Yo mismo con mi turismo

1 ago. 2017

La tradición taurina en Catalunya


 
En julio de 2010 el Parlament de Catalunya votó a favor de la prohibición de las corridas de toros. Pero conviene no olvidar que durante  muchos años en Catalunya hubo una gran tradición taurina, con infinidad de peñas, y muchas plazas en la mayoría de ciudades grandes y medianas. Amén de Barcelona, que celebró corridas hasta hace poco tiempo, hasta mediados de los años sesenta del siglo pasado, millares de catalanes acudían a los festejos taurinos que se celebraban regularmente en las diversas plazas de toros estables diseminadas por todo el Principado, desde Vic a Olot, pasando por  Figueres, Tarragona, Tortosa, Mataró, Girona, Sant Feliu de Guíxols, Camprodon o Lloret de Mar, sin hablar de las plazas desmontables.
Coincidiendo con la polémica generada hace siete años por la prohibición de las corridas,  el mítico periodista vicense Wifredo Espina –pluma habitual de “El Correo Catalán”- escribió en un artículo que, de pequeño, le habían explicado que un tío suyo había construido la plaza de toros de Vic, a la que él nunca acudió. Posteriormente sólo asistió por curiosidad a dos corridas en su vida. Entonces explicó: “No me gustan los toros, pero comprendo el magnetismo y la estética de una corrida vivida directamente, no por la tele. Eso explica la afición de ilustres literatos y artistas catalanes y universales. No me gustan, pero me parece una tontería prohibir. Nuestros políticos hacen muchas tonterías”.
Recuerdo vagamente la única vez que fui a ver una corrida, acompañado de mi abuelo carlista, poco antes de que cerrara definitivamente sus puertas la plaza de toros de Vic. Yo debía tener unos cinco años y, al salir de la plaza, mis sentimientos eran contradictorios: me divertí mucho con la Banda del Empastre y me lo pasé muy mal viendo el trato que se daba a los pobres cornudos; en realidad me tapé los ojos cuando les clavaban las banderillas o cuando la espada, después de unos cuantos pinchazos torpes en el hueso, enviaba los astados al otro barrio.
En casa, mis abuelos maternos, Josep y Margarida, eran unos grandes seguidores del espectáculo taurino. Mi abuelo no se perdía ninguna corrida en directo y mi abuela no se movía de la silla cuando entró el primer televisor en casa y por nada del mundo se perdía las evoluciones de El Viti, El Cordobés, Curro Romero o Paco Camino, entre otros. En estas ocasiones se extasiaba escuchando los comentarios del perínclito Matías Prats. En este periodo, recuerdo haber visto, detrás del campo de fútbol del Seminario Conciliar de Vic, a grupos de jóvenes aprendices de “matador” toreando con una capa a un toro mecánico (una bicicleta con cuernos incorporados, empujada por algún compañero).
En Vic, en el siglo XVII, ya se organizaban ‘correbous’ en diferentes lugares y barrios de la ciudad, pero sobre todo a la plaza Major, con motivo de la Fiesta Mayor. En el ágora vicense por excelencia también se habían hecho corridas, acotando la circunferencia de la arena con carros dispuestos a manera de barreras y burladeros. En el transcurso del siglo XIX se instalaron plazas desmontables e itinerantes en los descampados de la ciudad. Hasta que en 1917 se construyó una plaza de toros estable con una capacidad para 4000 espectadores que inauguraron Manolete II, Machito de Córdoba y José García Santiago
En los felices años 20 del siglo pasado, las corridas se fueron celebrando cada vez con más regularidad y Vic se convirtió en una de las ciudades catalanas con más raigambre taurina. Y la plaza de toros levantada junto a la estación del ferrocarril se convirtió en la catedral de los devotos vicenses de la tauromaquia, la mayoría gente de derechas (carlistas y miembros de la Lliga Regionalista), aunque también había republicanos partidarios de las corridas.
Pasada la guerra, durante los años cincuenta y sesenta, las carreras eran presididas por el comisario de la policía local Joan Masramon, que hacía las funciones de presidente de la plaza y decidía el momento de los diferentes cambios de tercios, el número de orejas que debían concederse a los toreros o la retirada a los corrales de un toro en malas condiciones.
Durante décadas en Vic funcionó durante muchos años la Peña Taurina Vicense, que organizaba animadas tertulias y excursiones a Barcelona para ver las figuras del toreo en la Monumental y en las Arenes. Pero aparte de lidiarse cornudos, en las plazas de toros (la de Vic no era una excepción) también había bandas de música locales o formaciones míticas como la del Empastre, que animaban  al público y convertían la corrida en una fiesta con interpretaciones de pasodobles y piezas musicales tan inmortales como “España cañí”, “Islas Canarias”, “Quiero ser matador”, ”Gallito, “Pepita Creus”, “El gato montés” o, sobretodo, “Valencia”. En algunas ocasiones, El Empastre actuaba en medio de la plaza y el concierto se acababa en seco cuando los organizadores soltaban a un novillo y todos los músicos se marchaban en un santiamén en dirección a los burladeros. En estos casos, el músico que tocaba el bombo siempre quedaba rezagado y solía tener algún revolcón.
Las plazas de toros a menudo ofrecían espectáculos cómicos de un humorismo subido. El 28 de julio de 1913, el torero cómico catalán Carmelo Tusquellas “Charlot” debutó en la plaza de toros de Vic. Se trataba de un hombre que iba vestido de manera estrafalaria, que se movía de manera grotesca como Charles Chaplin y popularizó el término “charlotada”. En otras ocasiones volvió a la plaza de Vic formando parte de la esperpéntica compañía “Charlot, Llapisera y su Botones”. Otros cómics que pisaron el coso vicense fueron “El Bombero Torero y sus enanitos”, Don Tancredo, El Hombre de Piedra, Don Canuto, El Toronto y algunos imitadores de Cantinflas.
Vic también tuvo su torero relativamente famoso: José Boixader Españó, “El Niño de la Brocha”, un hombre que había sido pintor de paredes. Le conocí a mediados de los años 70, poco antes de su muerte, ocurrida en 1978, a los 70 años de edad. Me pareció un hombre entrañable que vivía encaramado en una nube de nostalgia, pero era muy solitario y algo amargado (la edad y los achaques no perdonan). Un día me invitó a ir a su casa, en la calle de Manlleu. Allí, en la parte trasera, tenía un patio que había decorado con todos los ingredientes de la estética de los típicos patios andaluces, con plantas, una mesa y sillas para celebrar hipotéticas tertulias taurinas, que no sé si alguna vez se produjeron. Después me enseñó, en el interior de la casa, una especie de altar, su sancta sanctorum, con un cuadro alegórico de la tauromaquia y de la muerte, representada por una mujer morena, posando junto a un torero. Debajo del lienzo, estaba expuesta –vibrante- una espada rota que había pertenecido al torero más inmortal de todos: Manolete.
El “Niño de la Brocha”, nacido en Vic el 24 de marzo de 1908, debutó en la plaza de su ciudad el 20 de mayo de 1928, compartiendo cartel con los toreros “Manitas”, Alberto Barcelona y “El Sacas”. Después de torear en algunas plazas menores, dos años después, una tarde de 1930, debutó con caballos en La Monumental de Barcelona, con toros de Nemesio Villarroel, alcanzando un gran éxito. Gracias a su buena “faena”, diez días después repitió en la misma plaza.
El día de Corpus de 1930, El Niño de la Brocha participó en La Monumental en una de las corridas más surrealistas que nunca se hayan visto. Aquel 19 de junio compartió cartel con Cantimplas y Vicente Hong, este último el único torero chino de la historia. Hong, de hecho, se había criado en México y empezó a torear en los países hispanoamericanos, sobre todo en Honduras y Perú, aparte de México. Revolviendo las hemerotecas, el cronista del diario “La Voz” escribía, el día siguiente de la corrida del día de Corpus que, delante de poco público, “El torero oriental hace el paseíllo con la indumentaria típica de su país, a pesar de las reticencias de sus compañeros, que al principio se niegan a participar en la payasada. El público silba el atrevimiento del mandarín. Luego se viste de torero para la lidia. El segundo de la tarde le correspondía al Niño de la Brocha, pero, a pesar de eso, Vicente Hong decide hacerle algunos quites. El chino hace el indio. Tras un trabajo valiente, al entrar a matar, el “Niño de la Brocha” se clava su propio estoque en una pierna y es llevado en la enfermería. Cantimplas mata el toro de tres pinchazos y una chalequera (protestas)”.
Más adelante, el 9 de julio de 1931, actuó en la antigua plaza de Madrid, donde triunfó, compartiendo cartel con “Cantimplas” y “Perete”. El 7 de julio de 1933 se consagró a la actual plaza de Las Ventas, con toros de Atanasio Fernández. El 25 de agosto de 1941 hizo la última actuación de su carrera, acompañado del famoso Mario Cabré y el valenciano Jaime Marco “El Choni”. Después de torear durante 13 años, una vez retirado, fue empresario taurino en las plazas catalanas de Figueres, Olot, Girona y Vic.
La tarde del 25 de marzo de 1961 el coso vicense ofreció su última corrida, con la presencia de Agustín García Muñoz “Agustinillo” (torero catalán de Sant Boi de Llobregat), Enrique Molina y Alfonso Merino. Seguro que para “El Niño de la Brocha” fue uno de los días más tristes de su vida.

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