Yo mismo con mi turismo

6 ago. 2017

6 claves sobre la tormenta turística que vive Barcelona

Patricia Castán

Los brotes de turismofobia, aunque minoritarios, constatan que la ciudad no logra domar el turismo

Tras frenar el crecimiento de camas, la gestión del incivismo y de la descentralización siguen pendientes

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Hay veces que es peligroso pedir un deseo y que se cumpla. Sucedió cuando la Barcelona postolímpica quiso sacar rédito de sus nuevas infraestructuras y popularidad mundial para convertirse en destino de referencia. El saldo son unos 30 millones de visitantes anuales que están poniendo a prueba la capacidad de la ciudad para digerirlos en un verano especialmente caliente. Porque la ciudad sigue cabalgando hacia nuevos récords este verano por pura inercia. No hay campañas buscando viajeros a destajo (solo se cultivan explícitamente los segmentos de interés), pero estos crecen (en menor porcentaje que en Catalunya o España), dando paso a peligrosos brotes de turismofobia local. Otro deseo peligroso que podría acabar mal si todo el turismo (también el bueno) se marcha a su casa como le piden en las pintadas: “Tourist go home”.  

1- ¿QUÉ PASA ESTE AÑO?

En el 2016 el aumento oficial de turistas fue del 5,6%, medido sobre la cifra de turistas alojados en hoteles (9,06 millones). Casi otros tantos eligieron pisos turísticos y otros tipos de alojamiento. La ciudad es un destino de moda por el archiconocido mix de buen clima, cultura, arquitectura, ocio y negocios, pero por encima de su gancho está reimpulsada por el boom turístico que vive España (aumentó un 6,7% el año pasado) como consecuencia de la recuperación económica y los conflictos que han amputado el turismo que iba a Turquía, Túnez o Egipto, entre otros destinos. Este llamado ‘turismo prestado’ es transitorio y desaparecerá cuando se estabilice la situación internacional. Catalunya ganó un 8,1% de viajeros en el 2016 y mantiene la línea ascendente. Como un pez que se muerde la cola, el auge ha llevado a muchos catalanes a dar un uso turístico a sus propiedades, multiplicando las plazas y diversificando los precios por toda la costa y hasta municipios de interior cercanos a Barcelona: con semejante oferta el destino encaja tanto para el lujo como para bolsillos low cost.

2- ¿HAY SATURACIÓN LÍMITE EN ALGUNOS BARRIOS?

Las plazas hoteleras representan -según los datos recopilados para crear el plan especial urbanístico de alojamiento turístico (PEUAT)- el 45,6% de las camas de la capital catalana. Pero las ubicadas en pisos turísticos alcanzan ya otro 40%, que han eclosionado apenas en unos años. El resto se reparten en albergues, residencias y hostales. Sucede que el 37,3% de quienes pernoctan se quedan en el Eixample, mientras que el 17,6% lo hace en Ciutat Vella y el 14,3% en Sant Martí, los tres distritos con más colchones y presión viajera. Y las tres zonas coinciden también en aglutinar la mayor parte de los intereses turísticos, en forma de iconos culturales o playas, con lo que soportan una brutal intensidad de uso tanto de los que allí duermen como de los casi 14 millones anuales de visitantes de un día. A estas cifras hay que agregar los pisos turísticos ilegales, obviamente más presentes en las zonas cotizadas. El año pasado la ocupación rondó el 95% en pisos y hoteles. La moratoria ha cortado el grifo hotelero, pero había licencias previas que este año han traído una docena de nuevos hoteles y con ellos más capacidad de alojamiento. Y en los dos próximos años aún se mantendrá ese ritmo, aumentando la presión de la convivencia, si no mejora la sección. Los vecinos de barrios afectados piden más recursos contra la ilegalidad y el incivismo. 

3- ¿SE HA DISPARADO LA TURISMOFOBIA?

El latido antiturismo lleva tres años acelerándose en los barrios masificados de viajeros (Gòtic, Barceloneta, Born, Sagrada Família, entorno del parque Güell…). Durante la crisis y con el paro desbocado, la recuperación del turismo en el 2010 –había caído durante dos años- fue bien recibida por la ciudadanía. Pero esa misma recesión llevó a muchos barceloneses a sacar tajada del turismo y detonó el superauge de las viviendas de alquiler por días. Cuando se cortó el grifo de las licencias en el 2014 ya había 9.664, que suponen 58.951 camas y muchas más ilegales. El gran aumento de la capacidad de alojamiento y los evidentes roces al albergar sin control a millones de turistas en escaleras de vecinos dieron mucha más visibilidad cotidiana al viajero y sus excesos, de haberlos. Se gestó un malestar que en verano del 2014 sacó a los vecinos de la Barceloneta a la calle y desató la guerra al alojamiento ilegal, que tarda en dar frutos. Posteriormente surgieron plataformas contra el crecimiento turístico, se organizaron manifestaciones (modestas) y empezaron a verse pintadas antiturismo en diversos barrios.  Las agresiones se han agravado este año, con al menos media docena de casos de roturas de cristales, pintadas o lanzamientos de huevos a hoteles la pasada primavera en el marco de manifestaciones. Hasta los incidentes de esta semana, contra el Bus Turístic bicis de alquiler (que suman ya cientos de incidencias en lo que va de año) reivindicadas por el grupo Arran, vinculado a la CUP. Los brotes de vandalismo son una minoría entre esa minoría cabreada, con un fuerte componente ideológico, pero amplifican la sensación de turismofobia a nivel general.

4- ¿CUÁLES SON LOS ÚLTIMOS DETONANTES?

A esa mayor presencia de huéspedes y visitantes en algunos barrios se suma el auge de los alquileres en el último año y medio (entre el 9 y 18% según las fuentes). El propio ayuntamiento corresponsabiliza a los pisos turísticos de reducir la oferta residencial, que se queda corta ante la demanda, y por consiguiente impulsa aumentos de precio en las rentas tradicionales. El sector se defiende aduciendo que de los casi 300.000 pisos destinados al alquiler en Barcelona, 'solo' 9.664 son legalmente pisos turísticos, más unos 6.000 ilegales. Aunque en paralelo hay dos de cada tres compradores de vivienda en algunos barrios son inversores que quieren alquilar por meses (no es necesario licencia) y encuentran un gran negocio en los extranjeros que vienen por temporadas.
Pero otro ingrediente principal del cabreo es lo que se considera la ocupación del espacio público y los servicios. Molesta que dos app de alquiler de bicis para viajeros utilicen los anclajes públicos como punto de recogida, que los buses y metro que llevan al centro y a las playas estén a reventar de turistas que se benefician de la T-10 subvencionada y que el propio litoral esté tomado. Si encima se adereza con dosis de incivismo aparece el rechazo.

5- ¿HACE LO BASTANTE EL AYUNTAMIENTO?

El gobierno de Ada Colau, al que la oposición culpa de haber alentado la sensación de turismofobia (desde algunas movilizaciones ciudadanas hasta su cruzada contra la hotelería) ha impulsado este año el PEUAT, que limita a los barrios periféricos el crecimiento (muy controlado) de camas; ha redoblado la guerra al alojamiento ilegal, con más de 2.000 órdenes de cierre (muchos en trámite) y la patronal de pisos Apartur afirma que tras las inspecciones y denuncias se ha reducido en 1.076 pisos la ilegalidad. Amén de lograr que se vayan retirando los anuncios sin licencia en portales de reserva como Airbnb. En cuanto a movilidad, se ha eliminado el estacionamiento de autocares en la Via Laietana y ordenado en la Sagrada Família, entre otras medidas. El ayuntamiento también ha conseguido recaudar el 50% de la tasa turística que impone el Govern, que grava a los viajeros que pernoctan y a los cruceristas en escala, a los que muy pronto se sumarán los excursionistas que llegan con turoperadores en autocar. Pero quedan sin gravar los millones de excursionistas que llegan en tren, los vecinos reclaman más mano dura contra los excesos en la calle y los expertos que han participado en el plan estratégico de turismo 2016-2020 apoyan políticas más decididas de descentralización del turismo, apenas visible en algunos barrios. Las tímidas rutas culturales en barros más periféricos se quedan cortas. 

6- ¿SE PUEDE SALVAR EL CONFLICTO DE INTERESES?

Según los sondeos municipalesel turismo es el principal problema de la ciudad (para el 19% de ciudadanos). Y ya son mayoría (un 48,9%) los que creen que se está llegando al límite de capacidad. Aunque un 86,7% lo sigue viendo beneficioso para la ciudad. El turismo tiene un impacto en Barcelona de entre 7.660 y 9.192 millones de euros al año, en torno al 12% del PIB. Obviamente beneficia a la hotelería, la restauración, el comercio y los servicios, pero también a cientos de actividades que dependen de estas y que se derivan de los miles de empleos directos y una proyección mundial que redunda en nuevas oportunidades, por no hablar del turismo de negocios, que es casi un tercio del total. El sector empresarial -en pie de guerra- (y los expertos) creen que no se han sabido transmitir los beneficios y, por contra, se ha hablado mucho de las externalidades que ciertamente sufren los barceloneses: pérdida de identidad local, invasión del espacio público, especulación inmobiliaria, molestias, afectación al comercio de barrio... El Consell Turisme i Ciutat tenía que ser una vía de diálogo, pero el sector se siente poco representado. Políticamente, también faltan voluntad y consenso por encima de partidismos y postureo ideológico para evitar morir de éxito. Y en la calle hay división. Amor y odio. 

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