Yo mismo con mi turismo

11 ago. 2017

El Bloque y la Muleta

Peru Erroteta

Puede sonar esto a enunciado de alguna de las leyes de Newton sobre equilibrio y aceleración, historia de terror gótico o simple cuento chino, pero como estamos en agosto se trata solo de una licencia metafórica a la hora de titular, para referirnos a Junts pel Sí (El Bloque) y a las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) que, a modo de muleta, le permiten seguir caminando.

Es ya casi legendario aquel abrupto desencuentro que el 20 noviembre de 2012 escenificaron el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, por un quítame allá esas pajas de pacto fiscal, que por cierto no sentó nada bien a los vecinos del norte (PNV), que fueron tildados de privilegiados. A su retorno a territorio catalán, agraviado, Mas anunció a bombo y platillo que rompía la baraja y se pasaba con armas y bagajes al independentismo ¿Fueron solo las calabazas de Rajoy las que explicaban la espantada o hubo algo más?

A cinco años vista, los observadores aún no están todos de acuerdo en explicar por qué Convergencia abandonaba el confortable espacio del autonomismo, que tan buenos frutos le había venido dando a lo largo de los años, para embarcarse en una empresa tan temeraria como la independencia. Para algunos, el asunto solo fue natural consecuencia de un cambio que venía produciéndose desde hacía tiempo en el nacionalismo conservador catalán, capitaneado por los herederos de Pujol (naturales y políticos), quizá tentados por hacerse de una vez con todo el pastel, en vez de andar pactando porciones.

Hay quienes sostienen que el movimiento respondió a un intento de lavar la imagen de Arturo Manostijeras, que tan a pulso se había ganado con la crisis. Tesis no muy descaminada si se recuerda la devoradora ansiedad con que el gobierno de la Generalitat atacó por tierra, mar y aire todos los reductos de nuestro menesteroso Estado de bienestar en Cataluña y el apoyo que brindó en el Congreso de los Diputados a las políticas del PP.

Para muchos, el gesto fue algo sencillamente desesperado para tapar, desviar o camuflar lo que se les venía encima, a él, a su partido y a sus colegas, con la corrupción. Algo que, a ojos de lo que hemos visto, podría parecer entonces un juego de niños.

Por alguna de estas razones, todas ellas, y otras muchas que quizá se irán destapando (entre las que no faltarán las de índole caracteriológica) Artur Mas debió calcular que, en cualquier caso, el hecho de maximizar su nacionalismo le iba a reportar, como bálsamo de fierabrás, grandes réditos políticos a corto plazo. De allí, aquella travestización de Manostijeras en Moisés, en las elecciones de 2012, creyendo que tenía la mayoría absoluta al alcance de la mano. Pero la cosa pinchó y Mas, con cara de póquer, en vez de salir pitando del territorio independentista no tuvo mejor ocurrencia que adentrarse en él, calculando sin duda que era pan comido meterse en el bolsillo a los cuitados de Esquerra.

Así llegó el Bloque, que con el nombre de Junts pel Sí volvió a presentarse a las elecciones, con la seguridad de que ahora estaba cantada la victoria. Y de nuevo, a pesar de la ley electoral que juega descaradamente a su favor, volvieron a perder. Providencialmente, allí estaba la CUP para sacar del atolladero al Bloque que, para salvar el pellejo, tiene que sacrificar a Artur Mas, mediante el paso al lado. Y, como las desgracias nunca vienen solas, Convergència enfiló su particular Gólgota: ocaso de Pujol, quiebra de la coalición con Unió, desfile de imputados por corrupción.., hasta la transmutación de Convergència en PDECat. Entretanto ERC, los aborígenes que iban a ser engullidos en un plis plas, permanecen rezongantes, vivos y coleando, dando testimonio de que el original siempre parece gozar de preferencias frente a la copia.

¿Y la Muleta? Pues eso, apuntalando al renqueante Bloque y jugando a la alquimia, si es que lo siguen haciendo, de intentar juntar liberación nacional y social, como lo hacían sus mentores de la izquierda abertzale (patriótica). Muleta, en fin, que no solo ofrece soporte a un Bloque más o menos patriótico, sino que lo hace a sabiendas de que quien detenta su presidencia y el partido del que forma parte constituyen teóricamente lo más aborrecible políticamente para un cupaire que se precie ¿O es que acaso por un proceso de autodepuración, como el de un curso de agua después de un episodio de contaminación orgánica, la CUP ha soltado su lastre social y es ya solo un grupúsculo acoplado al Bloque? Y, colorín colorado, este cuento de verano se ha acabado.

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