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12 ago. 2017

El relato plurinacional

MANUEL ARIAS MALDONADO
Han sido días arduos para quienes tratan de dar un sentido preciso a la propuesta de la nueva dirección socialista sobre la organización territorial del poder: esa plurinacionalidad sobre la que habría de girar la futura reforma constitucional. Cristina Narbona afirmó que tenemos pendiente hacer pedagogía sobre la naturaleza del federalismo, para a continuación posponer ella misma el inicio de las lecciones diciendo que su partido es federalista y también "el partido de la igualdad"; después, Carmen Calvo puso a Alemania y Estados Unidos como ejemplo de países plurinacionales. Siguen así las risas ante el galimatías conceptual de la temporada. Pero, ¿y si buscar coherencia teórica en la plurinacionalidad fuese un error, porque el concepto opera en un nivel donde esa coherencia no sirve para nada?
Se ha dicho aquí en alguna ocasión: el federalismo genera desigualdad y no se pueden defender al mismo tiempo el federalismo y la igualdad. Dicho de otra manera, la desigualdad es el precio que se paga para hacer federalismo allí donde se entiende necesario. Es verdad que esa desigualdad admite distintos grados, según el reparto de competencias. Un partido podría así dedicarse a defender un federalismo lo más igualitario posible, ejerciendo como "partido de la igualdad" dentro de un régimen federal. A fin de cuentas, los conflictos entre el poder federal y sus partes componentes son inevitables, como muestra la lista de asuntos con los que lidia el Tribunal Supremo norteamericano. Más discutible es, por cierto, la creencia de que todo federalismo termina siempre por otorgar más poder a sus partes componentes: recordemos la facilidad con la que Dillinger evitaba la cárcel atravesando fronteras en los violentos años 20 hasta que llegó el FBI y mandó parar. O el debilitamiento del Bundesrat, cámara de representación territorial alemana, tras la reforma de 2006.
Dicho esto, la plurinacionalidad es menos un concepto sólido que un relato fluido, una narrativa política cuya finalidad es persuadir a los ciudadanos de que existe la oportunidad de contener al nacionalismo independentista dando forma a un federalismo de fuerte contenido simbólico. Parafraseando a Umbral, el ciudadano que oye en la radio que Estados Unidos es plurinacional no se levanta a comprobar si es cierto. O sea: el público de la plurinacionalidad es el electorado y no la asociación de constitucionalistas. Pese a la controversia teórica, pues, la plurinacionalidad podría funcionar en las urnas. Al menos, mientras no haya que traducirla a términos constitucionales.
En ese momento, surgirá un problema. España es de facto más confederal que federal: Cataluña y el País Vasco han ido separándose del resto de autonomías a golpe de políticas nacionalizadoras y negociaciones presupuestarias; a todos los gobiernos les ha parecido bien. Pero, ¿sería políticamente viable una operación de reforma constitucional que hiciera explícito lo que hasta ahora permanecía más o menos implícito? Ya ha dicho Susana Díaz que Andalucía no pasa por ahí, evocando la rebelión meridional contra las autonomías de vía rápida que tuvo lugar durante la Transición. Por eso Narbona mete federalismo e igualdad en la misma frase: presentarlos como compatibles es necesario para vender federalismo en un sitio e igualdad en otro. Y cuadrar así un círculo que, como de democracia hablamos, cuadrado será si los votantes lo deciden.

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