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7 jul. 2017

Trump contra casi todos

FELIPE SAHAGÚN
Con el temor de que se convierta en una cumbre de 19 contra 1 (Donald Trump) y de que los recelos personales oscurezcan el comunicado y la declaración finales negociados durante meses, la canciller alemana, Angela Merkel, acoge en su ciudad natal de Hamburgo a los dirigentes de las 20 economías más grandes del planeta.
Lo que se conoce de los borradores, que seguían discutiéndose en la cena del jueves, es un espejo fiel de un mundo G-0 (cada uno por su cuenta), bloqueado por profundas divergencias cruzadas (transatlánticas, entre EEUU y China, entre EEUU y Rusia, entre Rusia y Europa...) que hacen muy difícil la adopción de respuestas comunes y eficaces tanto a los grandes desafíos globales como a los retos de seguridad más urgentes.
Salvo cambios de última hora, la propuesta del presidente chino, Xi Jinping, respaldada por Moscú, de una doble moratoria -de pruebas nucleares norcoreanas y de maniobras militares de EEUU y Corea del Sur- es tan inaceptable para Washington y Seúl como las nuevas sanciones propuestas por París y Washington para Rusia y China.
El primer encuentro personal de Trump con el presidente ruso, Vladimir Putin, se ha retrasado y complicado tanto que resulta difícil esperar concesiones de calado en ninguno de los conflictos más graves en disputa, empezando por Ucrania, la guerra de Siria y la ciberseguridad.
Los países asistentes, entre los que sigue estando España -que a pesar de no haber entrado cuando se fundó, logró una silla 10 años después como invitada gracias a los esfuerzos diplomáticos del primer Gobierno de Rodríguez Zapatero-, representan hasta el 80% del producto interior, el 75% del comercio y dos tercios de la población del planeta.
El G-20 no tiene sede, trabaja alrededor de las cumbres anuales, decide por consenso y carece de instrumentos para asegurar el cumplimiento de sus resoluciones.
Lo que nació en 1999 como una reunión ministerial de potencias grandes, medianas y pequeñas del norte y del sur para abrir una cortafuegos en la crisis asiática dejó paso a una cumbre decisiva en los últimos meses de George Bush para responder a la crisis financiera de 2008 y, tras frenar la peor crisis económica desde 1929 con unos 4 billones de dólares y algunas reformas sistémicas, ha ido languideciendo.
Los 20.000 policías, 18 helicópteros, 185 perros y 3.000 vehículos desplegados en Hamburgo para garantizar la seguridad de la cumbre refleja la preocupación por posibles disturbios y atentados en una Europa que, como recordaba el miércoles Fernando Reinares en el Real Instituto Elcano, ha sufrido más de 30 atentados, con unos 300 muertos, en los últimos tres años.
Tanto o más que el terrorismo de origen yihadista preocupan las manifestaciones de protesta, unas treinta, que se vienen sucediendo desde el pasado domingo tras la decisión de Merkel de autorizarlas en una muestra de los mejores valores europeos ante el creciente número de autócratas en el seno del G-20.
Lejos quedan los congresos o grandes conferencias internacionales, como el Congreso de Viena (1814-1815), París (1919) o San Francisco (1945), en los que se construyeron los cimientos (en Viena y San Francisco con éxito, París fue un fracaso) de nuevos sistemas internacionales.
En un mundo interconectado, donde los encuentros de los dirigentes son rutina y algunos presidentes, como Trump, son adictos a las redes sociales y ningunean la diplomacia, las alianzas y el multilateralismo, son difíciles las sorpresas.
El reto hoy es salvar lo mejor del sistema internacional de la posguerra, empezando por el libre comercio, y el acuerdo político anunciado el jueves entre Japón y la UE en Bruselas para cerrar en los próximos meses el tratado que negocian desde 2013 es un mensaje inconfundible a Washington.
Si se cumplen los pronósticos más pesimistas, la cumbre del G-20 en Hamburgo pondrá en evidencia la soledad y el descrédito del presidente estadounidense.
Una soledad relativa si tenemos en cuenta la "cumbre de los tres mares" organizada por Polonia en su honor el jueves con los dirigentes de Europa central y oriental, ante quienes se comprometió a defender sus intereses frente a Rusia.
Si el liderazgo mundial lo medimos por el mejor o peor cumplimiento de la Agenda de Desarrollo Sostenible aprobada en septiembre de 2015, los mejores modelos son los cuatro países nórdicos, Alemania y Francia.
En uno de los mejores y más recientes estudios sobre el grado de cumplimiento de los 17 objetivos y 169 metas concretas de la Agenda en medio ambiente, paz, crecimiento, igualdad, justicia..., de la Fundación Bartelsman y la Red SDSN, los EEUU quedan en el puesto 42, Rusia en el 62 y China en el 71.
Como ejemplos, dejan bastante que desear. El estudio confirma la gran oportunidad, si es capaz de aprovecharla, de Europa para ocupar los espacios que van dejando los EEUU.
Que lo aproveche o no depende mucho de Merkel y de cómo se concrete el compromiso con el presidente francés, Emmanuel Macron, de relanzar la locomotora París-Berlín, que tiene en la negociación del Brexit su primera gran prueba y, a la vez, oportunidad.
En el puesto 25 del mundo y el 18 de la UE, España, sin menospreciar su buena reputación en el exterior, tiene aún margen para aprender y mejorar.
Con su retirada unilateral del acuerdo de comercio del Pacífico (TPP) y del acuerdo de París sobre el cambio climático, y su desprecio irresponsable de los esfuerzos de los aliados en la OTAN, Trump ha avivado ese proceso, iniciado a finales del siglo XX por Clinton a pesar de su retórica universalista, y acelerado por Obama con sus pivotes asiáticos, sus líneas rojas en Siria, su paciencia estratégica con Corea del Norte, su desconfianza de Europa y su liderazgo desde atrás en Libia.
Según los autores del citado estudio, las tres amenazas principales para un mundo más estable y seguro hoy no son Corea del Norte, Siria, Al Qaeda o el Estado Islámico, sino el nacionalismo, el proteccionismo y las estrategias basadas en "mi país primero".
Por las divisiones entre sus miembros principales, el G-20 de Hamburgo no pasará desde luego a la historia por acuerdos decisivos sobre ninguno de esos retos, pero, como ha señalado el profesor de Oxford Tristen Naylor, podría convertirse en "el símbolo del fin del liderazgo mundial de Estados Unidos".
Un peligro es que los compromisos del G-20 queden eclipsados por los delicados pulsos bilaterales entre los seis grandes (EEUU, China, Rusia, Almania, Francia y Japón), más preocupados por sus intereses nacionales y por conseguir grandes contratos para sus multinacionales que por abanderar una agenda global con un coste previsto de unos tres billones de dólares por año.
La cumbre no habrá sido inútil si, en los encuentros bilaterales, Trump y Putin sientan las bases para una salida diplomática del avispero sirio, Trump y Xi logran una estrategia más eficaz y menos peligrosa frente al desafío nuclear de Corea del Norte, y Trump y Peña Nieto consiguen un acuerdo de mínimos para superar sus profundas diferencias sobre comercio, migración y lucha contra el narco.

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