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4 ago. 2017

El independentismo reduce su base social en lugar de ampliarla

Joaquín Romero

El principal objetivo de los promotores de la independencia desde que fracasó lo que estaba llamado a ser el plebiscito de las autonómicas de 2015 fue ampliar las bases del soberanismo; sumar voluntades al proyecto de ruptura con España para conseguir la mayoría que no se había obtenido entonces.
Seguramente hay muchas razones que explican por qué transcurrido año y medio desde la formulación de aquel propósito, la aceptación popular de las tesis del independentismo merma en lugar de crecer. Se pueden apuntar algunas.
Cuando el CIS de la Generalitat –el CEO-- apuntaba en julio que la distancia entre quienes no quieren una Cataluña independiente y los que sí es de ocho puntos, el doble que unos meses antes, lo que hacía era poner negro sobre blanco el retroceso de un fenómeno que había crecido en paralelo a la recesión económica, pero que ahora va para atrás. No es que sea el suflé con que algunos soñaban, aunque por fuera se le parece.
Un Govern apoyado por algo menos del 48% de los votos de las elecciones de 2015 ha tomado decisiones de gran calado para las que no tenía un mandato directo ni apoyo suficiente y se ha enfrentado a otras instituciones del Estado creando conflictos donde no los había. Esa forma de gobernar, que ha dilapidado parte del capital de que disponía el soberanismo, escandaliza a cualquier persona sensata.
En lugar de estudiar qué ocurre en la sociedad catalana y actuar en consecuencia, quienes dirigen la Generalitat promueven una huida hacia delante que cada día les aísla más, sobre todo cuando al otro lado del tablero tienen a un Estado que apenas actúa, como le reprochan los hiperventilados ansiosos de espectáculo, pero que les vence.
La semana pasada, la CUP, que trata de tomar la iniciativa del procés ante su evidente falta de liderazgo, el agotamiento de Carles Puigdemont y la estrategia parsimoniosa de Oriol Junqueras, quiso elevar un grado más la tensión y se propuso hacer un escrache a la Guardia Civil en uno de sus cuarteles de Barcelona, como en otras ocasiones había hecho al PP, a Ciudadanos y al PSC.
El tiro le salió por la culata: acudieron más defensores de la policía que radicales antisistema y, aunque algunos hayan caído en la tentación de descalificar como fachas a quienes les plantaron cara, lo cierto es que fue una reacción espontánea e inédita en Cataluña que merece una reflexión.
Ya lo dijo también el CEO de julio: la Guardia Civil, como los Mossos d’Esquadra y el Cuerpo Nacional de Policía, generan más confianza entre los catalanes que el propio Govern.
La presión --o lluvia fina, por decirlo de forma más suave-- que el mundo soberanista proyecta sobre la sociedad catalana desde los medios de comunicación que controla (la mayoría) y desde la propia Generalitat no ha dado los frutos que se perseguían. Aparentemente, el resultado es justo el contrario.

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