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16 jul. 2017

La última victoria de Liu Xiaobo


Pablo M. Díez

Tras comprar el «silencio» de Occidente, el régimen chino es criticado ahora por la prisión y muerte del Nobel de la Paz 

Si el disidente y Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, ya era una amenaza para el régimen chino estando vivo, tras su fallecimiento puede ser incluso más peligroso. Su prematura muerte a los 61 años por cáncer de hígado, que le ha fulminado en dos meses mientras se pudría en prisión por reclamar democracia, le ha convertido en un mártir de la libertad en China. Tras haber «comprado» el silencio de Occidente por su poderío económico, el autoritario régimen de Pekín se ha ganado de nuevo una oleada de críticas internacionales por el encarcelamiento y muerte de Liu Xiaobo.
Intentando controlar su destino hasta el final, las autoridades organizaron ayer un pequeño y apresurado funeral solo para familiares. En las imágenes oficiales difundidas, su esposa, Liu Xia, aparece de negro ante el féretro del Nobel y acompañada de varios parientes. Tras la cremación de Liu Xiaobo, sus cenizas fueron depositadas en el mar dentro de una urna. Como punto final a esta tragedia, el hermano mayor del disidente, Liu Xiaoguang, fue obligado a aparecer ante los medios extranjeros agradeciendo al Partido Comunista y al Gobierno el trato al finado.
Pero la condena a once años a Liu Xiaobo por impulsar la «Carta 08» por la democracia, a todas luces injusta, y la agonía que ha sufrido desde la detección del cáncer en mayo han vuelto a la opinión pública mundial contra el régimen de Pekín por su creciente represión. Y lo habrían hecho también en China de no ser por la censura, que ha ocultado su muerte igual que hizo antes con sus reivindicaciones.

Sin poder salir al extranjero

Debido al estado terminal de su enfermedad, las autoridades le concedieron en junio la libertad condicional para trasladarlo de la prisión de Jinzhou, en la región norteña de Liaoning, al Primer Hospital de la Universidad Médica de China en Shenyang, capital provincial. Pero se negaron a dejarle salir del país para recibir tratamiento, como él y su familia pedían con insistencia, argumentado que no resistiría el viaje. Todo ello pese a que dos médicos extranjeros que lo visitaron, uno de Estados Unidos y otro de Alemania, aseguraron que podía hacerlo en un avión medicalizado.
Para intentar demostrar que estaba bien atendido, el régimen filtró las fotos de dicha visita. La sobrecogedora imagen de Liu Xiaobo en la cama rodeado de médicos, moribundo y con la boca abierta, provocó el efecto contrario y sacudió conciencias. Con una crueldad extrema, Pekín no le permitía ni siquiera morir en libertad.
Aunque Liu Xiaobo ya sabría a esas alturas que no le quedaban más que unas horas, quería que su esposa se marchase de China para recobrar su libertad. Bajo arresto domiciliario desde 2010, y privada de todo contacto con amigos, sufre una fuerte depresión que podría haber afectado sus facultades mentales. Al calvario de Liu Xia, que perdió a sus dos padres el año pasado, se suma el encarcelamiento en 2013 de su hermano, Liu Hui, por fraude. Una condena que muchos achacan a otra represalia del régimen.

El drama de su viuda

Tras la muerte de Liu Xiaobo, ha crecido la presión internacional sobre China para que deje exiliarse a su mujer, que ya ha sufrido bastante en sus 56 años de vida. Su amor por Liu Xiaobo, con quien se casó en 1996 en un campo de reeducación para poder visitarlo, es otro poderoso símbolo de su lucha contra la dictadura china. Cumpliendo los últimos deseos del fallecido, un funcionario de Shenyang anunció ayer que Liu Xia era «libre», pero necesitaba tiempo sola para guardar luto, informa el diario «South China Morning Post». Si finalmente puede largarse de China, será la última victoria de Liu Xiaobo.

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