Yo mismo con mi turismo

31 jul. 2017

Zurda fobia a España



JORGE BUSTOS
Entre Pedro y Susana ha estallado la paz, y lo sentimos. Su pelea era la última esperanza que nos quedaba de limitar algún día el número de naciones que contiene España. Ahora proliferarán las soberanías al norte de Despeñaperros, cada una con su hecho diferencial y su identidad histórica, que es la manera genial que ha encontrado Sánchez de llenar la España vacía. A falta de individuos físicos, la va a petar de espectros nacionales. Cada mañana los españoles actualizaremos en el teléfono el diseño territorial del Estado, igual que consultamos la previsión meteorológica, más que nada para no invadir a nadie sin querer al salirnos de la M-50.
A la amenazada especie del socialista ilustrado -ese lince ibérico atropellado una y otra vez por el sanchismo- le frustra la degradación de su vieja sigla. Por eso se va Madina. Pero antes de derramar lágrimas socialdemócratas debería preguntarse por el momento exacto en que empezó a joderse el PSOE, vencido hoy bajo el peso de una letal hispanofobia que se remonta -como explica María Elvira Roca- a la traición de los afrancesados, ganados por rencor o por dinero para la causa extranjera de la leyenda negra. A Pedro Sánchez no le cabe siquiera el mérito de resultar original o decisivo en el natural progreso de ese daño; lo único que él ha descubierto es una capa desconocida de dureza en el rostro vulgar del trepa ibérico.
En realidad, tampoco la izquierda española está sola en su complejo nacional. Durante el proceso de descolonización de Argelia, el argelino no independentista que fue Camus constató, melancólico: "La derecha ha concedido a la izquierda los derechos exclusivos de la moralidad y ha recibido a cambio el monopolio del patriotismo. Francia ha perdido por duplicado". Y ese fue el pacto del que aún viven todos los bipartidismos occidentales: la derecha relajó la moral, la izquierda aceptó el orden. Lo más parecido a un propósito de enmienda patriótica en la izquierda no ha venido del PSOE sino de Errejón, que al fin se ha atrevido a cuestionar la antipatía irracional que en su bando despierta la mera idea de España. Ojalá más Camus y menos Laclau.

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