Yo mismo con mi turismo

14 jul. 2017

Aquí no manda nadie . . .

RAÚL DEL POZO
Dijeron que el poder era un chancro y el Estado, un instrumento de coerción de unas clases contra otras. Pero ahí siguen el Estado y la autoridad, mientras muchos de los que intentaron asaltarlos son viejos, gordos, ex ministros, ex banqueros, ex diputados, cumpliendo así la maldición de Ionesco. Cuando los estudiantes de París le insultaron, el autor teatral les dijo: "Un día seréis burgueses".
A pesar de las predicciones de los conservadores, todo puede saltar por los aires porque no existe el determinismo histórico; el destino somos nosotros, que hacemos la Historia, no los dioses o los trágicos griegos.
Desde siempre, el Gobierno ha pesado sobre cada ciudadano como una manta mojada, como un leviatán que puede atracar el barco de Ronaldo. El poder, según los existencialistas, es una de las formas esenciales del mal. Stefan Zweig lo describe como una medusa: "Quien fijó la vista una vez en su faz, jamás la puede apartar de ella, queda encantado y hechizado. Quien disfrutó una vez del placer embriagador de dominar y mandar no puede renunciar a él".
Todo este prólogo es para anunciarles, alegremente, que el poder en España está menguando, sólo en Cataluña un poder regional se cree superior a las leyes. En el resto de la nación, la autoridad, excepto en su afán recaudatorio, no se muestra tan feroz como solía.
La otra noche, en la colina de las dos Palomas (Segrelles, madre e hija) se reunió el cogollo del repollo del mando -algún rey, patrones y directores de los periódicos, jefazos del CNI, de la madera y de los picos, dos delfines de Génova, varios diputados-. En esa cena, el presidente de un club de fútbol me dijo: "En España no manda nadie". La frase confirma la que pronunció hace tiempo Eduardo Zaplana: "Nacho -le dijo a Ignacio González-, el problema es que aquí no manda nadie". Zaplana se equivocó en el caso de Nacho, porque los que aún mandan, los jueces, le pusieron las pulseras y lo metieron en el trullo. Pero la revelación de Zaplana intuye una verdad sorprendente: la violencia del Estado está muy repartida. Ya no hay poderes fácticos. Ni la Iglesia ni la banca ni el Ejército condicionan la Democracia. Hace unos años mandaban Juan Luis Cebrián, Felipe González, Pujol, el Rey, Botín, César Alierta. Ahora se notan menos sus divinas presencias. Los de Podemos insisten en que hay una trama en torno al Ibex y a la Triple Alianza; quizás la haya, pero yo no la noto.
En España, donde los anarquistas llegaron más lejos y estuvieron más cerca de una sociedad sin poder, ahora hemos llegado a sentir menos la coacción de los aparatos de Estado porque el Gobierno carece de mayoría, está a merced del zarandeo de la oposición y ni siquiera se atreve, de momento, a desbaratar la sedición de los independentistas. Empiezan a realizarse las fantasías del "modesto anarquista" Borges, el que profetizó que algún día el individuo será más fuerte que el Estado, los gobiernos caerán en desuso y los políticos tendrán que dedicarse a oficios más honestos.

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