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4 jun. 2017

Rosell: 'Sandrusco' toca de muerte a la junta del Barça

Josep Maria Cortés

Sí. Agustí Montal tuvo al padre de Sandro (Joaquim Rosell) en la gerencia del Barça. El exdueño de la textil Montalfita fue un catalanufo de sardana y alpargata, convertido en presidente de Enciclopèdia Catalana, por obra y gracia de Pujol i Soley y de su cuñado, el historiador Francesc Cabana. El malogrado Montal no era una lumbrera. Pero tenía una casa marinera en Arenys, con cerámica de trencadís en el recibidor, y una junta en el FC Barcelona con patricios, como Raimon Carrasco, Ribera o Armand Carabén. Mientras fue presidente del Barça, Montal mantuvo un tono discreto. Nunca hubiese aceptado lo del visca el Barça y visca Catalunya, inventado por el servil nacional-futbolismo de Núñez, constructor y parvenu. El empresario textil se detuvo en el grito más comedido de més que un club. Detrás de él creció la ciénaga del ladrillo que alimentó la censura del Elefant Blau de Joan Laporta.
Con los años, Sandro se había hecho hombre primero y marquetiniano después, gracias a la publicidad y al patrocinio, que aprendió en Mirurgia, sin saber que un día se subiría al momio. En 1990 se incorporó al Comité Organizador de Barcelona 92, como responsable de los patrocinios internacionales, dentro del departamento de marketing. Fue como descubrir una mina de oro. Olió el dinero fácil, creó Bonus Sport Marketing y cuando llegó al Barça sus cartas estaban marcadas.
sandro rosell farruqo
Laporta (Jan) y Rosell (Sandrusco) parecían Jules et Jim aquella noche calurosa de junio de 2003, que cambió al barcelonismo. No eran ciervos de crianza sino lagartos con noches insomnes de blanco satén a sus espaldas. Con las mujeres, Jan tenía el toque repostero, del hombre-hombre, propio de los personales de Flaubert, mientras que Sandrusco daba el tono de amor inteligente al estilo de La invención de Morel, la novela Bioy Casares. Sin embargo, el corazón de Rosell engaña (y no precisamente porque esté en chirona); tiene un fondo salvaje inesperado, como el de los almogávares de Roger que cargaron oro en las aguas del Bósforo.
Sandrusco, el etrusco, es vengativo. Nunca aceptó el segundo puesto al que le relegaba Laporta, enfundado en la genialidad y el vértigo dialéctico. A base de rencor, envidia y cuchillazos, Rosell se abrió camino y, cuando llegó a la presidencia del Barça, en 2010, venía de Nike, con toda una carrera construida en el mundo de la gestión deportiva. Estaba metido en la compraventa de jugadores e imágenes. Era arte y parte; el colmo de la incompatibilidad. Su primera junta relucía, con los Moix, Pont Amenós, Faus y compañía; y mucho más cuando fichó de vicepresidente institucional a Carles Vilarrubí (Rothschild), quien le vínculó por arriba con el mundo indepe. Vilarrubí, al que conoció en verano de 2010 frente a un café sobre mármol en el Hotel del Lago en Puigcerdà, le ofreció el lustre de las diadas vividas detrás del zaguán y de las asociaciones civiles en pro del referéndum. Pero Sandro y Bartomeu (su lamentable número dos) habían crecido asilvestrados, desconocían el abecedario del catalanismo de nariz respingona que se exhibe en los cenáculos y los foros. Aunque tengan palos y hándicap, hoy no saben todavía del fieltro sobre los verdes. Son dos chapuceros de latón, que para librarse de una acusación de delito fiscal vendieron la culpabilidad del FC Barcelona, una entidad deportiva que se ha quedado con antecedentes penales, gracias a ellos. Y si han traicionado a su marca, ¿que no harán con los suyos?
La actual junta directiva del Barça carece de discurso. De ella quedará la improvisación por bandera, el despido de Johan Cruyff, el mago de Hoz, y la sentencia a Guardiola, que se marchó asqueado. Sandro, el de la deixa, tiene un perfil pétreo, mientras que su heredero, Bartomeu (Barto), luce una sonrisa coriácea, en más de un sentido. Ambos desconocen la sensibilidad poliédrica de los tribuneros del Camp Nou; suspenden en materia de catalanidad obliterada. El resto, los mantenidos, se reparten entre gestores de anfiteatro, chivatos y banqueros de paraíso, como Ramon Cierco, accionista del BPA andorrano.
El joven Sandro tenía amigos pero el Sandrusco de hoy cuenta a los otros por simples instrumentos. Los presuntos delitos de blanqueo que le han llevado a prisión corresponden a los años en los que desempeñaba la presidencia del Barça. Las coincidencias entre el cargo y el delito resultan preocupantes y no auguran nada bueno. El joven Sandro fue la inconsciencia del niño de Pedralbes; Bartomeu, con tres procesos judiciales abiertos, será pronto el testigo de cargo, y Sandrusco acapara la carga de la prueba de una junta tocada de muerte.

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