Yo mismo con mi turismo

1 jul. 2017

En Cataluña, hasta lo muertos votan

Manuel Trallero

Tras el fracaso en Madrid del golpe de Estado en julio de 1936, el Gobierno de la República se incautó del diario ABC. El nuevo director tuvo la ocurrencia de publicar en portada la fotografía de unos milicianos en compañía de los esqueletos de unas monjas desenterradas para la ocasión, no sabían que a eso le llamarían, muchos años después, arqueología. Ni que decir tiene que se lió un escándalo internacional de muchísimo cuidado y que desde aquel preciso momento los simpatizantes católicos y/o de derechas retiraron su apoyo al régimen del 14 de abril de forma irremisible.
Ahora, el consejero de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Transparencia de la Generalitat, señor Romeva, amparándose en la Ley de la Memoria Histórica aprobada por Rodríguez Zapatero, por culpa de su abuelo fusilado por los franquistas, ha presidido, como si dijésemos, la apertura en Cataluña de la primera fosa de la Guerra Civil ochenta años después. Ha tenido la misma solemnidad que si hubieran descubierto a un dinosaurio milenario o los restos de una ciudad romana hasta ahora desconocida. Nuestro coleccionista de cadáveres, como otros coleccionan sellos, cromos de Messi o mariposas, aparece en la foto oficial del evento con camisa blanca inmaculada, representando el momento del hallazgo pero sin el preceptivo sombrero salacot que le daría un aire más Indiana Jones. Mientras mantiene la mano izquierda en jarras, con el dedo índice parece darles órdenes a unos operarios disfrazados de peones del Ministerio de Obras Públicas con chaleco amarillo y banda reflectante que acicalan los huesos con esmero. Ante ellos yacen expuestos los esqueletos de 17 individuos como si fueran esos muebles del Ikea que te has de montar tú en casa. Pienso que en el fondo han tenido más suerte que los prisioneros de la checa barcelonesa del convento de la calle San Elías, cuyos restos acabaron sirviendo como alimento a los porcinos de la granja que las monjas tenían para su subsistencia y que, una vez convertida en cárcel por los habituales incontrolados --entre cuyos dirigentes se encontraba un miembro de ERC--, la siguieron utilizando los nuevos inquilinos. Claro está que, al señor Romeva, lo sucedido en San Elías no le interesa lo más mínimo porque allí solo fueron torturados y murieron supuestos franquistas.
La fosa recién inaugurada en Figuerola d'Orcau, base de los cruentos combates de abril y mayo de 1938, plantea más dudas. Para empezar la Generalitat afirma que "de acuerdo con los datos históricos, los individuos podrían corresponder a soldados de ambos bandos". Más matizada es la crónica de La Vanguardia: "Es más que posible que todos fueran franquistas, sin descartar bajas del bando republicano enterradas después del combate". Para El Periódico no hay duda, ya que "los cadáveres están dispuestos de acuerdo con los criterios de sepultura (profundidad y distancia entre cuerpos) que fijó Francisco Franco en 1938". Romeva ha descubierto que los franquistas no tan sólo mataban sino que también morían. Pero, por favor, que no corra la voz.
Un antiguo excombatiente franquista me relató en cierta ocasión que estaba totalmente convencido de que aquella guerra había sido un error, incluso un inmenso error. Pero nadie, absolutamente nadie, le convencería de que él la perdió. Porque, por muchas fosas que abran, Bélgica nunca invadió Alemania.

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