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6 jun. 2017

Roca, ¿el abogado fino?

Xavier Salvador

Miquel Roca i Junyent, mantiene a sus 77 años una capacidad de trabajo envidiable. Puede ser el consejero o secretario de los principales órganos de gobierno de las empresas más notables y, a la vez, escribir columnas de opinión en un diario barcelonés. Recuerdo cómo en una ocasión nos explicaba a un reducido grupo de interlocutores que los abogados de su bufete están obligados a conocer la actualidad para poder trabajar sobre ella y expresarse con conocimiento de causa.
Con independencia de que el abogado Roca obligue a sus socios del bufete a la lectura comentada de la prensa, todavía le queda tiempo para defender a la infanta o dirigir la defensa de otros casos polémicos y que requieren de una enorme dedicación. Para su fortuna, tanto trabajo devenga enormes minutas que, pese a la crisis que vive su despacho​ (el año pasado perdió una parte importante de sus áreas de especialización a favor de la competencia), reportan unos buenos y menguantes ingresos.
Es más oneroso trabajar en la asesoría legal desde el sector privado que hacerlo como político o jurista de la administración pública. Otra cosa diferente es que ser padre de la Constitución sea una tarjeta de presentación profesional enorme. Si a eso se le añade haber dirigido durante un tiempo el principal partido de gobierno en Cataluña, el resultado es una agenda de contactos que hicieron de Roca y Junyent Abogados uno de los despachos legales con mayor crecimiento en un tiempo menor.
Pero nada es gratis. De hecho, aunque se gane la vida a cuerpo de rey, el despacho que dirige también tiene fuertes gastos. Por ejemplo, las donaciones a la fundación de Convergència Democràtica de Catalunya que se encargaba de recaudar recursos para la causa política que defendía. Eso es lo que unos fiscales inquietos y un juez valiente quieren saber: ¿por qué hacía donaciones Roca y qué relación porcentual (era el 3% o más) de los contratos que su bufete conseguía de la administración autonómica catalana?
Que Roca es un tipo muy listo es casi una redundancia en estos tiempos. Por eso es de extrañar que un hombre que dirigió, como secretario general, a CDC y se encargó del control de sus finanzas antes de enemistarse definitivamente con Jordi Pujol --y de que el presidente le pasara el testigo de la recaudación a su hijo mayor-- caiga en algunos de esos episodios de corrupción sistémicos de baja intensidad que han embarrado la Cataluña de varias décadas.
Seguro que el abogado no financiaba al partido de sus mocedades, sino que creía en su causa, aunque no creyera en ninguno de los dirigentes que lo regían en el momento de hacer los pagos. No puede explicarse de otra manera que el hombre que gobierna los consejos de administración de las grandes empresas fuera tan poco pulcro en sus relaciones comerciales. Así que le concedemos el beneficio de la duda, hasta que la justicia nos diga lo contrario. O eso o resultará que no era un abogado tan fino como se creen quienes lo tienen al frente de sus asuntos legales.

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