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30 jul. 2017

Agosto espera a octubre

Rajoy enfoca el 1-0 como un ejercicio de autoridad: ante la sociedad española y ante Europa


“Creo que estamos en condiciones de ganar por diez a cero”, le dijo en fecha reciente Soraya Sáenz de Santamaría a Jordi Xuclà. La conversación tuvo lugar en el despacho de la vicepresidenta del Gobierno en el Congreso, a raíz de una interpelación parlamentaria. El diputado del PDECat, uno de los dirigentes de la antigua Convergència que no ha heredado ese tono de suficiencia tan propio de la fase imperial del pujolismo, encajó el golpe y respondió: “Cuidado con las humillaciones. Las humillaciones dejan un rastro muy difícil de borrar. Duran generaciones”.
Ese breve diálogo, que tuvo lugar durante los primeros calores del julio, condensa el estado de la cuestión y explica bastante bien el enfoque y el tono del Gobierno de Mariano Rajoy ante el mayor problema político que en estos momentos tiene planteado: la determinación del Govern de la Generalitat de Catalunya de llevar a cabo un referéndum de autodeterminación el próximo 1 de octubre, desafiando la prohibición del Ejecutivo central, las sentencias del Tribunal Constitucional y los inequívocos mensajes en favor del respeto a la legalidad constitucional española provenientes de Bruselas, París y Berlín.

Dudas y tensiones en el soberanismo; pero la movilización será alta el 11 de Setembre

El Gobierno está seguro de poder detener el referéndum sin tener que recurrir al artículo 155 de la Constitución, mecanismo de coerción inspirado en la constitución federal alemana de 1949, que nunca se ha aplicado en España y que nunca se ha desarrollado legislativamente. Aunque el citado artículo 155 no contempla de manera a explícita la suspensión total de la autonomía –autoriza al Gobierno, previa aprobación del Senado, a tomar las medidas adecuadas para que la Constitución se cumpla en una comunidad autónoma– es considerado el mecanismo más expeditivo en manos del poder ejecutivo. En Madrid existe desde hace meses un virtual Club 155 que congrega a los partidarios de la mano dura, y sobre todo a los partidarios de exhibir el deseo de mano dura en sobremesas, coloquios, tertulias radiofónicas y artículos periodísticos. El presidente Rajoy no figura entre esos exhibicionistas. .
El Gobierno confía en la Brigada Aranzadi. Sentencias, leyes, normas, reglamentos y tribunales. Abogados del Estado, fiscales y magistrados. La espesa malla jurídica que puede desplegar uno de los estados más antiguos de Europa, con el apoyo tácito de la Unión Europea. Un diputado de Ciudadanos, buen conocedor de la realidad política catalana, lo describe de la siguiente manera, con ribetes literarios: “Los independentistas aún no se han dado cuenta que se van a tener que enfrentar a Kafka, a la implacable capacidad de maniobra de un viejo Estado cuya burocracia, muy segura de sí misma, puede hacer que en los próximos meses la novela El castillo se quede corta”.
El despliegue de la Brigada Aranzadi es bien visible estas semanas, ante un bloque soberanista catalán con dos serios problemas, como mínimo: una lenta pero progresiva disminución de los partidarios de la independencia (barómetro de julio del CEO) y las crecientes dudas –cuando no el temor– de muchos funcionarios catalanes. Las dudas y los temores de los 17.000 agentes de los Mossos d’Esquadra. Disminuyen, lentamente, los partidarios de la independencia, pero las ganas de someter la cuestión a referéndum siguen siendo mayoritarias. No bajan. No hay una mayoría rotunda a favor de la independencia, pero no se detecta en las encuestas un toque de retirada.
El próximo Onze de Setembre puede ser el más concurrido de los últimos seis años. A Carles Puigdemont se le escapó de las manos la última crisis de gabinete. Un ajuste de dos consejerías se acabó llevando por delante a cinco miembros del Govern, incluida la portavoz, Neus Munté. Las tensiones y desavenencias en el núcleo dirigente soberanista ya no son ningún secreto en Barcelona. Hay una fatigosa saturación de propaganda en Catalunya, pero no se oye ningún toque de retirada.
Los catalanes (la mayoría) no quieren romper de manera irreversible, pero creen que tienen muchos motivos para la protesta. Apoyarían un pacto que alzase el listón de la autonomía, pero no ven ninguna oferta en el horizonte. El Gobierno Rajoy se plantea el 1 de octubre como una cuestión de autoridad: ante la opinión pública española y ante los principales centros de poder europeos. El Club 155 aprieta y el último relato onírico del oficialismo madrileño es la detención de Puigdemont. Ya escriben sobre ello.
El Gobierno cierra el curso con un buen balance económico. La economía española crece claramente por encima de la media europea y las encuestas señalan, por primera vez en ocho años, la recuperación de un cierto optimismo ante el futuro del país. La macroeconomía va bien, pero las expectativas electorales del Partido Popular no mejoran. Diversos sondeos –publicados y no publicados– coinciden en que el partido en el Gobierno se halla en estos momentos por debajo de los resultados del 26 de junio del 2016, con una menor ventaja sobre el PSOE, que recupera algunas posiciones después de la victoria de Pedro Sánchez en las primarias socialistas. Ciudadanos sigue recogiendo el desgaste de los populares y Podemos pierde algo de gas, sin descalabrarse. Multipartidismo competitivo. La distancia entre el bloque de centro derecha (PP y Ciudadanos) y el bloque de izquierdas (PSOE y Podemos) es menor que hace un año. Este es el retrato de final de curso.
Rajoy tiene a su favor la evolución de la economía y la reactivación del proyecto europeo, tras el triunfo de Emmanuel Macron en Francia. El napoleónico Macron –un holograma o una sólida novedad– está modificando el tablero europeo. Reivindica la grandeur francesa y apela al general De Gaulle para obtener un mayor consenso interior para sus reformas. Invita al debilitado Donald Trump a París y hace gestos de tomar el mando en el Mediterráneo para poder aprobar una reforma laboral similar a la española. La clase dirigente italiana está muy irritada con Macron, que les acaba de birlar el papel de mediación en Libia. Emmanuel Macron apoya a Rajoy: quiere tener a España a su lado, frente a los competitivos e irritados italianos. Angela Merkel apoya a Rajoy: la recuperación económica española puede ser presentada como un éxito de la línea de austeridad dictada desde Berlín. Los apoyos existen, pero en la nerviosa política europea nunca hay cheques en blanco.
La economía crece, pero el PP no se recupera electoralmente. Los sacrificios sociales han sido muy elevados, la brecha generacional es espantosa y el relato de la corrupción sigue siendo muy intenso, como se ha comprobado esta semana con el presidente del Gobierno testificando en la Audiencia Nacional por el caso Gürtel.En los próximos meses, Rajoy deberá decidir si repite como candidato. Una operación sucesoria podría ser muy complicada. Albert Rivera vuelve a subir en las encuestas y podría llegar a contar con el apoyo oblicuo de José María Aznar, que hace un par de meses le apadrinó en su segunda fundación (Instituto Atlántico de Gobierno).
Sánchez está ayudando a remontar al PSOE, sin proyecciones espectaculares. Sube, sin perforar la estratosfera. Y sus adversarios no descansan. Susana Díaz convertirá este fin de semana el PSOE andaluz en el principal foco de resistencia a la “España plurinacional”. Díaz quería ejercer el poder de veto desde la secretaría general del PSOE. Ahora intentará ejercerlo desde Sevilla. El PSOE andaluz reniega de la “nación de naciones”. Curiosa paradoja: entre 1976 y 1980, las teorías federales de Anselmo Carretero (socialista segoviano exiliado en México que acuñó el término “nación de naciones”), fueron una de las principales fuentes de inspiración del socialismo andaluz para romper el primer esquema constitucional de autonomías a dos velocidades. El expresidente andaluz José Rodríguez de la Borbolla, uno de los padres de la autonomía, fue amigo personal de Carretero.
Todas las línea de tensión están trazadas y se van a cruzar muy pronto en Catalunya. Ya está ocurriendo.

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