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16 jul. 2017

La fórmula mágica de Macron y Trudeau: poca revolución, mucha cara, un mundo desbocado

 

El presidente francés y el canadiense lideran la “democracia mediática”

Se muestran afables ante los medios. Sonríen a las cámaras. A veces lloran... Usan las redes sociales de forma habitual, cercana y directa. Lanzan ideas “sexies”. Y sí, son el titular y la foto y para más de uno la esperanza de una nueva manera de ser político y hacer política.
“La revolución del siglo XXI”, se escucha decir.
“O más y más de lo mismo”, responden otros. 

Todos hablan de cambio
Emmanuel Macron lanzó las bases de la nueva Francia desde la pomposa Versalles. Antes, en la noche electoral, en la explanada del Louvre, tras ganar, caminó bajo la Oda a la Alegría de Beethoven, el himno europeo, con las masas delante y el cambio dibujado en su rostro; entre una luz tenue, la expectación generalizada y grandeur.
Al otro lado del Atlántico, Justin Trudeau ríe, guiña pícaro un ojo, charla por la radio con los votantes o participa en un combate de boxeo solidario. Hace del apretón de manos a Trump una técnica y utiliza la televisión y las redes para hacer de Canadá una tierra de acogida multicultural. Habla inglés y francés. Habla de y para el nuevo siglo.
Macron y Trudeau comparten generación –los dos nacieron en los años 70–, pero también “una manera de ser similar y una visión del mundo muy parecida”, relata Manuel Alcántara, catedrático de ciencia política de la Universidad de Salamanca. Y la “eredità”, como añade Santiago Delgado, profesor titular de ciencia política de la Universidad de Granada: Trudeau es hijo del que fue por 15 años primer ministro canadiense, Pierre Trudeau, el padre del actual Canadá federal, bilingüe y multicultural; Macron se ha formado donde tantos otros presidentes de Francia, en los elitistas Instituto de Estudios Políticos de París y la Escuela Nacional de Administración (ENA).
La novedad, sigue Delgado, está en que “eran personas no esperables, que aportan frescura e incorporan valores post-materialistas” como la integración de inmigrantes y refugiados, la normalización de la homosexualidad, la igualdad de género o la ecología. “Liderazgos fabricados para nuestro tiempo”, concluye, “sin olvidarnos de su atractivo físico”, según destacan todos los expertos.
Macron y Trudeau comparten la ‘eredità’
Fernando Vallespín, catedrático de teoría política de la Universidad Autónoma de Madrid, cita, sin embargo, algo que él considera previo: la tendencia al alza de la personalización de la política. “El líder acaba teniendo más impacto que el partido”, arguye.
Y los ejemplos, de hecho, abundan: en Italia ya se pone el nombre del líder por encima del del partido, ya sea en las papeletas electorales de Silvio Berlusconi, Matteo Renzi o de un candidato del bloque de Beppe Grillo. “Es más fácil que una persona genere confianza”, resumen todos. Y las sucesivas encuestas parecen confirmar su visión: la pérdida de confianza y de popularidad de los partidos políticos es común en España y fuera de España.
Aunque antes de Macron y Trudeau también Barack Obama fue carismático. Y, en América Latina, toda una retahíla de líderes izquierdistas como Hugo Chávez y Evo Morales, José Mujica, Rafael Correa o Néstor y Cristina Kirchner.
“Todos se benefician de un sistema electoral basado en un voto muy personalizado”, explica Alcántara. De repúblicas en las que el presidente, elegido en voto directo, se parece mucho a un Rey. Y concluye: “Aunque también ha habido líderes fuertes en el parlamentarismo –Felipe González, José María Aznar, Adolfo Suárez o Angela Merkel son un ejemplo–, hoy la atracción del nombre por encima de las siglas se ha acentuado mucho. La gente no lee los programas y es más sencillo asociar una imagen a dos o tres ideas fuerza”.
26 de septiembre de 1960. John F. Kennedy contra Richard Nixon. El primer debate presidencial televisado de la historia. Cara a cara entre el político tradicional con un argumentario bien estudiado y la nueva y joven generación que sonríe a las cámaras. Un puesta en escena que ganó Nixon entre los radioaficionados y Kennedy entre los televidentes.
JFK sería el flamante 35º presidente de Estados Unidos.
La gente no lee los programas y es más sencillo asociar una imagen a dos o tres ideas fuerza
Jesús Casquete, profesor titular de historia del pensamiento y de los movimientos sociales y políticos de la Universidad del País Vasco, mira a este pasado cercano y, con ello, destaca el actual “efecto multiplicador de la imagen”. Ahora también llegaría una nueva generación, y los nuevos medios de comunicación y la globalización facilitarían que se vuelva norma vestir con camisa blanca arremangada y sin corbata, vaqueros y utilizar un lenguaje directo y cercano al del electorado.
La imagen que transmiten es así de pragmatismo, moderación y compromiso; una política transversal de ruptura con el esquema tradicional de izquierdas y derechas. Como señala Casquete, “el nada novedoso modelo del catch-all party, el partido del centro político, sociológico y electoral”.
Alcántara va más allá: “Macron, Trudeau, Rivera o Renzi lanzan políticas que se pueden etiquetar de socio-liberales, aunque cada cual sea hijo de su país y les condicione”. A lo que Vallespín agrega: “La gran contradicción que hay en la política hoy es cómo salvaguardar lo fundamental de nuestro sistema –el dinamismo económico y la responsabilidad social– al competir con sociedades que no tienen estos mismos parámetros”. “Y ‘Virgencita virgencita que me quede como estoy’ es lo que más se escucha ahora”, relata gráfico.
¿Ideas de y para el siglo XXI?
Porque el conflicto Este-Oeste entre la democracia popular del comunismo y la liberal occidental es hoy un capítulo más en los libros de historia. Luego vino el debate sobre el fin de las ideologías de Francis Fukuyama en la década de 1990 y, en paralelo, la aparente falta de alternativas al neoliberalismo. Y para Vallespín, todo ello habría favorecido al populismo.
Y en esas estaríamos todavía hoy.
Él lo ve, por ejemplo, en los EE.UU. de Trump y en América Latina. Antes en Fortuyn y Holanda, Haider y Austria, Le Pen y Francia. E incluso en la España actual, donde “los nuevos partidos sí que tienen que estar asociados a un líder: Rivera, Iglesias-Errejón…”, asegura. “Iglesias acabó siendo la cara, aunque empezó como algo colectivo”, reclama. Por eso habla del paso de la “partitocracia” a la “democracia mediática” y, junto a esta, a la “digital”.
“Todo es más contingente y precario. Vivimos en un mundo acelerado, desbocado”, resume Casquete. Tanto como para que un partido que viene de la nada, como es La République en Marche! de Macron, ganara la presidencia y el mayor grupo parlamentario en Francia hasta llevar a la casi desaparición de los dos partidos tradicionales, el conservador y gaullista Les Républicains y al Partido Socialista.
Es el modelo nada novedoso del ‘catch-all party’
Es así que Macron y Trudeau son noticia y modelo.
La duda está en saber si son la regla o la excepción.
“Macron puede tener importancia para consolidar la Unión Europea e impulsar un nuevo proyecto europeo tras el Brexit. Pero puede fallar por las expectativas. Mira Obama”, señala Delgado.
Y le sigue Alcántara: “Macron es el primer presidente francés que se exhibe con la bandera francesa y la europea el día de su elección; ha visto que no hay una salvación nacional sino que se debe a la cooperación con los demás. Pero soy escéptico. Ya Tony Blair, que llegó al poder con 44 años de la mano de la Tercera Vía, intentó algo distinto que se quebró en la foto de las Azores y con todo lo que después le siguió”.
Vallespín, por su parte, concluye: “Hay menos líderes que personalismos. Pocos adoptan decisiones contrarias a las de sus votantes como sí hizo Felipe González con la OTAN o Helmut Kohl al abandonar el marco alemán por el euro. Sólo un líder se atreve a eso. Ahora son pelotas del estado de ánimo de la población”.
Macron destaca como la gran esperanza.
En Francia.
En Europa.
Pocos esperan un cambio radical.
Sin embargo, todos piden tiempo.
Hay menos líderes que personalismos. Ahora son pelotas del estado de ánimo de la población

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