Yo mismo con mi turismo

10 ago. 2017

Alfonso Guerra



LUIS MARÍA ANSON

Admiré siempre a aquel Alfonso Guerra barbado y esquivo que luchaba en Sevilla, enamorado del teatro, por abrir cauces a la escena nueva. Después, tras la victoria socialista por 202 escaños en las elecciones de 1982, se convirtió en vicepresidente del Gobierno y respaldó, mientras le dejaron, al más importante hombre de Estado que ha tenido España en el siglo XX, Felipe González, como Cánovas lo fue en el turbulento XIX.
Tuve ocasión de compartir con Alfonso Guerra en 1985 las jornadas vividas en Oviedo para otorgar el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Le propuse como presidente del Jurado y la verdad es que estuvo impecable. No era papeleta fácil para el político. Formábamos en aquel Jurado gentes caracterizadas en la república de las Letras y con acerado sentido crítico. Alfonso Guerra estuvo discreto, respetuoso siempre con las opiniones de todos, moderado y prudente. Sin el menor alarde, demostró un notable conocimiento de la Literatura de aquella época. Me parece que el vicepresidente votó en favor del poeta que resultó ganador del Premio: Ángel González, el autor inolvidado de Áspero mundo. Manuel Alvar, Emilio Alarcos, Álvaro Pombo y Manuel Seco, que estaban también en el Jurado, comentaron conmigo la seriedad de Alfonso Guerra en el análisis literario. Así lo reconocí en un artículo y lo hice con satisfacción porque lo habitual en los políticos cuando se mueven en el mundo literario es la soberbia y la ignorancia.
Todavía recuerdo a aquella exministra a la que una periodista mordaz le preguntó qué le había parecido El dinosaurio de Augusto Monterroso.
- Precisamente lo estoy leyendo ahora -contestó la entonces ministra-. Lo empecé el fin de semana pero con tanto ajetreo voy por la mitad.
Ninguno de los que la escuchábamos alteró el semblante. 'El dinosaurio' es el cuento más corto de la historia de la Literatura en español. Dice así: "El dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Claro que tampoco se quedó manca otra exministra en la sobremesa de un almuerzo en el que se empezó a hablar de Martin Heidegger. Un novelista, siempre de mala baba y de esquinada intención, le preguntó:
- Señora ministra, tanto hablar de Heidegger y no sabemos si ha leído usted El ser y el tiempo.
- No -contestó la ministra-. No lo he leído pero he visto la película, que me pareció bastante buena y muy interesante.
El procedimiento que ha seguido Pedro Sánchez para prescindir del que fue vicepresidente de un Gobierno en el que trabajó codo a codo con el hombre que engrandeció al centenario Partido Socialista, no ha podido ser más miserable. El rencor y la venganza son consejeros estériles en la vida política. Alfonso Guerra ha demostrado un gran señorío, al mejor estilo andaluz, al colocarse por encima de la purga que ha sufrido y que le ha expelido de la Fundación Pablo Iglesias. Pero yo, que apenas le conozco y que políticamente le he combatido durante muchos años, me sumo a la lamentación de tantos socialistas equilibrados y razonables, asombrados unos, indignados otros, ante la mezquindad del nuevo secretario general del PSOE.

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