Yo mismo con mi turismo

4 ago. 2017

Lo que hace daño al periodismo



RAÚL CONDE

Una vieja regla editorial del Times indica que cuanto más candentes son los acontecimientos, más fríamente conviene escribir. Lo recuerda Jean Daniel en su libro de memorias Con el tiempo (Seix Barral), que yo recomendaría no sólo en las facultades de Periodismo sino en las redacciones del orbe entero. El axioma de la vieja cabecera británica sirve para explicar por qué triunfan las fake news, que es como se llama en estos tiempos a la desinformación de toda la vida. Ahora, cuanto más complejos se revelan los acontecimientos, más caliente se opina y se insulta.
Las redes sociales son, como bien ha explicado Vicente Lozano en este espacio, un reflejo de nuestra sociedad. Nos lamentamos por la bilis que arrojan los usuarios sin escrúpulos, sin darnos cuenta que es la misma bilis que despedimos en la intimidad de una barra de bar. Twitter y Facebook han socializado nuestras miserias, pero resulta osado culparles de la pérdida de credibilidad del periodismo. Primero porque aún es discutible que estos canales puedan considerarse medios de comunicación: es cierto que han roto el monopolio de la información de los medios tradicionales, pero no filtran, ni jerarquizan, ni interpretan los hechos. Y, segundo, porque la mayor amenaza para el periodismo no procede de los nuevos soportes, sino de quien lo degrada desde tribunas aparentemente serias.
Sánchez Ferlosio tronó en EL MUNDO: "ahora todo pasa arrollando. Todo es diversión. El ocio es lo único". De ese funesto manantial brotan en España los programas-río en los que se grita mucho y se cuenta poco, las columnas concebidas a modo de ajuste de cuentas, el desprecio a los datos, la supremacía del sectarismo, la mugre narcisista y el cruce de improperios -y de abuelos y tatarabuelos- entre políticos que compatibilizan el escaño con una mesa camilla de medianoche y agitadores que se hacen pasar por intelectuales respetables.
El periodismo es una tarea que siempre ha estado limitada: primero por los partidos políticos y después por el capital. Negar esto es tan absurdo como no admitir que la prensa libre sólo es posible en un régimen que procure, siquiera en apariencia, la competencia empresarial. El problema es cuando el oficio acaba vampirizado por tipos infames. Tipos empeñados en no distinguir entre la información y la opinión. Los mismos que se encaraman a sus púlpitos y pisotean aquello que Beuve-Méry, fundador de Le Monde, le dijo a Manu Leguineche: "la objetividad es imposible, pero hay una cosa sagrada: jugar limpio con el lector". Martí Gómez, por cierto, ha afinado aún más esta reflexión: "la objetividad no existe, pero la subjetividad no se debe confundir nunca con la falsedad" (El oficio más hermoso del mundo, Clave Intelectual, 2016).
No inquieta el desafío tecnológico ni la espectacular facturación publicitaria de Facebook. Preocupa la precariedad laboral, que conduce inexorablemente a la pérdida de calidad en la producción periodística; y la obsesión por el 'click' y el número de visitas en las ediciones digitales. Preocupa el deterioro de Televisión Española y el sensacionalismo que lleva a confundir un mensaje de WhatsApp con una noticia contrastada y contextualizada. Y, sobre todo, preocupa que las soflamas de predicadores disfrazados de líderes de opinión encuentren un eco mayor que los análisis sosegados o las crónicas de la nueva hornada de reporteros.
Lo que erosiona el prestigio del periodismo español no es 'Sálvame', sino el zumbido contumaz de los comisarios políticos que manipulan a un público manso que retoza en la militancia y la banalización.

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