que les dé la gana, ni que toda la economía colaborativa funcione sin ningún tipo de supervisión. Tenemos que rehacer nuestras normas. Tenemos que redefinir lo que hacemos".

El modelo de la economía colaborativa o del capitalismo de la gente, nos aleja de los trabajos a jornada completa y nos lleva hacia un conjunto descentralizado de emprendedores. La cantidad de gente que se gana la vida con su pequeño negocio ha empezado a incrementarse. Llevamos viendo una tendencia creciente en el trabajo por cuenta propia desde hace unos diez años. Pero no creo que mucha gente entienda lo grande que es el sector de la sociedad que se gana la vida, total o parcialmente, mediante trabajos bajo demanda o por cuenta propia. Por lo tanto, si yo trabajara en un Ayuntamiento, estaría pensando muy detenidamente en la manera de remodelar el contrato social que hay: Las subvenciones, las ayudas, la estabilidad. Me prepararía para un mundo en el que cada vez habrá más gente ganándose la vida a través de una plataforma.
Porque yo creo que la economía colaborativa exigirá una mayor regulación, no menos. Lo que pasa es que la manera en que se regule será diferente, y el que la lleve a cabo también será diferente.

Un principio fundamental que subyace en cualquier negocio de economía colaborativa es el de colaboración. Airbnb es una colaboración entre la plataforma y los proveedores, a la que se ha implementado un acuerdo comercial. Así que la idea de ampliar la infraestructura de la ciudad fuera del ámbito municipal y que llegue a la gente es fundamental para la economía colaborativa.
Si te fijas en el modelo de Airbnb, estamos cambiando el reparto de quién tiene qué y de quién hace qué. Tienes que darte cuenta de que Airbnb no es la entidad que ha de regularse. Lo que debe regularse es el suministro de alojamiento a corto plazo de estos millones de anfitriones. Pero cada uno lleva un pequeño negocio, a menudo a tiempo parcial, así que las normativas creadas por el Gobierno para las grandes cadenas hoteleras quizás no puedan aplicarse fácilmente.

Londres tiene visión de futuro al reconocer que sus ciudadanos quieren alquilar su casa en Airbnb. Los visitantes quieren quedarse en casas de Airbnb. Pero necesitan crear alguna clase de estructura regulatoria que equilibre todos los intereses en juego. Se dieron prisa en establecer normas que legitimaran a Airbnb, pero también han tenido visión de futuro al delegar mucha de la responsabilidad de hacer cumplir estas normas a la plataforma misma.

La realidad de la economía colaborativa es que sus necesidades tecnológicas no difieren mucho de la tecnología que vemos todos los días y que está al alcance de los ciudadanos. He visto varias iniciativas en las que los ciudadanos empiezan a responsabilizarse del mantenimiento al convertirse en inspectores, ya sea de forma activa o pasiva. Hay ciudades en las que, mediante plataformas como SeeClickFix, si ves algo que necesita que lo arreglen, puedes coger tu móvil, hacer una foto y etiquetarla. Es como tener inspectores por toda la ciudad continuamente. Lo interesante es que la gente que usa esa clase de tecnología también se vuelve más comprometida solo por el hecho de haber recibido esta pequeña responsabilidad.

Ciudad de México tiene un laboratorio muy activo que incuba ideas de tecnología cívica para administrar mejor la ciudad. Ese es el caldo de cultivo donde podrían surgir ideas de economía colaborativa. Otra cosa que pueden hacer las ciudades es financiar a los laboratorios o las incubadoras de tecnología cívica e ideas de economía colaborativa.

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