Yo mismo con mi turismo

15 jul. 2017

Temblad malditos, temblad*


Carles Puigdemont ha empezado a hablar de miedo. No en el sentido de que lo hace muy bien, sino en el otro, el que equivale a temor o canguelo. Y sus huecas palabras y las de quienes a ello responden como, por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría, dan risa.

El 1 de julio, Puigdemont se descolgó diciendo en un acto de afirmación de la AMI, que el gobierno de Rajoy ha pasado de “hacer mofa de nuestro compromiso, a la amenaza, con el objetivo de atemorizar a los partidarios de convocar el referéndum”. De ahí, de “atemorizar”, dedujo que “nos tienen miedo de lo que podamos decir y decidir”, que no es lo mismo que atemorizar, sino todo lo contrario y acabó, alentado quizá por el ardor de la compañía, lanzando un: “¡Y más miedo daremos!” No especificó, claro, a quiénes se refería con ese “daremos” ¿A él mismo y a Oriol Junqueras? ¿A algunos más de su gabinete? ¿A Junts pel Sí? ¿A Junts pel Sí y la CUP?, ¿A los que a ellos les votan? ¿A todos y cada uno de los catalanes?

En cualquier caso, cabría preguntarse porqué vamos a dar miedo, cómo lo daremos e incluso si esto del miedo tiene algún sentido. ¿O es que Puigdemont, en un arranque de su subconsciente, estaba pensando en realidad en el miedo que da exponerse, por ejemplo, a arriesgar el patrimonio, como expresó el fulminado conseller Baiget? Y desde luego, miedo es lo que en la administración autonómica da firmar cualquier cosa ¿Porque se pueda acabar empurado por algún tribunal? Desde luego. Pero acaso también porque la firma compromete con algo que no se ve nada claro o porque, como dicen los notarios, en los documentos hay mucha letra pequeña que oculta la trampa.

Puede ser que, influido por el do de pecho de Puigdemont o para contrarrestarlo, fue por lo que el concejal del PDECat en el Ayuntamiento de L’Escala, Martí Guillem Sureda, organizó al cabo de pocos días unas maniobras militares en un camping de su propiedad. El operativo reunió a numerosos clientes en la zona de la piscina del camping, desde se pudieron ver las maniobras. Y las fotos circularon, llegaron a los medios y, con gran precipitación y mendacidad (como el propio “procés”), fueron difundidas por los afectos a la causa, haciendo ver que ya teníamos a los uniformados en la costa, para dar miedo.

Donde, desde luego, no hubo miedo, sino al revés, fue en el acto de entrega de los despachos a 485 sargentos en la Academia militar de Talarn, en el Pallars Jussà, que tuvo lugar el 4 de julio. Allí se dieron cita el rey Felipe VI, la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, y la hasta hace poco consejera de Presidencia, Neus Munté, que entregó una réplica de la espada de Jaume I El Conquistador al número uno de la promoción. Todo un evento, que culminó con el cinematográfico lanzamiento de las gorras al aire.

Tampoco el 10 de julio hubo miedo, con ocasión del acuerdo de integración de los Mossos d’Esquadra en el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), estupendamente ilustrado por una foto de Massimiliano Minocri, publicada en El País, en la que aparece un primer plano de Carles Puigdemont y el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido, en amigable compañía, exactamente con los mismos trajes y las mismas camisas. Detrás, tricornios y gorras de plato certifican la sintonía. El fructífero compromiso, que también contempla la ampliación de plantilla de la policía catalana, 600 millones de incobrados, etc, fue tomado en la celebración de la Junta de Seguridad de Cataluña, que no se reunía desde hacía ocho años.

¿Habrán sido acaso las palabras de Puigdemont sobre el miedo, las que han desencallado una cuestión tan significativa como el acceso de los Mossos a Europol? ¿Será que el dinero y el poder no tienen nada que ver con el “procés”? ¿Y a todo esto, qué dicen por ejemplo Esquerra y la CUP?

(*) Referencia a la película de Sydney Pollack, Bailad malditos, bailad, ambientada en Estados Unidos, en plena época de la Gran Depresión. En medio de una terrible miseria, gentes desesperadas, de toda edad y condición, se apuntan a una maratón de baile con la esperanza de ganar el premio final de 1.500 dólares de plata y encontrar, al menos, un sitio donde dormir y comer. Mientras los concursantes fuerzan los límites de su resistencia física y psíquica, una multitud morbosa se divierte contemplando su sufrimiento durante días.

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