Yo mismo con mi turismo

13 ago. 2017

La improvisación y otras virtudes

No nos engañemos: Barcelona’92 fue un éxito porque aún éramos una ciudad mediterránea, habitada por mediterráneos, una manera de ser que da lo mejor de cada uno cuando no hay otra que improvisar. ¡Anda que no improvisamos en este diario y al final la cobertura fue de las que resisten la hemeroteca!
Mi aportación periodística a los Juegos Olímpicos fue, modestia aparte, menor. El diario, que dirigía Juan Tapia, convocó a la mayoría de los corresponsales a reforzar la cobertura, orden aleatoria que seguimos con entusiasmo los aficionados al deporte –era el corresponsal en Hong Kong para Extremo Oriente–.
Tapia, gran director, afrancesado ilustre, veía el deporte como un pasatiempo desconcertante practicado por gente en paños menores y dejó hacer. A la cabeza de la sección de Deportes acababa de aterrizar Enric Bañeres, periodista grandioso y entrañable, fallecido esta semana –¡nos debe una columna sobre el caso Neymar!–, al que, sin embargo, le interesaba más el Barça que aquel despliegue de competiciones cuyas reglas aprendíamos medio minuto antes. Salvo, por supuesto, los especialistas de la sección como García Luque, Bellostas, Turró, Escorcia o el tándem Xavier Ventura-Juan Antonio Casanova, la más extraña pareja del periodismo catalán –me río de Lemmon y Matthau– de la que fui y sería confesor, mediador y juez de paz en Seúl’88 y Atlanta’96.
La primera tarea fue ocuparme de la oficina de La Vanguardia en el centro de prensa, en la feria de Montjuïc. Encogidos ante el reto, todos los diarios de Barcelona reservaron oficinas, un sinsentido ya que todos los periodistas terminaban volando a las redacciones o escribiendo desde los recintos. Sólo había mesas y teléfonos y creo que fui el primero y el último que pasó por la deprimente sala.
Como Joaquim Ibarz, corresponsal legendario en Centroamérica, pero sin su energía sobrehumana, me busqué la vida: reportajes “políticos”, novillos y boxeo a tiempo completo.
El boxeo tuvo una maravillosa marginalidad y, como siempre, regaló el tipo de material literario que tanto nos gusta a ciertos periodistas. El pabellón del Joventut estaba rodeado de reventas norteamericanos, casi todos negros que daban un aire Madison Square Garden a Badalona. Se pillaron los dedos porque fue un festival cubano con la salvedad del oro de Óscar de la Hoya, el golden boy californiano, llamado a forrarse, como así fue, en el boxeo profesional. Barcelona’92 consagró al cubano Félix Savón, sucesor de Teófilo Stevenson, que ganó de calle el primero de sus tres oros consecutivos en la categoría de los pesados. Un guajiro de Cienfuegos que sólo sabía hablar sobre el ring y este le venía pequeño. Fuera del cuadrilátero, un niño bondadoso que creía en la revolución.

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