Yo mismo con mi turismo

12 jul. 2017

Krausistas tardíos

RAÚL DEL POZO



Los nuevos políticos parecen krausistas tardíos, de la cuerda de Joaquín Costa, republicano federalista, aragonés, que hablaba de lentejas, de despensa y de regeneración. Apenas corrigió ninguno de los males que aquejaban a la patria; después de su sermón, llegaron dictaduras y guerras civiles. Los krausistas se alborotaron contra los políticos corruptos, de hoja perenne; los nuevos políticos, más de 100 años después, parecen seguir algunas recetas de aquel Joaquinón -por su corpulencia-, que detestaba a los curas, repudiaba el Quijote y pronunció la arcaica frase que estremeció al siglo: "Escuela y despensa".
Joaquín Costa era amigo de Giner de los Ríos. Quería que lloviera sin sacar los santos en rogativas y que los caciques no compraran votos. Los krausistas idearon una filosofía de Estado y fueron moda otoño-invierno de final del siglo XIX. Y así se cantaba: "Desde Cádiz a Gijón,/ desde Lugo a Castellón,/ toda España, o casi toda,/ después de la última poda/ grita ¡regeneración!".
Estamos presenciando en cine de sesión continua o en el teatro de San Jerónimo la función de la España corrupta, moribunda, saqueada por los corruptos, a merced de la casta, de la trama, que es como se llama ahora a la oligarquía y al caciquismo. Me dicen algunas personas que tienen la impresión de que los nuevos políticos sienten la misma gula de poder que aquellos de barba y levita, los de la Transición y los de siempre. Se empujan unos a otros, porque en el ansia de poder son tan voraces los progresistas como los reaccionarios. El espectáculo es muy divertido; se pasan las legislaturas llamándose ladrones unos a otros y cada día presenciamos sus paseíllos y reuniones en el Congreso como si fueran los hombres de Estado de Yalta.
No tengo nada contra el krausismo, aquel simplismo sonriente de los ilustrados que, además de pensar cómo regenerar España, cazaban mariposas en Guadarrama. Que sigan con sus sermones los regeneracionistas de guardia, aunque a veces resultan tan indigestos como la morcilla, según el poema de Ángel González, con el que tantas veces me emborraché.
La historia de España ya no se hace con sangre, pero sigue repitiéndose. Pablo Iglesias va mas allá que los neokrausistas -Albert y Pedro-, quiere derribar la tercera restauración como se derribó la primera y poner doble llave al sepulcro de la Transición, pero insiste en el discurso ético moralista de la izquierda burguesa. Le sale más la Institución Libre de Enseñanza que Vallecas.
Estamos hartos de los corruptos, también de las prime donne de la judicatura y de sus procesos interminables; quizás sería útil una ley del ostracismo que autorizara a escribir en terracota los nombres de los indeseables, como hacían los griegos. No se les metía en la cárcel, se les condenaba al ostracismo. Y también hay que decir que los políticos procesados son ostraquizados por los medios y se les acosa de forma paranoica, como se hizo con las brujas.

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