Yo mismo con mi turismo

7 jun. 2017

Olas y espumas

Antoni Puigverd

Aunque la espuma de los días políticos catalanes parece causada por lo que Trostki denominaba “la aceleración frenética de la historia”, suceden otras cosas en el borrascoso escenario de nuestra vida pública. Cosas que, no siendo llamativas, es imprescindible subrayar. Germà Gordó, por ejemplo, empieza a tener la oportunidad judicial y política de entonar su do de pecho. Junts pel Sí, en general, y, muy particularmente, Marta Pascal, la intrépida dirigente del PDeCat, están haciendo grandes y encomiables esfuerzos para pasar la página de este personaje que algunos amigos de la Segarra, el Urgell y les Garrigues, incansables luchadores por la dignidad y la calidad de la vida social y económica de aquellos territorios, denominan, no sin gracia, el príncipe de las tinieblas.
Ahora bien, aunque perfectamente comprensible y bienintencionado, va a ser inútil el esfuerzo de pasar esta página. Es muy probable que la imputación del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya sólo sea un aperitivo para Gordó. El TSJC ha encontrado pruebas inclementes contra él, en la instrucción del caso Torredembarra (que, recordemos, nació de la denuncia de una honesta y, seguramente por ello, incomprendida concejal de ERC, cansada de triquiñuelas locales). Pero es muy probable que otros dossieres inquietantes que hasta ahora Gordó había conseguido mantener eclipsados judicial y mediáticamente accedan al dominio público (por ejemplo: los que se refieren al canal Segarra-Garrigues, la principal obra pública catalana después de la línea 9 del metro). Y es que los inves­tigados por corrupción inevitablemente concitan una gran avidez mediática…
Ciertamente, no parece que el perfil del exgerente de CDC y exconseller de Justícia sea parecido al de Bárcenas: Gordó no es un pícaro pinturero con ínfulas de millonario, sino, más bien, un aplicado perito mercantil del anterior partido de Artur Mas. Como todos los que han estado en la sala de máquinas y han tenido que ensuciarse las manos para engrasar los ejes del partido, Gordó es una mina de información. Generalmente, por lo que vemos en los casos Gürtel y Púnica, los grandes acusados callan y se tragan el sapo. Pero no se puede descartar que Gordó, viendo como se lo quitan de encima los que hasta hace dos días le colocaron en las listas de Junts pel Sí, decida comerciar judicialmente con la información que posee. Acaba de suceder con los ínclitos Millet y Montull. Cuando el pícaro pasa dificultades es poco fiable. Sea como sea, el caso Gordó es, a partir de ahora, también el caso Artur Mas. Dicho de otro modo: inevitablemente, Gordó ha colocado una espada de Damocles sobre la cabeza de Mas.
Son indirectas y, de momento, menores las consecuencias políticas que tiene el caso Gordó para la aceleración frenética de la historia catalana. Pero a medida que la espuma del frenesí se acumula en la playa, es difícil separar la energía de las olas de la contaminación que arrastran. Quizás por ello, ahora que finalmente el futuro ha llegado, el deseo de conquistarlo se tiñe de ambigüedad.

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