Yo mismo con mi turismo

14 jul. 2017

Del ‘pressing CUP’ al ‘pressing comunes’



El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que se expresa como un alcalde de Marbella de los años noventa, se refiere a su opositor Leopoldo López como el  "señor ele ele”. No sé si aplica un apodo coloquial o ignora su nombre a posta, que es una táctica ancestral de ninguneo. El método se sigue practicando, sobre todo en esos matrimonios en los que en vez de llamarse por el nombre se intercambian implacables este o esta. Otro “ señor ele ele” podría ser Lluís Llach, que, entrevistado en el Vía Lliure de RAC1, exhibió un cóctel de perplejidad, pasotismo, idealismo y añoranza de un mañana arcádico rodeado de cocoteros senegaleses como los que salían en el capítulo de El convidat que acababa en una discoteca de ambiente melancólico.
¿El gran tema de estos días? Las tensiones internas del espacio de los comunes, que parece el título de una de aquellas películas inteligentes que se estrenaban en la época de El efecto de los rayos gama sobre las margaritas. Tras la comedia del pressing CUP, llega el pressing comunes, una secuela truculenta que pretende simplificar la realidad para imponer el atajo categórico. En un momento en el que crece la hegemonía del sí o sí, que los comunes propongan el sí-pero-quizá-no desconcierta. Pero, como en una fábula con animales, los impacientes deberían tener en cuenta la esencia de eso que llamamos “espacio de los comunes” y que en realidad es un holograma ambiguo dialécticamente puñetero. Si alguna figura geométrica lo define, es el laberinto, suma de múltiples laberintos individuales que configuran otro, asambleario, todavía más complicado. Incluso Cantinflas las pasaría canutas para rebatir a los apóstoles de la espiral argumental orgánica, prodigio dialéctico en el que como nadie sabe exactamente qué piensan los demás, tampoco es necesario pensar nada en concreto.
En las actuales circunstancias, cuando los patriotómetros se activan con celo intimidador, definirse se ha convertido en una urgencia que criminaliza la duda y ridiculiza cualquier reticencia crítica. No sé cómo serán la Catalunya y la España que nacerán de este proceso, pero, hoy por hoy, sobran intransigencias de todo tipo. Los que nos han llevado hasta aquí con ultimátums, cuentas atrás y tácticas constitucionalistas del avestruz ahora reclaman compromisos que ni siquiera ellos son capaces de asumir. Culpar a los comunes del posible fracaso del referéndum es la última pirueta. Y que los pasteleros del milhojas de ruta caramelizada exijan coherencia es un chiste. Si este problema irresoluble ha sido capaz de hacer confluir el inmovilismo sólido de los convencidos, el camaleonismo líquido de los oportunistas y los titubeos gaseosos de los indecisos, no debería sorprendernos que hayamos entrado en una fase de incertidumbre flatulenta.

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