Yo mismo con mi turismo

5 jun. 2017

Twin Peaks: oferta y demanda

Alberto Rey

Sostiene Albert Boadella que la genialidad de Pollock o Tàpies no está en sus cuadros, sino en que éstos se vendan por las cantidades exorbitantes por las que lo hacen. Que lo de esos señores son obras maestras de las finanzas, no del arte. Pura ley de oferta y demanda, reinterpretada por una panda de listos que la hacen funcionar a su favor. No he leído todavía ninguna crítica de la nueva 'Twin Peaks', pero seguro que más de uno y más de dos han encontrado en David Lynch este paralelismo con Pollock y Tàpies y no han visto mejor momento que ahora para señalarlo. Ayer vi los dos primeros episodios de la temporada, a las 4 de la madrugada (hora española de su estreno mundial), luego me comí como cuarenta donuts y, con la cabeza cargadísima y el estómago gritando basta me metí en la cama. En torno a las 8 cerré los ojos. Cuando escribo esto todavía no es la 1 del mediodía y sigo con el cuerpo regular. ¿Por qué estoy contando mi vida? Pues primero para justificar que esto no lleve ya varias horas colgado en la web y, segundo, porque si David Lynch ha conseguido que cualquier cosa que salga de su cabeza nos interese, ¿por qué iba a ser yo menos?
Oferta y demanda. Eso es lo que ha llevado al director de culto a aceptar recuperar el universo que abandonó hace más de veinticinco años. Por dinero Lynch ha vuelto a la televisión, después de años dedicado a contar las bondades de la meditación trascendental y colaborando con firmas de lujo. También ha salido en 'Louie'. No es lo que yo entiendo por estar fuera de la circulación. Más bien lo contrario: Lynch se ha pasado los últimos años haciendo lo que le da la gana.

Y eso mismo ha hecho en la 'Twin Peaks' de 2017: lo que le ha dado la gana. Tenemos que tener algo muy claro: este señor ya no es un director de culto que se acerca con curiosidad a la TV después de hacer 'Terciopelo Azul' y 'Corazón Salvaje', sino un semidios pop que se digna a salir de su palacio mental para volver a la TV. Después de hacer 'Mulholland Drive' e 'Inland Empire'. Con un cheque gordísimo de por medio y la ley de la oferta y la demanda a su favor. ¿Cuántos esperábamos con impaciencia, casi histeria, el acontecimiento televisivo de ayer? Muchos. Y algunos no somos tan fans de Lynch. Pero quién se atreve a perderse el estreno de lo suyo. Aunque sea de madrugada, en una calle cortada por una celebración futbolera y tres reuniones al día siguiente. A favor: daban donuts.


Vamos a lo que vamos: a mí me ha gustado. Es la locura que tenía que ser, la que Lynch sabe que tiene que entregar a los señores de Showtime (Movistar en España), que lo que estaban comprando en todo momento era una lynchada lynchiana lynchísima. Una serie que es una serie como podría ser un videojuego o una exposición en el Reina Sofía. O un anuncio de Dior de dieciocho (¡dieciocho!) partes. O un homenaje hecho y financiado por fans. Algo de esto último sí es: como la nueva película de la saga Alien, 'Twin Peaks' tiene mucho de recopilación de grandes éxitos.
Es una recopilación hecha con buen ojo. Si la serie original llegó justo cuando Lynch ya sabía que a su público le interesaban más sus idas de olla que sus narrativas, la nueva llega cuando el director lleva años dedicado sólo a esas idas de olla. El desprecio hacia las ideas de trama y linealidad que muestran 'Mulholland Drive' y la ya autoparódica 'Inland Empire' está en la 'Twin Peaks' que regresó anoche. De hecho, la pregunta "¿Esto es el pasado o el futuro?" aparece literalmente. También unas ramas que hablan. Las intros de los episodios, que mantienen la mítica música de Angelo Badalamenti, son lo más canónico que uno encuentra en el inicio de una tercera temporada que lo mismo es la cuarta, porque la tercera nos la darán después. O no nos la darán nunca. Sabías a lo que venías, así que no te quejes. Come (donuts) y calla.

Si esto no fuese lo que es y no viniese de donde viene claro que habría quejas. Por lo inconexo de la narración, por la desquiciante duración de algunas secuencias y por el desorden generalizado que planea sobre toda la obra. "Lynch no corta las escenas porque con algo tendrá que rellenar dieciocho horas" o "¿quién sigue utilizando los teléfonos fijos así?" fueron comentarios que escuché (y pronuncié) hace unas horas en el evento de estreno. Pero luego, al llegar a casa, estuve tentado de no acostarme y ver los dos siguientes episodios de la serie, ya disponibles. Es muy probable que sea eso lo que haga en cuanto publique este texto. Porque a mí también se me iluminó la cara anoche cuando volví a ver a Hawk, a Shelly y a James. Y tuve un escalofrío al reecontrarme con esas letras perfiladas en verde eléctrico de los títulos de crédito. Ahora bien, no me preguntéis de qué va. De qué va la serie, quiero decir, no de qué va David Lynch. Eso sí lo sé: Lynch va de señor que hace lo que la da la gana, cuando le da la gana y por cuanto le da la gana. A él se le aplaude lo que a otros ni siquiquiera se les consiente. Como que una rama (¡una rama!) diga "soy una rama" en una pantalla y las risas no inunden el patio de butacas. "A veces los brazos se me doblan hacia atrás", volvió a decir ayer Laura Palmer, y yo fui un poco más feliz. Con tan poquito me sirve. Yo ya estaba comprado de antemano. Oferta y demanda. Confirmación y decepción. Pollock, Tàpies y Lynch.

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