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16 jul. 2017

Las izquierdas y el referéndum

La derecha conservadora y el centroderecha liberal son fácilmente reconocibles en España porque sus dos referencias –el Partido Popular y Ciudadanos– hegemonizan esos espacios ideológicos y estratégicos.
La izquierda en nuestro país hay que mencionarla en plural. Actúan muchas y muy diferentes, están fragmentadas y enfrentadas, coinciden unas veces –las menos– y discrepan –las más– y, en conjunto, están en crisis por ausencia de ideas claras y liderazgos eficientes. Catalunya y el proceso secesionista está descorriendo el velo de esta rea­lidad confusa en las izquierdas –catalanas y españolas– y ofreciendo un espectáculo que a cualquier elector razonable le conduce a la perplejidad. Esta dispersión de criterios de fondo en los partidos de izquierdas puede ser una de las variables que contri­buyan de forma notable al fracaso del 1 de octubre.
En el ámbito catalán el comportamiento de ERC ante el referéndum es jeroglífico. La purga de consellers llevada a cabo el viernes por Puigdemont revela, por una parte, que el ­president ha roto amarras con su partido (igual que el propio Mas que seguramente alienta proyectos distintos a los del PDECat) y que está dispuesto a sacrificarlo sea cual sea el coste de hacerlo, y, por otra, que al recabar a los más fundamentalistas de los exconvergentes, accede a la protección que Junqueras le exigía: una guardia pretoriana, unos consellers-bonzos, que se abrasen en la preparación y eventual ejecución colegiada de la consulta mientras él mantiene íntegras sus posibilidades futuras.
La ­crisis del Govern, con la expulsión de los más realistas –no de los “cobardes” como se ha llegado a afirmar– entrega a los republicanos la conducción en remoto del proceso incluso si este consti­tuye, como parece, un auténtico desastre que se llevará por delante a la organización que lidera tan discretí­simamente Marta Pascal. Al final –y tras el políticamente cruento episodio del pasado viernes– Puigdemont, un hombre del interior catalán, con un acentuado perfil carlista, un independentista romo, ha echado a la pira, a empellones de ERC, a la organización que representaba a las clases medias urbanas de la Catalunya más ilus­trada. Y éste, no sólo el referéndum y la independencia, era desde el prin­cipio el objetivo de los republi­canos. El aplauso de la CUP es ahora ensordecedor.
Es digno de estudio el posicionamiento de los comunes. Tomo del politólogo Mario Ríos, miembro del Consejo Rector del CEO, una radiografía de sus votantes, distribuida en un informe de Agenda Pública, bajo el título de Catalunya en Comú y la ­cuestión nacional. Escribe Ríos que “la mayoría” de sus votantes, “tomando como ejemplo los que tienen in­tención directa de voto por CSQP, apuestan por un Estado federal que dote de más competencias a las comunidades autónomas y por un reconocimiento nacional en el marco del Estado español, ya que mayoritariamente consideran insuficiente el nivel de autonomía del que dispone Catalunya.
La mayoría está en contra de participar en un referéndum que no sea acordado con el Estado y por lo tanto vinculante. Además, es importante también subrayar que el votante de la confluencia catalana no es independentista: la opción no supera ampliamente al sí. Sin embargo, cabe recordar que porcentajes significativos de los mismos están a favor de la unilateralidad o de la independencia”. No es fácil explicarlo mejor y sirve esta ­reflexión para entender los vaivenes de Colau después de la celebración de la reunión de la coordinadora de su ­partido, en la que 85 de sus 114 miembros se pronunciaron por reconocer el 1-O como una movilización sin consi­derarlo referéndum ni votación ­vinculante.
Todavía hay más confusión en Podemos y en su sucursal catalana. Las contradicciones constantes de Pablo Iglesias, las ironías de su escudero, Pablo Echenique, y la disidencia de la dirección catalana de la organización remiten necesariamente al libro del catedrático de filosofía José Luis Villacañas (El lento aprendizaje de Podemos, editorial Catarata) en el que se formula una implacable crítica al liderazgo errático, caudillista y resentido (sic) de Pablo Iglesias, que está teniendo la rara capacidad de deshilvanar los de por sí precarios lazos entre el núcleo duro del partido y sus confluencias. Para Podemos, el referéndum es una movilización y, en mayor medida que para los comunes, significa una oportunidad de zarandear el sistema aprovechando la oportunidad que les ofrece el secesionismo catalán, banderín de enganche para propósitos revanchistas sobre el actual sistema que no coinciden con el propósito del proceso soberanista y, más aún, lo debilitan.
El caso del PSOE y del PSC es distinto y habrá que dejar reposar las propuestas que Sánchez e Iceta plantearon el pasado viernes (una jornada en la que el secesionismo alcanzó su máxima radicalización), especialmente, en los aspectos contradictorios que atañen al modelo territorial. Pero sí puede adelantarse que los socialistas también incurren en ventajismo. Su posicionamiento ante el 1-O tiene un carácter testimonial importante, pero sobre todo una intención táctica que consiste en granjearse un carácter referencial en la izquierda y establecer distancias con el Gobierno.
El referéndum es ilegal, la soberanía nacional reside en la nación española, pero no hay solidaridad con la posición inmovilista del Ejecutivo ni con su discurso legalista y activo sólo en la judicialización del conflicto. Se trata, sí, de aproximar soluciones futuras a la cuestión catalana, pero especialmente de resituarse en el espectro en el que el socialismo, español y catalán, mantiene dificultosamente su hegemonía. De ahí que quepa concluir que las izquierdas, con la excepción de ERC, no son secesionistas pero no por ello dejan de rentabilizar el esfuerzo de las que lo son para fines muy distintos a la independencia de Catalunya. El 1-O concita todos los oportunismos. Por eso saldrá mal.

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