Yo mismo con mi turismo

23 jun. 2017

Pedro Sánchez se deja crecer la coleta



Inmersos como estamos en el carrusel de la desvergüenza y la ausencia de principios, todo nos parece ya pasado remoto y hasta casi prehistoria. Pero para comprender la grotesca dimensión de nuestro presente político, conviene poner un poco de pausa al análisis y al calendario. Aunque a algunos les parezca que de esto ha pasado un siglo, hace solo un año que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, provocó nuestra vergüenza ajena, y la de muchos de los suyos, reivindicándose a sí mismo y a su partido como genuinos representantes de la socialdemocracia.
 Como el sentido del ridículo nunca estuvo entre sus muchas virtudes, Iglesias se atrevió incluso a decir entonces que «Marx y Engels eran socialdemócratas». Sentado a su lado, y callado ante semejante majadería, estaba Alberto Garzón, que ya entonces había vendido las siglas de IU a cambio de un escaño. Detrás de ese cínico discurso estaba un calculado análisis del resultado de las generales del 2015. La conclusión a la que había llegado Podemos era que la única forma de recortar los 21 escaños de ventaja que le había sacado el PSOE era disputarle a este partido el voto de la izquierda moderada, aunque para ello fuera necesario travestirse.
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Hasta Iglesias entendía entonces que es imposible gobernar España desde la extrema izquierda. Cualquier asesor o politólogo le habría explicado al entonces líder del PSOE, Pedro Sánchez, que la clave de su supervivencia y la de su partido pasaba por desenmascarar a Iglesias y a los suyos reforzando las señas de identidad socialdemócratas del PSOE y defender ese espacio a sangre y fuego.
Pero si Iglesias carece de sentido del ridículo, lo que le falta a Sánchez es inteligencia política. Y por eso un año después, y a pesar de que la distancia con Podemos es ya de solo 14 escaños, nos encontramos con que el secretario general de los socialistas hace exactamente lo contrario. Ahora es el PSOE, un partido con 138 años de historia y uno de los pilares de la democracia española, el que copia al recién nacido Podemos y pretende hacerse pasar ante los españoles por una fuerza de izquierda radical, asamblearia y antisistema, aunque para ello sea necesario renunciar a sus principios y mandar a la hoguera a sus referentes históricos.
Como un navegante que pretendiera salvarse del naufragio arrojando por la borda velas y remos, Sánchez quema cualquier atisbo de moderación o de sentido de Estado del PSOE, convencido de que así podrá persuadir a los votantes de Podemos de que le voten, porque él es tan radical o más que Iglesias. Definir a España como «nación de naciones», ordenar al PSOE que rompa cualquier negociación en marcha con el PP, sea la que sea, u obedecer la orden de Iglesias de no apoyar el tratado de libre comercio con Canadá, son solo primeros pasos para podemizar el PSOE. Hay quien asegura que en la nuca de Sánchez se intuye ya una incipiente coleta. Pero hasta él debería entender que si a un ciudadano se le pide que elija entre el original y la copia, elegirá el original. Para cuando lo comprenda, será tarde y el PSOE será historia.

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