Yo mismo con mi turismo

7 ago. 2017

Los turistas son los otros

El matonismo ‘borroka’ y la campaña de intimidación ‘cupera’ convierte al visitante en un agente patógeno que conviene exterminar

Los turistas son los otros, podría decirse atornillando la sentencia de Sartre. Y significando no ya la existencia de una nueva plaga bíblica, el turista, sino distanciándonos de ella como si no participáramos de parecidos hábitos, comportamientos, expectativas y sacrificios cada vez que salimos.
Un grupo de turistas pasean por las calles de Ronda.rn Es la hipocresía que retrata la ambigüedad de los pueblos, playas o ciudades más visitados. Renegamos del turista al mismo tiempo que vivimos de él. Y no digamos en España, donde el turista “colorao” proporciona la mayor garantía pecuniaria y donde al mismo tiempo se le trata de ahuyentar. Sobre todo cuando gasta poco. Y no digamos si el extranjero es refugiado o inmigrante. El brote xenófobo ha encontrado un insólito hábitat propicio en el dogmatismo del nacionalismo extremo. El matonismo borroka y la campaña de intimidación cupera convierte al turista no ya en un invasor digno de neutralizarse sino en un agente patógeno que conviene exterminar porque la promiscuidad cultural amenaza la temperatura ambiente de la caverna y podría desdibujar el dogmatismo aislacionista.
Proliferan así los comandos de linchamiento verbal y físico, aunque las precauciones a la plaga turística se han arraigado en esferas más aseadas de la política.
 ¿Qué hacemos con los turistas, pues? ¿Qué soluciones hay, si las hay, para impedir que Venecia desaparezca antes de que la sepulte el mar porque van a sepultarla los visitantes, y no por el vandalismo, sino porque están desapareciendo los venecianos igual que están desapareciendo los ancianos en las Ramblas de Barcelona?
Cada vez se parecen más unas ciudades y otras en su puesta en escena y en los señuelos comerciales. Se diría que las grandes multinacionales, de Starbucks a Zara, proporcionan al visitante un hábitat seguro. Y que el turista quiere viajar al mismo tiempo que necesita sentirse protegido en sus referencias culturales. De ahí que se haya establecido una diferencia jerárquica entre el turista y el viajero. Renegamos de aquel tanto como nos creemos Ulises en el camino de Ítaca.
Y termina engendrándose una suerte de clasismo. Abominamos del turismo low cost como si fuera una epidemia. Y acabamos sintiéndonos Richard Ford, con su sombrero de paja y su camisa blanca, descubriendo parajes desconocidos o presumiendo de unas vacaciones que sobrevuelan la masificación.
La masificación existe. Prorrumpe en los museos. Desborda las playas. Y hasta desnaturaliza la personalidad de las ciudades, pero la Administración —aquí y allá— especula en la gestión misma del turismo invasivo. Recelar de él y necesitarlo al mismo tiempo. ¿Puede graduarse el flujo turístico?
El alcalde de Burdeos, Alain Juppe, lo tuvo siempre claro. Hagamos de la ciudad el mejor lugar para nuestros vecinos. Pensemos en ellos. En su día a día, en su cotidianidad. Y si luego la ciudad les gusta a los turistas, pues que vengan. Que serán bienvenidos. Y no ahuyentarlos, como apestados.

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