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27 jun. 2017

Su alcalde perfecto

FRANCISCO PASCUAL

No existe hoy en día para el independentismo mejor activo que el alcalde socialista de Blanes. Ni un editorial indocumentado de The New York Times, ni Pep Guardiola metido a politólogo, ni el colaboracionismo internacional del Barcelona puede compararse a que el hijo de un inmigrante alpujarreño difunda desde el púlpito del PSC el apostolado nacionalista que sitúa al laborioso catalán en una categoría humana superior a la del vago andaluz.
Miquel Lupiáñez i Zapata (Narila, Granada, 1961) se ha erigido en una versión balbuceante del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, socialista como él. Si el holandés renegaba hace unos meses de los europeos del sur porque se lo gastaban todo «en licor y mujeres», Lupiáñez se lanzaba el lunes desde Onda Cero a discriminar entre las regiones que tienen «un nivel de vida» porque sus pobladores trabajan (Cataluña) y otras, como la andaluza, que optan por «la calidad de vida». «Como Dinamarca y el Magreb», abundó. Los entrevistadores Alsina y Amón contuvieron la carcajada, sabedores de haber aplicado con magisterio una de las máximas periodísticas de Casimiro García-Abadillo: «No hay como dejarles hablar».
Pero mientras media Europa está contando las horas para quitarse de encima a Dijsselbloem por racista, el soberanismo condecoró ayer al edil granadino-gerundense con su máxima distinción: «Es un demócrata, no como otros del PSC», en palabras del ilustre Rufián.
Lupiáñez es el hijo pródigo del pujolismo, alguien que llegó de la hambruna fisiológica y moral de la Alpujarra analfabeta para redimirse en Cataluña y hacer proselitismo de su verdad revelada: España nos roba y lo llevan hasta en los andares, por lo que no tienen remedio.
Es normal que el independentismo lo proteja más que a un lince, como agente blanqueador de la xenofobia que lo propulsa. Es su alcalde perfecto, un ejemplo a seguir para la franja de catalanes que pueden inclinar la balanza hacia el secesionismo, la de los hijos de la inmigración que están a un plis de alcanzar ese estadio de irresponsabilidad que consiste en difamar a sus antepasados desde no sé qué estrato moral superior.
Porque lo más lamentable de la intervención de Lupiáñez no fue la viscosa confusión ética de su discurso, sino el desdén con el que se refirió a los habitantes de las tierras elevadas que lo vieron nacer y de la que sus padres lo exiliaron a tiempo para «poder alimentarlo». Un auténtico maulet con piel de charnego.

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